El tintineo constante de las copas de cristal, las risas falsas y el murmullo hipócrita de la élite corporativa, sumado a la música clásica que suena de fondo me taladran los oídos.
No es que deteste este tipo de música, al contrario, me relaja, pero con el resto del ruido ambiental, la suma de tanto sonido junto me provoca un zumbido insoportable.
Llevo exactamente dos horas y cuarenta minutos parada sobre estos taconazos de diez centímetros que empiezan a clavárseme en los talones como agujas, sonriendo a gente que no conozco y luciendo un vestido de terciopelo vino, ajustado al cuerpo y de escote elegante con cuello en v, que elegí esta mañana con la estúpida ilusión de que él notara que existo.
Qué ingenua fui.
Porque, si tengo que ser realista, yo más que nadie ya debería saber que Mateo Castillo nunca mira lo que tiene garantizado.
Apenas unas horas atrás, frente al espejo de mi tocador, las cosas se veían muy distintas para mí.
Llevaba arreglándome desde las once de la mañana, pese a que la gala no empezó sino hasta las cinco y media de la tarde.
Ciertamente, me esmeré muchísimo en lucir como toda una reina, con tal de dejar en alto la imagen de mi marido a quien, irónicamente, no pareció importarle lo que elegí para impresionarlo, porque tan solo terminé impresionándome a mí misma.
Recuerdo haber pasado más de cuatro horas peinando las ondas de mi cabello tras encerrarme hora y media en la tina, concentrándome en lavar generosamente mi larga melena castaña, y luego cuidando cada detalle de mi maquillaje y alisando con esmero la tela suave de este vestido, el cual planché minuciosamente.
Cada minuto invertido era una apuesta a ciegas, una pequeña chispa de esperanza alimentada por la fecha.
Y es que hoy cumplimos dos años de casados.
Dos años desde que nos dimos el «sí» en una ceremonia ostentosa donde prometió amarme y respetarme ante cientos de invitados.
Cosa que, por cierto, no ha hecho, o si lo ha hecho han sido pocas veces.
Pero esta mañana yo no lo pensaba ni lo analizaba como sí lo hago ahora, solo era una esposa ilusionada por su segundo año de matrimonio con el amor de su vida.
Sin embargo, la realidad no se tardó nada en recordarme lo inocente que puedo ser en ocasiones.
A mediodía, mientras terminaba de probarme algunos accesorios para elegir los que llevaría por la noche al evento, el timbre del penthouse sonó.
No era Mateo, como pensé, ilusionada que sería, porque habíamos acordado que íbamos a almorzar juntos en un restaurante cercano para celebrar nuestro aniversario de bodas.
Pero en vez de él, era un mensajero en uniforme que me entregó un enorme y ostentoso arreglo de orquídeas blancas.
Entre las flores, venía una tarjeta simple e impecable con el logotipo impreso de Castillo Investments y un texto escrito a pura computadora por su secretaria:
«Feliz Aniversario, Isabella. Lamento no acompañarte a almorzar, surgió una reunión de emergencia, y es absolutamente impostergable».
No hubo palabras cariñosas para mí.
Ni siquiera una firma de su puño y letra.
Solo la cortesía fría de un departamento de relaciones públicas.
Incluso para el amor, Mateo Castillo tiene un horario de oficina.
Y, al parecer, yo ya me quedé fuera de su agenda.
Ahora lo observo a un par de metros de mí, en medio de la gala, erguido, impecable y proyectando esa aura de poder absoluto que hace que todo el salón orbite a su alrededor.
Lleva un traje a la medida perfectamente entallado a sus hombros anchos, un reloj de oro deslumbrante en la muñeca, y tiene esa mirada de hombre de negocios implacable que no regala ni un segundo de su atención si no hay dinero de por medio.
Habla con dos inversionistas extranjeros mientras sostiene una copa de vino blanco que apenas ha probado.
En casi tres horas de evento, no se ha girado ni una sola vez para preguntarme si quiero agua, si estoy cómoda o si sigo parada a su lado.
Mucho menos parece interesado en saber si estoy cansada, porque sí que lo estoy, a decir verdad.
Me duelen los pies. Me arden, mejor dicho; siento como si estuviese parada en medio del fuego, no sé cómo describirlo, pero me están matando mis propios talones.
Quiero sentarme, de verdad quiero, pero cada que le hago a mateo una seña con la mano indicándole que deseo tomar asiento, él tan solo niega con la cabeza, diciéndome que espere unos minutos más, disque porque todavía no ha llegado todo el mundo.
Y es que esta gala la ha organizado él, y por lo tanto, es él quien debe recibir a la gente y quedarse de pie.
Por supuesto, a mí por ser su esposa me toca hacer lo mismo… ni modo.
Fuera más fácil si por lo menos, él me prestara atención, pero ni eso.
Entiendo que esté ocupado; sin embargo, pienso que así como tiene ojos para atender a los demás y asegurarse de que reciban una bebida o le sea asignada una mesa, la misma consideración debería tener con su mujer.
Tristemente, estoy más que acostumbrada a esa distancia emocional suya, que ha sido el pan de cada día desde que nos casamos.
Cuando estábamos de novios él era todo amor, siempre me presentaba con orgullo, pero ahora de ese hombre que conocí antaño, y del cual me enamoré, no queda ni rastro.
Para Mateo, soy la esposa perfecta: un accesorio vistoso, educado y de buena familia que adorna su brazo en las galas benéficas, que no causa escándalos y que luego regresa en silencio a un penthouse de lujo para esperarlo despierta hasta las tres de la mañana.
Quiero llorar por la impotencia que siento, pero me niego a dejar salir las lágrimas. No hoy, delante de toda esta gente, y desde hace unos meses me prometí a mí misma no volver a derramar lágrimas por causa suya.
De pronto, una marea helada de malestar me recorre la columna.
La combinación de los distintos aromas penetrantes que provienen de los perfumes de los asistentes, mezclados con la fragancia del salmón ahumado de los pasabocas que circulan por ahí, y del aliento de Mateo, el cual está impregnado con el olor del vino, me golpea de lleno.
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Editado: 23.09.2026