Hasta la última curva

3. Bandera roja

Desde la ventanilla del avión, Fran vio aparecer la costa del Mar Rojo como una línea negra entre la arena y las luces de Yeda.

A medida que descendían, el Jeddah Corniche Circuit se hizo visible a lo lejos: largas rectas y curvas enlazadas formando una cinta de asfalto junto al mar. El trazado parecía menos un circuito y más una autopista cerrada a la que alguien había decidido llamar pista de carreras.

El avión aterrizó pasadas las diez de la noche, pero el calor seguía pegajoso. Fran bajó primero por la escalerilla, con la mochila al hombro, y Emily lo seguía unos pasos después. Llevaba el pelo recogido y los auriculares puestos. Había algo en su expresión que Fran reconocía bien: esa mezcla de concentración y determinación que aparecía cada vez que se acercaba un fin de semana de carreras.

El coche del equipo se dirigía al hotel por la avenida costera, mientras las luces del circuito iban apareciendo entre los edificios.

—Dicen que es el circuito urbano más rápido del mundo —dijo Emily.

Había corrido en muchos circuitos urbanos, pero aquel era distinto: más rápido, más estrecho, más cerca del muro.

—¿Te gusta? —preguntó Fran.

Emily sonrió.

—Me encanta.

A la mañana siguiente, el calor ya se había instalado sobre Yeda cuando el minibús del equipo los dejó frente a la entrada del paddock. Mecánicos empujaban carros de neumáticos entre los garajes, ingenieros caminaban con tablets bajo el brazo y los generadores rugían detrás de los hospitalities.

El fin de semana comenzó con el briefing técnico del equipo. Mike Robinson, el jefe de equipo, y los dos ingenieros de pista estaban de pie frente a una pantalla que mostraba el trazado del circuito. Los pilotos tomaban notas mientras Adam explicaba las características de cada sector.

—Aquí no hay margen de error —dijo Adam, señalando la pantalla con un puntero láser—. Si pierdes el coche, el muro está a un metro.

La clasificación del viernes fue un caos de tráfico y banderas amarillas. El asfalto todavía tenía poco agarre y los neumáticos tardaban en alcanzar la temperatura adecuada. Fran logró cerrar una vuelta sólida, situándose provisionalmente en la segunda línea, pero Emily estaba sufriendo.

Su primer intento no fue bueno y caía posiciones a medida que los demás pilotos mejoraban sus tiempos. Necesitaba apretar.

En su segundo intento, todo iba perfecto. Emily estaba mejorando en cada sector y la vuelta parecía suficiente para devolverla a los puestos delanteros.

Hasta que llegó a la curva veintidós.

Era una de las curvas más difíciles del circuito, un cambio de dirección entre muros en el que apenas había margen para corregir un error. Emily entró con confianza, pero al salir, una ráfaga de viento procedente del mar desplazó ligeramente el coche. El tren trasero hizo un extraño, un amago de sobreviraje que Emily corrigió con un golpe de volante magistral, pero había perdido demasiado tiempo y la vuelta estaba arruinada.

—Fuck! —espetó por la radio.

En una parrilla tan ajustada como la de la Fórmula 3, aquellas décimas perdidas la hundieron hasta la decimosexta posición.

Fran la vio salir del coche unos minutos después. No se quitó el casco hasta estar dentro del garaje, lejos de las cámaras, pero la tensión en sus hombros lo decía todo.

Cuando finalmente salió al paddock, ya sin casco y con el pelo pegado a la frente por el sudor, Fran se acercó.

—¿Todo bien?

Emily se encogió de hombros y esbozó una sonrisa tensa.

—Un soplo de viento y adiós quali. Saldré P16. Tendré que remontar desde el fondo.

Fran le puso una mano en el hombro.

—Sabes que puedes. Has remontado de peor.

Ella asintió, pero sus ojos seguían puestos en la pista vacía.

—Sí, pero Yeda no da segundas oportunidades fáciles.

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El sábado transcurrió entre las dos carreras sprint, pero ninguno de los dos consiguió convertir la jornada en algo especialmente destacable. Fran sumó algunos puntos y Emily ganó un par de posiciones en la primera carrera, aunque la segunda volvió a dejarla lejos de los puestos que buscaba. La atención de ambos estaba ya puesta en la carrera principal del domingo.

El sol caía con fuerza sobre el paddock del circuito cuando los mecánicos terminaron de empujar los coches hacia la parrilla. El asfalto brillaba bajo la luz del mediodía y el calor hacía temblar ligeramente el aire sobre la pista.

En el garaje, Emily permanecía junto a una de las pantallas mientras Adam repasaba con ella los datos de la clasificación.




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