Hasta noviembre

Dos. Libre.

—Va teniendo mejor color.

La sonrisa de la doctora Taylor consigue provocar la mía.

A diferencia de la suya, mi sonrisa hace mucho tiempo que dejó de ser brillante y emotiva. Ahora solo es gris y condescendiente.

Intento no pensar en ello.

—¿Cuándo se curará del todo?

Esa pregunta no le gusta tanto como las otras seis que le he hecho durante la media hora que llevamos aquí.

La doctora Taylor parece pensativa. No retira la mirada de la chica de cabello oscuro que mueve mi mano cuidadosamente. Y aún así, me duele.

—No puedo decirte una fecha exacta —hace una pausa—. La pierna está mucho mejor, sin duda. Si sigues haciendo reposo y tomando los antiinflamatorios no creo que tardes en recuperarte. Pero el brazo… no sé si tardarás semanas o incluso meses.

—Por un momento pensé que dirías años —suspiro aliviada.

La mujer se ríe.

—Claro que no. Pero creo que sí estamos hablando de meses. Es decir, te lastimaste el mismo brazo dos veces.

La chica se detiene y me mira con el ceño fruncido.

—¿De verdad? —pregunta.

—Soy torpe, es así.

—Quiso hacer la rehabilitación demasiado deprisa la primera vez —explica la mujer de piel oscura—. Fue entonces cuando su brazo, que estaba soldado y casi recuperado —enfatiza, mirándome con represalia—, se fracturó de nuevo. Todo por un movimiento brusco.

—Tan bien no estaría si solo por un movimiento brusco volví a estar como al principio.

—Si no fueras tan impulsiva e impaciente, esto no habría pasado.

—¿Cuándo te has convertido en mi madre?

Me sonríe con cierto orgullo y pone una mano sobre el hombro de la chica cuyo nombre no recuerdo.

—Tengo que irme. Cuidado con ella —le advierte medio en broma—. Aunque parezca inofensiva, se enfada con facilidad.

—Ni caso.

—Tendré cuidado —le responde la chica con una sonrisa—. Bueno, vamos a seguir con esto. Aún nos queda media hora.

Media hora de sufrimiento, dolor, y ganas de marcharme. Odio venir a rehabilitación. Es una tortura para desafortunados.

En cuanto termino, salgo del hospital tras despedirme de las enfermeras de recepción. Aún no las conozco a todas, pero ellas a mí sí. Estuve un mes aquí, y este último he tenido que venir con bastante frecuencia.

En el aparcamiento se encuentra Max con el coche de nuestros padres. A medida que me acerco, consigo ver a Lay sentada en el asiento del copiloto.

Desde que nos arrojó inconscientemente por un acantilado, no tiene permitido conducir por nuestros padres. Aunque a ella tampoco se la ve muy decidida a volver a hacerlo. Parece tenerle miedo todavía a sentarse en el asiento del conductor. Es muy comprensible.

Abro la puerta, ocupando el asiento de en medio.

—¿Qué tal hoy? —pregunta Lay.

—Aburrido, doloroso, estresante. ¿Qué tal tu cita de ayer?

—No era lo que buscaba. No creo que vuelva a llamarlo.

Max arranca el coche.

—Para no ser lo que buscabas, no llegaste hasta las cinco de la mañana —murmura.

—Métete en tus asuntos —Lay rueda los ojos.

—Deberías haber llamado, al menos. Para que supiéramos que estabas bien.

—Tú no lo haces. ¿Por qué yo debería hacerlo?

—Porque dijiste que solo ibas a cenar, nada más. Estuve esperándote preocupado, pedazo de imbécil.

—Ignórame de una vez, por favor —Laila suspira dramáticamente.

Viéndolos así, me obligo a reprimir una sonrisa. Son una copia del otro, al igual que yo soy una copia de ellos.

Max es el mayor. Veinticuatro años, adora todos los deportes, en especial al baloncesto, y futuro psicólogo dentro de dos años. Le dio pereza empezar la universidad a tiempo, así que no lo hizo.

Tiene un sentido del humor muy agrio, poca paciencia y se emociona demasiado rápido. En eso nos parecemos mucho.

Lay es un año menor que él. Está en el último año de carrera. Estudia medicina.

Sinceramente, nadie creía que fuera lo suficientemente inteligente como para lograrlo. Tiene una personalidad demasiado infantil, no es muy responsable y está todo el día fuera de casa. Pero parece ser que las apariencias engañan, porque le está yendo de maravilla.

Y después estoy yo. La gran decepción de mi familia.

No estudié nada después del instituto. Creí que sería mejor idea trabajar durante un par de años, ahorrar dinero y luego elegir una carrera. El problema es que no sabía que carrera elegir, ni que quería ser. Y justo cuando decidí apuntarme y optar por una… el universo se negó en rotundo y provocó lo que aún estoy pagando.

A pesar de que nuestras personalidades sean un poco diferentes entre sí, la apariencia grita que somos familia. Cabello castaño ondulado, ojos también castaños y tez clara. Lay es la única que sale un poco de ese estándar, puesto que las horas que pasó en la máquina de rayos uva surgieron efecto. Además, es la única privilegiada que ha sacado los ojos verdosos de nuestra madre.

Cuando llegamos a casa, nos llevamos una sorpresa. Nuestros padres acaban de volver de viaje y han traído pastelitos de cacao.

Sobra decir que el reencuentro pasa a segundo plano por parte de Max y mía cuando vemos aquello. Literalmente, corremos a la encimera a atiborrarnos de azúcar.

—Una de tres ha venido a saludarnos después de cinco días sin vernos —dice mi madre—. ¿No es fantástico, George?

—Llego a saberlo y en vez de tener hijos podríamos haber comprado un perro. Esos al menos muestran afecto.

Me vuelvo hacia ellos con la boca llena de chocolate.

—¿Vamos a tener un perro? —pregunto emocionada.

—Yo paso de sacarlo a pasear —masculla Max.

—Eso es lo que nos escuchan —vuelve a decir mamá.

Le doy un manotazo a Max y le hago una seña para ir a saludarlos. Les damos un abrazo a cada uno y volvemos a los pastelitos.

—Bueno, algo es algo —suspira.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.