Hasta la última curva

7. El siguiente paso

Fran cerró la puerta de la habitación del hotel y, por primera vez desde que aterrizó en Abu Dabi, el silencio le resultó más pesado que todo el ruido del paddock.

El viaje desde Yeda había transcurrido en una especie de niebla mecánica. Aeropuerto, vuelo, traslado hasta el hotel. En el avión había intentado dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, su mente regresaba a la habitación de la UCI, a la voz cansada de Emily intentando encontrar palabras para describir algo que todavía no sabía cómo nombrar. A la sensación de haber tenido que marcharse mientras ella se quedaba allí.

A su alrededor, el resto del mundo seguía funcionando con una normalidad casi desconcertante: pasajeros durmiendo, asistentes de vuelo recogiendo bandejas, pantallas mostrando la ruta hacia Abu Dabi. Cuando el avión aterrizó, Fran no sintió alivio; solo una sensación incómoda de distancia.

Ahora estaba solo, sin nada que hacer que pudiera mantenerlo ocupado. Y fue entonces cuando empezó a darse cuenta de cuánto espacio había ocupado todo aquello en su cabeza.

La habitación era amplia, moderna y perfectamente ordenada. Fran dejó la tarjeta sobre la mesa y permaneció unos segundos de pie, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

A través del ventanal, la luz del día se extendía sobre Abu Dabi. Desde allí arriba, todo parecía tranquilo y distante. El tráfico continuaba circulando, los edificios se recortaban bajo el cielo despejado y, en algún punto más allá de la ventana, el circuito seguía preparándose para la última carrera de la temporada.

Fran se quedó mirando unos segundos. Todo seguía funcionando con normalidad, aunque a él todavía le costaba volver a la suya.

Avanzó unos pasos y, casi por inercia, abrió la mochila que había dejado junto a la pared. No buscaba nada en concreto, solo necesitaba hacer algo con las manos.

Apartó un par de cosas sin prestarles demasiada atención y entonces lo vio:

El pase del paddock de Emily.

Seguía enganchado a la correa del equipo, medio aplastado entre unos papeles y los auriculares que él había metido apresuradamente en la mochila antes de salir de Yeda. La fotografía, tomada al comienzo de la temporada, la mostraba sonriente, con el mono de piloto.

Algo le dio un pequeño vuelco por dentro.

Hasta ese momento, todo lo ocurrido había sido demasiado grande y demasiado reciente como para asimilarlo del todo: el accidente, el hospital, los médicos, la prensa, las conversaciones sobre la lesión medular y todas aquellas palabras técnicas que parecían describir una realidad que todavía le costaba reconocer.

En cambio aquello era simple. Emily había desaparecido de repente de las cosas cotidianas.

El pase seguía allí, como si todavía tuviera sentido que Emily lo llevara consigo al siguiente circuito. Fran lo tomó entre los dedos. La fotografía parecía pertenecer a otra época: una en la que Emily todavía podía aparecer en cualquier momento por la puerta, quitárselo de las manos y burlarse de él por haberlo guardado mal otra vez.

Fran apoyó lentamente una mano sobre la mesa y bajó la cabeza un instante.

Lo cotidiano.

Eso era lo que más le costaba asimilar. No las imágenes del accidente, ni los titulares, ni siquiera las explicaciones de los médicos.

Era pensar en todas aquellas pequeñas cosas que hasta hacía unos días parecían tan normales. Las conversaciones sobre cualquier tema, las tardes en que iban juntos al supermercado, la forma en que ella echaba a correr por el paddock para no llegar tarde a una reunión, la costumbre de mirar de reojo los tiempos de Fran y fingir que no le importaban.

Cosas completamente triviales, pero que ahora parecían enormes.

Fran siguió mirando el pase entre sus dedos. El plástico estaba ligeramente rayado en una esquina porque Emily tenía la costumbre de engancharlo mal en las mochilas. Pasó el pulgar por aquella marca casi sin darse cuenta.

Sintió un nudo incómodo en el pecho y tuvo que apartar la mirada de la fotografía.

Se quedó así unos segundos, respirando despacio, hasta que aquella presión pareció aflojar un poco.

Cruzó la habitación y se dejó caer en el borde de la cama. Frente a él, la televisión apagada reflejaba tenuemente la estancia. Por un momento pensó en encenderla, más por costumbre que por otra cosa. Quizá poner cualquier programa de fondo mientras se cambiaba y deshacía el equipaje.

Pero no tenía ganas de escuchar nada.

Se quedó sentado unos segundos, con los codos apoyados sobre las rodillas, y sacó el celular del bolsillo. Lo sostuvo unos segundos sin desbloquearlo. Desde hacía un rato quería escribirle a Emily.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.