Hasta la última curva

4. Sin sensación

El interior de la ambulancia vibraba con un zumbido constante mientras avanzaba por las calles de Yeda. Emily no sabía cuánto tiempo había pasado desde el impacto. El recuerdo del salto del coche seguía ahí, suspendido en su mente como una imagen congelada: el cielo azul sobre el circuito, el coche elevándose, la sensación de ingravidez y, después, el golpe.

Ahora solo veía el techo de la ambulancia.

Las luces del interior eran demasiado blancas. Se reflejaban en superficies metálicas y en las viseras transparentes de los médicos que trabajaban a su alrededor. Cada pocos segundos el vehículo pasaba sobre una irregularidad del asfalto y la vibración recorría todo su cuerpo, amplificando el dolor que tenía en la parte alta de la espalda.

La punzada estaba concentrada entre los omóplatos, profunda y obstinada, como si el impacto hubiera quedado atrapado exactamente allí. Desde ese punto el dolor se extendía hacia las costillas con cada movimiento de la ambulancia; una presión sorda que hacía más difícil respirar con normalidad.

Intentó tomar aire más hondo, pero la inhalación se quedó corta.

Su pecho parecía negarse a expandirse del todo, obligándola a respirar en ciclos más rápidos y superficiales. Cada intento de inspirar profundamente provocaba una nueva oleada de dolor en las costillas, como si algo dentro de su torso protestara contra el esfuerzo.

—Respira despacio. En cinco minutos llegaremos al hospital.

La voz llegó desde algún lugar a su derecha.

Tras el impacto, Emily había sido extraída del coche junto con el asiento de fibra de carbono. Los sanitarios lo habían retirado antes de subirla a la ambulancia y ahora estaba inmovilizada sobre una camilla, con la espalda firmemente sujeta y un collarín rígido que limitaba el movimiento de su cabeza. Las correas le ceñían el cuerpo para mantenerla en una posición estable. Algunos de aquellos elementos le recordaban a la posición dentro del monoplaza: el cuerpo sujeto, la espalda apoyada, los movimientos limitados. Pero allí, aquella postura significaba estar preparada para correr; ahora significaba que no podía moverse.

La ambulancia tomó una curva cerrada y la vibración volvió a recorrerle la espalda. El dolor entre los omóplatos se intensificó durante un instante. Más abajo, la sensación se volvía difusa, desvaneciéndose en una especie de vacío difícil de explicar.

Uno de los paramédicos dijo algo en árabe desde un lado de la camilla. El otro lo escuchó y asintió brevemente antes de volver la vista hacia los monitores.

Las voces se mezclaban con el sonido de la sirena, que atravesaba la tarde de Yeda en un tono agudo y constante. Emily intentó concentrarse en algo concreto, pero sus pensamientos parecían moverse con la misma inercia que la ambulancia.

Intentó carraspear, pero el intento se quedó en un sonido débil que apenas salió de su garganta.

—Está bien —dijo la voz del paramédico—. No te esfuerces.

Emily cerró los ojos un instante, intentando ordenar lo que estaba ocurriendo: la sirena, el traqueteo de la ambulancia, las voces de los paramédicos, el peso de las correas sobre el cuerpo.

Cuando volvió a abrirlos, la ambulancia estaba desacelerando.

El cambio de ritmo fue evidente incluso antes de que alguien hablara.

—Llegamos.

La puerta trasera se abrió y el aire de la tarde entró de golpe, acompañado por una nueva oleada de voces y movimiento. Varias manos se hicieron cargo de la camilla y comenzaron a deslizarla hacia afuera.

Durante un instante, el cielo volvió a quedar sobre ella. Azul, brillante, completamente ajeno a lo que acababa de ocurrir.

Después, el cielo quedó atrás y las luces del hospital ocuparon su lugar.

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En el hospitality de Carlin, el tiempo se había detenido. Fran seguía con el mono de competición desabrochado, sentado con los codos apoyados en las rodillas. Tenía el celular en la mano, con la pantalla apagada desde hacía varios minutos. A su alrededor, algunos miembros del equipo hablaban en voz baja, intercambiando miradas sin saber muy bien qué decir. Mike revisaba correos en su portátil. Adam caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

Fran levantó la vista.

—¿Nada nuevo?

Mike negó con la cabeza sin apartar la mirada de la pantalla.

—Acaban de decir que llegó al hospital hace unos quince minutos. La están evaluando. No dicen nada más.

Fran se pasó las manos por la cara.

—¿Evaluando? ¿Eso qué significa? ¿Rayos X? ¿Resonancia?

—No lo especifican —dijo Mike—. Protocolo. No sueltan detalles hasta tener algo concreto.

Fran desvió la mirada hacia el televisor de la pared. La retransmisión ya mostraba imágenes de la parrilla de la Fórmula 2. Los monoplazas estaban ya colocados en sus posiciones, los mecánicos terminaban de retirar el equipamiento, las cámaras se acercaban a los pilotos y los comentaristas hablaban con entusiasmo profesional sobre la salida.

Nadie en la sala reaccionó.

En cualquier otro domingo del campeonato, aquel momento habría llenado el hospitality de comentarios y movimiento. Los miembros del equipo que ya habían terminado sus tareas seguirían la retransmisión, y las conversaciones se mezclarían con el sonido de los motores que llegaba desde el circuito. Esta vez, la televisión seguía encendida, pero casi nadie parecía prestarle atención.




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