Hasta el último respiro

Un mal presentimiento

En los últimos cuatro días no había pasado nada realmente relevante. Solo entrenamientos, cada vez más intensos y más insoportables. Aun así, los rumores de que iban a traer infectados ya se habían esparcido por toda la escuela, y con ellos, el ambiente se volvió cada vez más tenso e inquietante.

Como era costumbre, no podía dormir. Cerraba los ojos y como por reflejo, volvían a abrirse.

Intenté contar ovejas, vacas, cerdos. Armé una granja entera en mi cabeza, y ni así logré dormir.

Ya me había resignado.

Estaba en el baño lavándome la cara, sin tener idea de qué hacer después. Afuera ya estaba amaneciendo, y aunque los pasillos comenzaban a llenarse de luz, aún me daba miedo caminar sola.

Mmm... ¿Qué hago?

Tal vez el comedor sea buena opción. Algo de café me vendría bien o comida o... un rincón para hacerme bolita y fingir que todo esto es un mal sueño.

Bajé las escaleras tan rápido como pude, esperando no cruzarme con algún espíritu maligno, una aparición, o algo igual de innecesario a esa hora. Al llegar al comedor, intenté abrir la puerta... pero estaba cerrada con llave.

¡Genial! Se nota que soy la favorita del universo.

Suspiré frustrada.

Qué bonita manera de comenzar el día.

—¿Señorita Scarlett?

El corazón me dio un brinco y casi me infarto ahí mismo. Me giré tan rápido que casi me tropiezo con mis propios pies.

Y ahí estaba ella: Mi querida señora Agatha.

—¿Señora Agatha? —parpadeé un par de veces, como si fuera un espejismo.

La señora Agatha me sonrió con esa misma expresión cálida de siempre, como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos afuera. Esa sonrisa me era tan familiar que por un segundo sentí que tenía diez años otra vez.

La señora Agatha con sus mejillas siempre rosadas y su voz suave, cuidaba de Steph y sus hermanas cuando su mamá viajaba por trabajo. A veces también me incluía en el paquete, especialmente en esas noches en las que terminaba durmiendo en casa de Steph después de una película. Nos contaba cuentos con tanto detalle que juraría haber vivido alguno, y su comida... su comida era la mejor que había probado en mi corta y mísera vida. Todavía sueño con sus panqueques.

—¡Ay, mi niña! —me abrazó con fuerza, y todo el cansancio de los entrenamientos, el insomnio y los días eternos pareció disolverse un poquito—. Estás más flaca. ¿Has estado comiendo?

Tuve que reírme.

—Más o menos —le devolví el abrazo, emoionada—. No puedo creer que esté aquí. ¿Está bien? ¿Cuándo llegó?

—Llegué hace un par de días. Me trajeron los militares y apenas me asignaron a la cocina. ¿Y tú, cariño? ¿Qué haces despierta a estas horas?

—Insomnio —respondí, encogiéndome de hombros—. Mi nuevo compañero de cuarto.

—Oh, pobrecita... ven, entra conmigo. Te prepararé algo caliente.

Abrió la puerta del comedor y entramos juntas, ella me guió hacia la cocina y me dejé caer en un banquito que había ahí.

—¿Quieres un poco de café? Apuesto que hace tiempo no tomas tu bebida favorita.

—Por favor —asentí como si me estuviera ofreciendo el elixir de la vida eterna—. Si me das dos tazas te construyo un altar.

Se rió bajito mientras agarraba todo lo que necesitaba.

—Cuando todo esto comenzó, yo justo estaba tomando mi tecito de las doce—empezó a contar mientras buscaba una taza—. Ya sabes, viendo mi novela... esa donde el doctor se enamora de la hermana de su paciente. ¿Te acuerdas?

—¿La que tiene como cinco temporadas y todos se mueren pero igual reviven?

—¡Esa misma! —rió—. Bueno, ahí estaba, muy tranquila en mi sillón, y de la nada entran esos hombres armados a mi casa. ¡Imagínate el susto! Apenas tuve tiempo de ponerme los zapatos.

—¿Y la novela?

—¡Ni me dejaron terminar el capítulo!

Nos echamos a reír juntas, y por un momento olvidé que afuera había entrenamientos agotadores y rumores horribles flotando por los pasillos.

Después de unos minutos, ella puso en frente mío una humeante taza de café, el olor llenó mis pulmones y, por primera vez en días, sentí que podía respirar sin que me doliera el pecho.

—Stephanie se va a volver loca cuando sepa que estás aquí —le dije, sonriendo.

—¿Está bien mi niña? ¿Y mis otros niños? ¿Henry, Josh?

—Sí, sí, todos estamos bien. Bueno... dentro de lo que cabe. En cuanto se enteren, van a estar muy felices. Seguro Steph se lanza sobre ti con un abrazo como de esas novelas dramáticas que te gustan.

Agatha se sentó frente a mí y, por un rato, simplemente hablamos. De todo. De nada. De cosas que no tenían que ver con sobrevivir. Y eso, en este lugar, valía oro.

El reloj de la cocina marcaba las seis en punto cuando llegaron las otras cocineras, todas con cara de "no me hables". Tomé eso como mi señal para desaparecer.

—Gracias por el café, señora Agatha —le sonreí al levantarme.

—Ven cuando quieras, cariño, que aquí estaré.

Al salir, sentí que por fin el día no empezaba tan mal.

Volví al dormitorio y, para mi sorpresa, varias personas ya estaban despiertas. Entre ellas, mis amigas, me acerqué rápido y les conté lo de Agatha. Tal como lo predije, Stephanie chilló, se levantó de un salto y salió corriendo a la cocina como si le hubieran dicho que su cantante favorito estaba ahí.

Y por primera vez en muchos días, sonreí de verdad.

⋆★⋆

Las horas transcurrieron más rápido de lo esperado, y cuando el reloj marcó las ocho, supe que era momento de dirigirme al patio. Durante toda la mañana, los rumores se habían esparcido más que en días anteriores. Esta vez decían que de verdad iban a traer a los infectados al entrenamiento de hoy.

Me encontré con mis amigos antes de salir. Josh se acercó y me dedicó una sonrisa medio confiada, medio nerviosa. Intentaba tranquilizarme, pero no le salía del todo.

—Yo que tú no me preocuparía mucho —dijo—. Dudo que los traigan, apenas y nos están enseñando a correr en línea recta.




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