La facultad estaba llena de gente a esa hora. Bastián caminaba rápido, esquivando estudiantes, sosteniendo un cuaderno lleno de fórmulas que apenas podía leer por la falta de sueño. Había pasado toda la noche estudiando para un examen que finalmente aplazaron.
—Genial… otra noche sin dormir —murmuró, enojado.
Giró para subir las escaleras y, sin darse cuenta, chocó con alguien.
—¡Ay, perdón! —dijo una voz femenina.
Bastián bajó la mirada. Una chica de cabello castaño, ojos grandes y brillantes, recogía sus apuntes del piso. Él se agachó también y decidio ayudarla
—No, perdón vos… no estaba mirando —respondió
La chica sonrió. Una sonrisa cálida, como si fuera imposible enojarse con ella.
—Soy Eliana —dijo extendiéndole la mano.
—Bastián —respondió él, estrechándola.
Un contacto breve. Pero suficiente para que el corazón de Bastián diera un salto inesperado.
—¿Estudiás ingeniería? —preguntó ella, mirando su cuaderno.
—Sí, ¿vos?
—Arquitectura. Estamos cerca, entonces. — señalando el edificio de al lado.
Sin pensarlo, caminaron juntos por el pasillo.
Eliana hablaba con naturalidad, como si lo conociera de antes. Le contó que era su primer año en Buenos Aires, que extrañaba a su familia pero que amaba la ciudad. Bastián escuchaba en silencio, asintiendo, intentando no mirarla demasiado.
Cuando llegaron a la entrada del campus, ella se detuvo.
—Me caíste bien, Bastián —dijo con esa sinceridad directa que lo dejó desarmado—. ¿Tomamos un café después de clases?
Él parpadeó, sorprendido.
—Ehhh… sí. Sí, obvio —respondió, intentando parecer tranquilo.
Eliana sonrió de nuevo.
—Listo. A las seis, en la cafetería del patio. No faltes, ¿sí?
Antes de que él pudiera decir algo, ella se alejó entre la multitud.
Bastián se quedó ahí, mirándola irse, sintiendo una sensación extraña en el pecho. Algo que no sabía cómo explicar.
Bastián miró el reloj por décima vez en la última hora. Faltaban quince minutos para las seis y ya estaba parado frente a la cafetería del patio. Se sentía ridículo: nadie llega tan temprano… excepto él, cuando una chica le gusta.
“Tranquilo boludo solo es una chica ”, se repetía.
Pero no funcionaba.
A las seis en punto, escuchó una voz familiar detrás de él:
—Mira a quien tenemos aquí , ¿eh?
Bastián se giró. Eliana estaba ahí, con una mochila colgada al hombro y el pelo un poco despeinado por el viento.
—Sí… no me gusta llegar tarde —respondió él, intentando sonar casual.
Ella mostro una sonrisa.
—Bueno, entremos.
Se sentaron junto a una ventana. El sol caía lentamente, pintando de naranja el patio. Bastián pidió un café negro; Eliana, un capuchino con canela.
—Contame de vos —dijo ella, apoyando los codos en la mesa, acercándose un poco más de lo que él esperaba—. ¿De dónde sos?
—De Lanús. Vivo con mi mamá. Trabajo a veces los fines de semana ayudando en un taller mecánico de mi tío —explicó él, algo tenso.
—¿Mecánica? Mirá vos, nunca te imaginé rodeado de autos —bromeó ella.
Él levantó una ceja.
—¿Y eso por qué?
—No sé… tenés cara de… estudiante aplicado y serio. Como que tu fueras el chico mas misterioso del curso —dijo moviendo las manos, exagerando el gesto.
Bastián bajó la mirada, sonriendo sin querer.
—Quizás un poco, mis amigos me dicen mucho de eso —admitió.
Después de un momento, él se animó a preguntar:
—¿Y vos? ¿De dónde sos?
—De Mendoza. Mi familia todavía vive allá. Somos cinco: mis papás, mis dos hermanos menores y yo. Vine a Buenos Aires porque quiero estudiar arquitectura acá, aunque… —hizo una pausa, jugando con la cuchara— …mis papás no estaban muy convencidos.
—¿Por qué?
—Porque creen que todavía “no estoy lista” para vivir sola —respondió haciéndose la seria—. Pero bueno, acá estoy. Sobreviviendo.
Fueron hablando de todo: música, estudios, profesores favoritos, recuerdos de la infancia. Eliana contaba historias con una energía que atrapaba. Bastián escuchaba, atentamente, sintiendo cómo cada risa de ella le pegaba directo al pecho.
En un momento, ella lo miró fijamente.
—¿Siempre sos tan callado? —preguntó.
Él tragó saliva.
—No siempre… solo cuando estoy con alguien que me intimida un poco.
Eliana abrió los ojos, sorprendida.
—¿Yo te intimido?
—Un poco —admitió Bastián, sin animarse a mirarla.
Ella apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la suya. Muy cerca.
—No hace falta que te intimide, Bastián. Me gusta hablar con vos —dijo con voz suave.
Él levantó la mirada. Esa sonrisa, esos ojos… No sabía qué estaba pasando, pero algo dentro de él le decía que quería verla más. Mucho más.
Siguieron hablando hasta que la cafetería empezó a cerrar.
Cuando salieron, el cielo estaba oscuro y las luces del campus encendidas.
—Bueno… —dijo Eliana— …me encantó la tarde.
—A mí también —respondió él.
Caminaron juntos hasta la salida. Antes de despedirse, Eliana se giró hacia él.
—Mañana salgo a las cuatro. Si querés… nos vemos de nuevo —dijo mordiéndose el labio, como si esperara su respuesta con un poco de nervios.
Bastián sintió un latido fuerte en el pecho.
—Sí. Me gustaría —dijo sin dudar.
Eliana sonrió de oreja a oreja.
—Entonces nos vemos, Bastián.