Bastián se quedó un momento parado mirando hacia donde Eliana había desaparecido. El corazón le latía rápido, como si hubiera corrido una maratón sin moverse del lugar.
Sacó su celular, lo desbloqueó y lo volvió a bloquear. Caminó unos pasos, volvió atrás. No sabía qué hacer con toda la emoción que tenía adentro.
“¿Le escribo? No… muy rápido. ¿Espero mañana? ¿Quedará raro?”
Se pasaba las manos por el cabello, sonriendo solo, como un tonto feliz.
Mientras caminaba hacia la salida, escuchó una voz detrás:
—¡Bastián!
Se dio vuelta. Era Eliana, otra vez. Venía corriendo hacia él, con las mejillas rojas por el viento y la carrera.
—Me olvidé de pedirte tu número —dijo, respirando agitada.
Él parpadeó, sorprendido.
—Ah… sí, claro.
Ambos sacaron el celular. Sus dedos chocaron un par de veces intentando agregar el contacto, lo que provocó risas nerviosas de parte de los dos.
—Ahí está —confirmó ella cuando el nombre “Eliana A.” apareció en la pantalla de Bastián.
Él sonrió de lado.
—Ahora sí.
—Bueno… ahora sí me voy —dijo ella, retrocediendo dos pasos—. Nos vemos mañana.
—Nos vemos —respondió él.
Eliana se fue caminando, pero antes de doblar la esquina, giró la cabeza y le sonrió por última vez. Esa última mirada hizo que a Bastián se le aflojara el estómago.
En el camino a su casa, sus pensamientos iban y venían como un torbellino.
La noche estaba fresca, y aunque normalmente ese frío lo incomodaba, hoy sentía calor. Todo le parecía distinto: los autos, las luces, las personas que cruzaba. Como si el mundo estuviera en un tono más brillante.
Llegó a su casa, dejó la mochila en el sillón y se tiró en la cama, directo. Miró el techo, sonriendo sin razón.
Sonó su celular.
Se incorporó de golpe.
Un mensaje.
De Eliana.
Eliana: “Gracias por la tarde. Me hacía falta algo así ”
Bastián releyó el mensaje varias veces. Pensó una respuesta, la borró, escribió otra, también la borró. Hasta que finalmente envió:
Bastián: “Gracias a vos… fue lindo. Nos vemos mañana.”
Tres segundos después, otro mensaje.
Eliana: “Prométeme que mañana no vas a llegar 20 minutos antes ”
Él sonrió.
Bastián: “Voy a intentarlo. Pero no prometo nada.”
Eliana dejó un emoji riéndose.
Y ahí terminó la conversación por la noche.
Pero no terminó para él.
A la mañana siguiente, en la universidad, algo había cambiado.
Cuando Bastián entró al campus, reconoció a Eliana sentada en una de las bancas, tomando mate con dos amigas. Ella levantó la cabeza… y al verlo, sonrió. No una sonrisa cualquiera: una sonrisa de complicidad, de esas que sólo se le dedican a alguien especial.
Bastián sintió un nudo en el estómago y su corazón empezó a latir fuertemente.
Ella se levantó, caminó hacia él y le dio un abrazo rápido, casi tímido.
—Hola, Bastián —dijo con una calidez que lo dejó sin palabras.
—Ho… hola —respondió él.
—Hablamos después de clases, ¿sí? —preguntó ella.
—Sí, claro.
Eliana volvió con sus amigas, que lo miraban de reojo con una sonrisa pícara.
Bastián bajó la mirada, sonrojado, pero feliz. Muy feliz.
Porque en ese pequeño gesto —un abrazo, una sonrisa dedicada, un mensaje por la noche—, encontró la confirmación que necesitaba.
Después de clases, el cielo empezó a nublarse. Eliana había quedado en encontrarse con Bastián en la salida del edificio de ingeniería. Él llegó primero y se recostó contra una columna, esperando.
A los pocos minutos, ella apareció corriendo bajo la llovizna fina que empezaba a caer.
—¡Bastián! —lo llamó, medio riéndose— ¡No traje paraguas!
Él miró hacia arriba. La lluvia era suave, pero cada vez más constante.
—Yo tampoco… —respondió.
Eliana se detuvo frente a él, respirando un poco agitada, con pequeñas gotas en el cabello.
—¿Y ahora? —preguntó divertida.
—No sé. ¿Querés que vayamos a la cafetería otra vez? —propuso él.
—Está cerrada… —respondió ella mirando hacia el patio.
Ambos se quedaron en silencio unos segundos, sin un plan claro, hasta que la lluvia aumentó un poco más, obligándolos a meterse bajo un techo.
Eliana lo miró con una sonrisa suave.
—Creo que vamos a tener que esperar acá —dijo.
Bastián asintió, sintiendo cómo el corazón le latía fuerte con la cercanía.
—¿Te molesta? —preguntó ella, acercándose un poquito más para no mojarse.
—No… para nada —respondió él, intentando no sonar demasiado nervioso.
Eliana soltó una risa bajita.
—Sos tierno cuando estas incómodo.
Bastián bajó la mirada, sintiendo cómo se le subían los colores.
—No estoy incómodo —mintió.
—Claro —respondió ella, divertida—. Por supuesto.
Hubo un silencio. Pero no un silencio incómodo… sino de esos que se sienten cálidos, donde no hace falta hablar.
Hasta que el cielo soltó un trueno fuerte.
Eliana dio un pequeño salto por el susto y sin querer agarró el brazo de Bastián.
—¡Ay! Odio los truenos —dijo con la voz un poco temblorosa, sin soltarlo.
Bastián sintió la mano de ella aferrada a su brazo.
Un contacto simple.
Pero que lo atravesó por completo.
—No pasa nada… estoy acá boluda—dijo él, sorprendiéndose a sí mismo con lo natural que le salió.
Eliana levantó la mirada hacia él. Sus ojos estaban más cerca que nunca. Muy cerca.
—Gracias —susurró.
No se movió. No soltó su brazo. Y aunque la lluvia seguía cayendo con fuerza afuera, en ese pequeño espacio cubierto, el mundo parecía haberse detenido.
Eliana apoyó su cabeza suavemente en el hombro de él.
—Solo hasta que pase el trueno… —dijo en voz baja.