Hay despedidas que nos duelen... y otras que nos obligan a convertirnos en alguien completamente distinto.
La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad cuando Valeria salió del edificio con una maleta en una mano y el corazón hecho pedazos en la otra.
No miró hacia atrás.
No quería volver a ver el apartamento donde había imaginado un futuro junto al hombre que creyó amar. Allí habían quedado los planes de boda, las promesas de una vida juntos y la confianza que él destruyó en una sola noche.
—¿De verdad vas a irte así? —escuchó a sus espaldas.
Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Apretó el mango de la maleta con fuerza antes de girarse lentamente.
Daniel estaba empapado por la lluvia. Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido varias cuadras para alcanzarla.
—Escúchame, por favor.
Valeria soltó una risa amarga.
—¿Escucharte? Ya te escuché demasiado.
—No es lo que parece.
—Encontrarte en nuestra cama con otra mujer parece bastante claro.
El silencio cayó entre los dos.
Daniel bajó la cabeza.
—Cometí un error.
—No. Un error es olvidar una fecha o perder unas llaves. Lo que hiciste fue una decisión.
Él dio un paso hacia ella.
—Te amo.
Las palabras llegaron demasiado tarde.
Valeria sintió un nudo en la garganta, pero se negó a llorar frente a él.
—Si eso fuera cierto, nunca me habrías roto de esta manera.
Le dio la espalda y levantó la mano para detener un taxi.
Mientras el vehículo avanzaba por las calles mojadas, observó cómo la ciudad desaparecía poco a poco tras la ventana.
Durante cuatro años creyó que aquel lugar sería su hogar.
Ahora solo era un recuerdo del que necesitaba escapar.
Sacó el celular y lo apagó después de bloquear el número de Daniel.
No quería explicaciones ni quería disculpas.
Solo quería empezar de nuevo.
Dos días después, un autobús la llevó hasta Puerto Azul, un pequeño pueblo costero donde había conseguido trabajo como administradora en un hotel boutique.
El aire olía a mar.
Las olas rompían con fuerza contra el muelle y una suave brisa movía las palmeras que rodeaban la avenida principal.
Era hermoso.
Tan hermoso que parecía imposible sentir tristeza allí.
Mientras caminaba hacia el hotel con su equipaje, alguien salió apresuradamente del edificio y chocó de frente con ella.
Los documentos que llevaba en las manos quedaron esparcidos por el suelo.
—Lo siento —dijo una voz masculina.
Valeria levantó la vista.
Frente a ella estaba un hombre alto, de cabello oscuro y ojos color miel que contrastaban con la seriedad de su expresión. Vestía una camisa blanca con las mangas remangadas y un reloj elegante que dejaba claro que estaba acostumbrado a dirigir, no a obedecer.
Sin decir una palabra, él comenzó a recoger los papeles.
—Fue mi culpa —admitió mientras se los entregaba.
Cuando sus dedos se rozaron por un instante, ninguno apartó la mirada.
Había algo en aquellos ojos que parecía esconder demasiadas historias.
—Soy Adrián Salazar.
Valeria tomó los documentos y respondió con una leve sonrisa.
—Mucho gusto, soy Valeria López.
Ninguno de los dos lo sabía todavía.
Pero aquel encuentro marcaría el inicio de una historia que cambiaría sus vidas para siempre.