Hasta noviembre

Catorce. El punto más alto.

La puerta se abre y sonrío ante lo que veo.

Neithan está comiendo la misma bandeja que comimos el otro día, llena de dulces con chocolate. Pero recuerdo que nosotros acabamos las que tenía, así que ha tenido que ir al supermercado a comprar más.

Aunque la sonrisa se me borra considerablemente cuando veo que frunce el ceño.

—¿Qué haces aquí?

Ah, pues genial. Yo me esperaba un recibimiento más cálido, siendo sincera.

—Yo también me alegro de verte.

—No, quiero decir… no te esperaba —se hace a un lado para que pase—. ¿Habíamos quedado y se me ha olvidado?

—No, es que tenía que escaquearme de un plan familiar y me apetecía salir —y estar con él.

Cierra la puerta y pasa por mi lado.

—Si molesto puedo irme, no importa.

—¿He dicho que molestes en algún momento?

—No, pero como no he avisado de que venía, a lo mejor…

—No molestas —recalca—. De hecho, me alegro de verte. Estaba teniendo un día de mierda y acabas de mejorarlo.

Eso me hace sonreír.

Se deja caer en el sofá, y dejo el bolso sobre una silla. Me deja un sitio a su lado para que pueda sentarme.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto.

La verdad es que parece de malhumor. Peor que de costumbre, quiero decir.

—Nada interesante, solo… problemas, como siempre.

—¿Qué significa eso?

—Que la explicación es un coñazo y no quiero aburrirte con eso —suspira e intenta sonreír—. ¿Tienes hambre?

Me ofrece la bandeja de dulces, donde quedan más bien pocos.

Bueno, aunque no es demasiado sano, me alegro de que esté comiendo más.

—¿Fuiste a comprar más al supermercado?

—Tenías que ver la cara de la cajera cuando me presenté en la cinta con seis bandejas de estas.

—¿Seis?

—Y porque no me cabían más en las manos, si no hubiera cogido el doble.

Lo dice tan serio que suelto a reír.

El gran detalle que cabe mencionar es que, en estas tres semanas, apenas ha probado… aquella sustancia. Él siempre suele recogerme en coche, así que no toma nada cuando tiene que venir a por mí.

Pero cuando vengo por mi cuenta, él suele estar… raro. Más de una vez me he fijado en sus ojos, y sus pupilas suelen estar dilatadas cuando consume. Se le pasa enseguida, por lo que doy por hecho que lo hace horas antes de que yo llegue, pero… que lo haga cuando no estoy presente no es ningún consuelo. Me da miedo que se vea solo y yo no pueda ayudarle si pasa algo.

—Bueno —termina un dulce y me deja la bandeja en las piernas—, ¿piensas decirme cuál era ese plan familiar tan horrible del que te has escaqueado?

Le robo otro y dejo la bandeja sobre la mesita.

—Era ir a visitar a mi tía y a mis tres primas. No me caen bien.

—¿A su casa?

—A su… granja.

—¿Granja? —repite—. Qué horror.

—No lo sabes tú bien.

Hay muchos motivos por lo que no quería sacar este tema, pero presiento que va a sonsacármelos, puesto que me está observando con una pequeña sonrisa malvada.

—¿Qué no me estás diciendo? —pregunta.

—Nada.

—Hay algo relacionado con eso que no me cuentas.

—No, no lo hay.

—Vas a acabar diciéndomelo y lo sabes. Cuánto antes lo hagas antes acabarás con la tortura.

Maldigo que me conozca tan bien.

—No te rías —le pido.

—No has empezado y ya me están dando ganas.

Suspiro, mirándolo mal. Él parece pasarlo en grande.

Al final, decido soltarlo sin rodeos. Total, se va a reír de mí. Es mejor asumirlo cuando antes.

—Mi tía se llama como yo.

Abre los ojos de más, incorporándose.

—¿Se llama Maddy?

Asiento, apretando los labios. Y él, claro, estalla en risas.

—¡Sabía que Maddy era nombre de granjera de Texas! ¡Si es que lo sabía!

El muy capullo tiene hasta las lágrimas saltadas.

—¡No es de Texas! ¡Es de Pensilvania! Y ni se te ocurra reírte de eso, que yo nací allí.

Se calla cuando me escucha y vuelve a romper en risas.

Yo, para calmar la ira, decido robarle más dulces. Prefiero eso antes que ahogarlo con un cojín.

De repente se acerca, dejando un brazo apoyado en el sofá detrás de mi espalda. Se inclina y me quita de la mano el dulce al que acabo de darle un mordisco, llevándoselo a la boca.

—Así que eres una vampira, interesante.

—Eh, no te metas conmigo.

—¿O qué? ¿Me morderás? —sonríe burlón.

—Puede —entrecierro los ojos—. No tientes tu suerte.

Se queda mirándome unos segundos con la misma expresión mientras come.

—Lo dices como si sonara horrible, cuando solo se me hace interesante.

Toma el mando y se pone a pasar canales en la televisión, como si nada, dejándome pensativa sobre lo que acaba de decir.

Cuando dice que va a la terraza —o sea, a fumar— me obligo a reaccionar.

—Espera —digo mientras alcanzo mi bolso sin levantarme—. Te he traído una cosa.

—Te he dicho ya que no eres mi tipo, ¿no? Aunque si me haces regalitos puede que me lo piense.

—No es eso, idiota.

Saco el libro del bolso y se lo ofrezco.

Al instante se pone a ojear la sinopsis, pero por supuesto, lo primero que hace es leer el autor.

—Stephen King —murmura—. Parece que tu gusto es un poco menos horrible. Lo estaré mejorando.

—Eso va a ser.

—Doy por hecho que es para que te dé mi opinión sobre si leerlo o no, y eso hago.

—Yo ya lo he leído —aclaro—. Es que como me dijiste que te iban este tipo de libros, pensé que quizás te gustaría.

Levanta la mirada de la tapa cuando digo eso último, observándome con curiosidad. 

Me noto sonrojada cuando me doy cuenta de que acabo de ponerle en bandeja la opción de hacerme pasarlo mal al haber admitido en voz alta que he pensado en él.

Pero no lo hace. Solo me observa. Solo eso.

—Si no quieres no tienes que leerlo, era solo por… no sé.




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