La sede del equipo Carlin apenas empezaba a despertar. En los talleres todavía se oían más persianas metálicas que motores, y el aroma del café recién hecho impregnaba el edificio. A esa hora, el gimnasio del equipo estaba casi vacío.
Las luces blancas y frías hacían que todo pareciera más clínico que deportivo. Las pesas descansaban perfectamente alineadas, las cintas de correr permanecían inmóviles, y el olor a goma y desinfectante se mezclaba con el sudor seco de la jornada anterior.
Emily entró con una botella de agua en la mano y los auriculares colgando del cuello. Llevaba unos leggings negros, una camiseta deportiva ajustada y el pelo recogido en una coleta. No había nadie más que un recepcionista bostezando tras el mostrador y un empleado de limpieza que pasaba la fregona por el fondo de la sala.
Se dirigió directamente a la zona de pesas libres. Tras unos minutos de calentamiento, cargó la barra para las sentadillas. Bajó despacio, con el movimiento perfectamente controlado, y volvió a incorporarse con potencia. Serie tras serie, el sudor empezó a correrle por la frente, pero su concentración no se desvió ni un instante.

Mientras contaba las repeticiones, su cabeza regresó a una vieja reflexión. No era que quisiera demostrar que era «igual» a los chicos. Sabía que no lo era. Ellos tenían, de media, más fuerza en el tren superior y una mayor capacidad para soportar el desgaste físico que imponían las fuerzas G. En un monoplaza, eso significaba poder mantener el mismo nivel de rendimiento durante más tiempo. Era una diferencia biológica, imposible de borrar. Pero también sabía que la fuerza no era solo masa: era disciplina, técnica y resistencia mental. Y en eso sí podía competir: podía entrenar más duro, descansar mejor, cuidar cada detalle y estudiar telemetrías durante horas si hacía falta. Podía acortar la brecha tanto como el cuerpo humano lo permitiera.
Esa mentalidad había empezado a forjarse años atrás, en el oeste de Irlanda. Recordó a su padre, Patrick O'Reilly, con las manos siempre manchadas de grasa y el olor a aceite de motor impregnado en su ropa de trabajo. Patrick había sido mecánico jefe en el campeonato nacional de rallies. Emily tenía ocho años cuando empezó a acompañarlo a los tramos. No como espectadora caprichosa, sino como parte del equipo. Sostenía la linterna, anotaba tiempos, observaba cómo su padre revisaba presiones, suspensiones, pequeñas grietas en los brazos de dirección.
Poco después, Patrick la llevó por primera vez a un circuito de karts. Allí dejó de mirar desde el otro lado del muro y empezó a competir ella misma. Con el tiempo llegaron las primeras victorias y la certeza de que aquello era mucho más que una afición.
Cuando Emily dio el salto al Reino Unido para seguir creciendo como piloto, Patrick hizo las maletas con ella. Dejó atrás trabajos, rutinas y amigos para acompañarla en una aventura que ya también sentía como suya. Se convirtió oficialmente en su mánager improvisado, mecánico ocasional y chofer permanente. Cada vez que ella subía al podio, él le mandaba el mismo mensaje: «Bien hecho, pequeña. Sigue apretando». Nunca fue un hombre de grandes discursos; prefería que el afecto se entendiera entre líneas.
Emily dejó la barra y se acercó a la zona de dominadas. Colocó una banda elástica en la barra y empezó a subir con movimientos lentos y controlados. Los brazos comenzaron a temblarle en las últimas repeticiones, pero no soltó hasta completar la serie.
Cuando terminó la sesión, el sudor le corría por la espalda. Se apoyó un instante en un banco para recuperar el aliento antes de beber un poco de agua. Se sentía fuerte. No invencible, pero fuerte. Lo suficiente para saber que, si Fran o cualquier otro piloto intentaba adelantarla, ella estaría preparada para defender.
A unos pasillos de distancia, la sala de simuladores permanecía en penumbra, iluminada casi únicamente por el resplandor de las pantallas. Fran estaba sentado en el cockpit, con el cinturón de seis puntos ceñido al pecho y las manos apoyadas sobre el volante. El simulador reproducía con fidelidad el Dallara F3 del equipo. Después de unos minutos allí dentro, era fácil olvidar que seguía bajo el techo de la fábrica.
Pulsó el botón de inicio y en las pantallas apareció el circuito de Yeda. La vuelta de instalación transcurrió sin sobresaltos, memorizando referencias y comprobando que todo respondía como esperaba. En la siguiente vuelta empezó a atacar de verdad. Frenó al límite en la primera curva y el volante vibró entre sus manos cuando el tren delantero estuvo a punto de bloquearse. Corrigió apenas unos grados, dejó correr el coche y aceleró con decisión. Al cruzar la meta, el parcial apareció en pantalla: buena vuelta, aunque todavía quedaba margen.

Mientras enlazaba una curva tras otra, pensó en lo lejos que había quedado el chico de quince años que aterrizó en el Reino Unido con una maleta, un inglés precario y una oportunidad que no podía dejar escapar. Desde entonces había aprendido a vivir entre circuitos, simuladores y habitaciones alquiladas. La disciplina había dejado de ser un sacrificio para convertirse en una costumbre.
—Fran, revisa el mapa de motor en la salida de la curva 2. Estás patinando demasiado —la voz de su ingeniero rompió su concentración.