NARRA ALINA
Nunca me había sentido tan torpe. Ni siquiera de niña, cuando corría descalza por el campo persiguiendo mariposas y caía una y otra vez. Pero esta vez, la caída fue diferente. Me dolió más el orgullo que el tobillo, especialmente porque ocurrió justo frente a ese extraño de ojos oscuros y presencia imponente. Aun así, lo que más me desconcertó fue su silencio. No hizo un solo comentario burlón ni se rió de mi torpeza. Simplemente me observó en silencio, como si mi caída hubiera despertado en él un recuerdo lejano, una emoción olvidada que lo dejó sin palabras.
Intenté sacudir las hojas secas que se habían enredado en mi vestido, como si eso pudiera ayudarme a recuperar un poco de dignidad, pero mis manos temblaban. El pichón que había intentado salvar revoloteó cerca, posándose en una rama baja. Sonreí levemente, aliviada de que al menos una de nosotras había salido ilesa de la aventura.
—Bueno… al menos no se hizo daño —murmuré sin mirarlo, más para mí que para él.
Pero él me respondió, y lo hizo con una voz que me sorprendió. Era profunda y serena, como el murmullo del agua fluyendo en un arroyo tranquilo.
—No… al contrario. Me ha hecho sentir algo que creía haber olvidado.
Levanté la vista, confundida. ¿A qué se refería? Me sentí vulnerable, como si pudiera ver más de lo que él mostraba. Entonces, reí, intentando desviar la atención con una sonrisa un poco torpe.
—Creo que esa es la forma más elegante en que me han dicho que peso poco.
Él también sonrió, una sonrisa lenta y genuina, de esas que no se ven todos los días. No era un hombre cualquiera, eso era evidente. Había algo en él… diferente. No sabría explicarlo, pero me hacía querer quedarme un poco más.
—¿Puedo saber su nombre? —preguntó de repente, y su mirada se posó en la mía con una intensidad que me hizo olvidar, por un momento, que estaba sentada en el suelo con el tobillo torcido.
—Alina —respondí, recuperando un poco el aliento—. ¿Y usted?
—Isaí —dijo, y su nombre quedó flotando en el aire como si fuera una palabra sagrada.
Hicimos una pausa, como si ambos estuviéramos sopesando ese primer encuentro, conscientes de que algo importante estaba sucediendo.
Intenté ponerme de pie. El orgullo, una vez más, luchando contra el dolor. Pero en cuanto apoyé el peso sobre el tobillo, un ardor punzante me hizo tambalear y caí de nuevo, mordiendo el labio para no gritar.
—Parece que te lo torciste —dijo él, agachándose a mi lado con el ceño fruncido.
—Estoy bien. Solo necesito un momento —mentí, endureciendo la expresión. No quería parecer débil. No frente a él.
—Sigues siendo tan terca… —murmuró casi para sí mismo.
—¿Qué dijiste? —pregunté, levantando las cejas.
—Nada. Solo que, si sigues forzando ese tobillo, terminarás con algo más que una torcedura. No voy a dejar que te hagas más daño.
Me crucé de brazos, rindiéndome al menos en apariencia. En realidad, era muy consciente de lo cerca que estábamos. Él caminaba con paso firme y seguro, y yo, por alguna razón que no lograba entender, no sentía ni vergüenza ni miedo. Solo una especie de calma… como si ya hubiera estado en sus brazos antes. Como si, de alguna manera imposible, lo conociera desde hace mucho tiempo.
No hablamos mucho en el camino. De vez en cuando, lo miraba de reojo. La forma en que la luz del sol se filtraba entre las hojas y se posaba en su rostro, la manera en que me miraba sin prisa… Había algo en él que me hacía sentir viva, aunque no sabía por qué.
Cuando llegamos a casa, la escena era casi cómica. Mis hermanas estaban en el jardín y nos vieron primero. Sus caras pasaron de la sorpresa a la euforia en un abrir y cerrar de ojos. Una de ellas, Olena, incluso se llevó una mano al pecho, como si estuviera presenciando una obra de teatro. Poco después, mamá y papá salieron, alarmados al verme en brazos de un desconocido.
—¡¿Qué pasó?! —preguntó mamá, corriendo hacia nosotros.
—Nada grave, madre. Solo una torcedura… y un poco de vergüenza —respondí, desviando la mirada.
Isaí me dejó con cuidado sobre el sofá del salón. Sus manos eran suaves, como si temiera romperme.
—¿Está segura de que no es algo más serio? —preguntó papá, examinando mi tobillo con la mirada de un médico improvisado.
—Estoy segura, papá. Solo duele un poco.
—Joven, gracias por ayudar a mi hija —dijo mi padre volviéndose hacia Isaí.
—No ha sido nada. Fue un honor poder ayudarla —respondió con una ligera inclinación de cabeza.
Papá le sonrió y comenzó a presentar a cada miembro de la familia. Mamá, Abigail, le ofreció un poco de agua, mientras mis hermanas no perdían detalle del extraño que había cargado a su hermana como si fuera una princesa. Lo miraban como si acabara de salir de un cuento de hadas.
—Soy Isaí —dijo él al fin—. Vengo del sur.
Le sonreí, sintiéndome agradecida. Pero entonces noté algo que me hizo fruncir el ceño: una mancha oscura en su camisa.
—¡Está herido! —exclamé, señalando su costado.
Isaí se miró por primera vez, dándose cuenta de la sangre que manchaba su lado izquierdo.
—No es nada. Solo una herida superficial. Pensé que ya se había cicatrizado.
Mamá se había ofrecido a tratar la herida antes de que empeorara, preocupada por las posibles complicaciones. Sin embargo, él se negó con firmeza, asegurando que no era necesario y que podía soportarlo. Argumentó que, en cuanto regresara a la ciudad, buscaría atención médica, restándole importancia a la herida. A pesar de la inquietud en los ojos de su madre, él insistió en que todo estaba bajo control.
—¿Y eso no es ser terco? —le dije, levantando una ceja—. Si tú decías que yo era terca… ahora veo que eres mil veces peor.
Se echó a reír, bajando la mirada un momento.
—Puede que tengas razón.
Mamá regresó con el botiquín y le pidió que se quitara la camisa para limpiar la herida. Él obedeció sin protestar, y en ese instante… bueno, fue imposible no notar las reacciones. Olena soltó un suspiro, María abrió los ojos como platos, y Anastasia dejó caer la taza que sostenía.
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Editado: 02.07.2025