Hasta noviembre

Trece. Descubierta

—No puedo más —jadeo—. Lo haces con demasiada fuerza.

—Aguanta ahí. No te muevas.

—¡Te he dicho que me duele!

—Ya casi he terminado.

Las horas que paso en rehabilitación son las peores de mi vida.

La chica que me ayuda con mi proceso de rehabilitación será muy simpática y todo lo que quiera, pero es una auténtica experta en tortura moderna.

—Lo has hecho muy bien —me felicita y solo quiero enterrarle la cara en la pared.

—Sí, gracias —me esfuerzo por no poner los ojos en blanco.

—Sé que es doloroso, Maddy, pero esto es necesario o perderás parte de la movilidad en la mano y tendrás nuevas limitaciones que no quieres.

Me pongo de pie y recojo mi bolso.

—Lo sé —respondo—. Me lo repetís cada día.

La chica se acerca y me coloca la muñequera cuando ve que me cuesta hacerlo sola.

—¿Has estado haciendo esfuerzos? —me pregunta.

—¿Con la mano? Claro que no. No puedo aunque quiera.

—¿Y la pierna? Porque hoy la rodilla te dolía más que otros días.

No digo nada.

—Maddy —advierte.

—No puedo estar todo el día sentada. Las horas se me hacen eternas.

—O sea, que has ignorado lo que la doctora Taylor te recomendó que era reposo y nada de esfuerzos, y has hecho justo lo contrario —deduce.

—Solo he ido a dar un par de paseos. No es un delito.

—Reposo, Maddy —me recuerda—. Pierna estirada, reposo y rehabilitación. Y no lo has hecho.

Suspiro, cansada.

—Vale, no lo he hecho. He caminado unos veinte minutos algunos días esta semana. ¿Eso es lo que querías escuchar?

—Ah, pero tú lo que quieres es quedarte coja, ¿no?

—Odio estar sin hacer nada.

—Sí, ya lo he notado —aprieta la muñequera más de la cuenta—. Pero es lo que hay. Y para asegurarme de que no tengas que llevar muletas en los próximos meses, será mejor que hable con la doctora Taylor para que te recete una rodillera estabilizadora.

—¿Qué? No, ni se te ocurra. Yo ya tuve eso el primer mes y es horrible. Apenas puedo moverme si lo llevo puesto.

La chica esboza una sonrisa.

—Veo que lo has entendido —señala la salida—. Pasa un buen fin de semana. Te veo el lunes.

Ya no me cae tan bien. Y mira que si me cayó bien el chico con el que paso casi todas mis tardes, a mí me cae bien todo el mundo. Pues ella es la excepción.

Como cada día que vengo al hospital, Max y Lay me esperan fuera en el coche. Ocupo el asiento del centro detrás y conducen hasta que llegamos a casa.

—¿Qué te han dicho hoy? —me pregunta Lay cuando llegamos.

—Que voy mejorando.

Mejor no dar detalles. Esa es la clave de una buena convivencia.

—Me alegro mucho —sonríe y sé que lo hace—. ¿Os apetece que esta tarde vayamos a casa de la tía? Mamá y papá van a ir. Dice que nos ha invitado.

Intento ocultar mi cara de horror. Max ni siquiera se molesta en disimularla.

La tía vive en una granja que está en medio de la nada y repleta de animales de campo. Para colmo, tiene tres hijas y cada una está viviendo su peor etapa.

La pequeña Lizzy tiene siete años, y tiene severos problemas de conducta. Adora tirar de nuestras cortinas cuando viene a casa y pintar los cuadros porque según ella, les falta color.

La mediana es Mila. Tiene doce años y a ella lo que le encanta es rebuscar en los cajones de las casas ajenas y coleccionar souvenirs.

Todos sabemos a lo que me refiero.

Y por último, la mayor. Ivy tiene quince años, y cada vez que la vemos tiene un estilo completamente diferente. Una vez estaba obsesionada con el color rosa, a los pocos meses lo odiaba y empezó a vestir con ropa holgada y escogida al azar; la última vez que la vimos, estaba por el camino de convertirse en gótica.

Además, adora tocar mi maquillaje y yo detesto que lo haga.

—Tengo planes —me excuso—. Otro día ya voy con vosotros.

—¿Qué planes? ¿Otra vez vas a ir al cine?

Puede que les haya dicho a mis hermanos que últimamente me siento muy cinéfila. Y con Lay funciona normalmente… pero con Max no. Él no es tan inocente.

—Maddy, ven a la cocina un momento —me llama este último.

Momento de la bronca.

Camino a la cocina detrás de él. Laila intenta hacerse un hueco, pero Max le cierra la puerta en las narices.

—Te he estado dejando a tu aire porque confío en ti, y sinceramente porque creía que vendrías un día y me contarías todo por voluntad propia, pero como no es así, me veo en la obligación de hacer de hermano mayor.

—Eso es una contradicción —lo encaro—. Si dices que confías en mí, no tendrías por qué querer que te cuente nada porque como has dicho, confiarías.

—Tú me has entendido. ¿Tienes novio?

Me tenso por completo.

—¿Qué?

—No voy a meterme en tu vida, pero quiero saber donde se escabulle mi hermana todos los días.

—No me escabullo.

—Además —continúa—, no estoy ciego, y entre eso y que tú no te molestas en disimular es más que evidente.

Frunzo el ceño.

—¿De qué hablas?

—Del Mercedes que te ha recogido un par de veces esta semana en la esquina de nuestra calle.

Bajo la mirada, un tanto avergonzada. No sabía que me había visto. Ni que era tan cotilla.

Pero tiene razón. Neithan y yo llevamos quedando unas tres de semanas. No hacemos gran cosa, y la mayoría son comer del puesto de Joe´s o ver películas de acción en su salón.

No es que me encanten, pero a él sí. Y cada vez que me habla de lo que le gusta se le ve tan emocionado que… no puedo decirle que no. Además, no están tan mal.

Pero Max se equivoca en algo. Él solo me ve como a una amiga, y yo a él por igual. De hecho, es muy buen amigo. No hay nada mejor que alguien sincero y sarcástico para pasar el rato.

Y es el primero que tengo, así que quiero aprovechar y pasar todo el tiempo que pueda con él.




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