MATEO
—Le repito, señor Castillo, no hay ningún otro sacerdote disponible en la ciudad —murmura el asistente parroquial con la voz temblorosa, ajustándose los lentes frente al Notario Quinto que espera con el libro de actas abierto sobre la mesa—. El padre Antonio ingresó de urgencia por un cuadro gripal agudo, ha estado más de tres días con la fiebre muy alta y el resto de los párrocos de la diócesis están en el retiro espiritual anual en las montañas. No hay un solo cura en cincuenta kilómetros a la redonda.
En medio del elegante salón de eventos decorado con miles de orquídeas blancas, los murmullos de los invitados que ya han llegado comienzan a elevarse. La prensa y la alta sociedad aguardan, no sin cierta impaciencia, y sigue llegando más gente.
Me acomodo la corbata de mi esmoquin —hecho a la medida por el gran diseñador Jon Sonen— y suelto una leve risa, mirando al notario sin perder la calma ni por un instante. Luego observo al asistente de la parroquia de la Inmaculada Concepción —a la cual mi futura esposa y yo vamos siempre— y le sonrío con amabilidad, tratando de transmitirle algo de comprensión.
No quiero que piense que estoy enojado o desilusionado; de hecho no lo estoy, porque me siento demasiado feliz para molestarme por algo así. Además, el padre Antonio no tuvo la culpa de enfermarse: son cuestiones de salud.
—No se preocupe, Lorenzo, comprendo. No pasa nada. Transmítale mis saludos al padre y espero que se mejore pronto —le digo, y el joven asistente suspira aliviado—. En cuanto a la boda, no voy a posponerla solo por un problema de logística de la iglesia —sentencio con la autoridad natural que impongo en mis empresas—. Este contratiempo no me impedirá casarme con la chica de mis sueños. Señor Notario, por favor, haga oficial este matrimonio por la vía civil ahora mismo. Ya vendrá la bendición católica y la eucaristía matrimonial después. Hoy Isabella sale de aquí siendo mi esposa.
El hombre asiente a mis palabras. Observo cómo los invitados —a quienes tuvimos que avisar a última hora de que la ceremonia no iba a ser en la iglesia sino en el mismo salón donde se llevará a cabo la celebración posterior— continúan llegando y acomodándose. Algunos se quedan de pie, otros han traído sus propias sillas y hay quienes optan por quedarse afuera para ver la entrada de la novia más cerca.
Cuando las puertas dobles se abren y la veo caminar hacia el altar improvisado, el aire se me congela en los pulmones.
Viniendo del brazo de su padre, Isa avanza envuelta en un vestido precioso con una cola gigante de dos metros de pura seda blanca. Viéndola así, tan radiante, feliz y con esa mirada soñadora que tanto me cautiva, por primera vez en mi vida me doy cuenta de que no hay negocio, transacción ni victoria corporativa en este planeta que pueda compararse a esto.
Al llegar a mi lado, mi suegro me la entrega y yo le tomo la mano con una delicadeza dulce, como si sostuviera la perla más valiosa que Dios me ha dado.
—Te ves tan hermosa, futura señora Castillo —le susurro en un hilo de voz de tal manera que solo ella puede escucharme, inclinándome para besarle la mejilla y aprovechando para acomodarle un mechón de su melena castaña que sobresale entre las azucenas amarillas con las que la tiene trenzada.
Mientras tanto, el notario carraspea para llamar nuestra atención.
—Gracias, cariño. Tú también te ves divino —me responde, y se recarga contra mi hombro, estirando la mano para acariciarme el rostro—. Pensé que te ibas a estresar por lo del sacerdote —añade, sonriendo y con las mejillas encendidas en un carmesí adorable.
Yo la observo, totalmente maravillado por su belleza. Ni siquiera necesita maquillaje; ella porque quiso ponérselo, pero con o sin él para mí sigue siendo hermosa. Y más todavía si tiene esos ojitos que son para mí el cielo, brillándole con tanta ilusión.
—A mí solo me importa que me digas que sí, preciosa. El resto del mundo me da igual; y además, más adelante podemos casarnos por la iglesia, como soñamos.
Ella no responde: tan solo aprieta mi mano y me sonríe, mirándome con un amor demasiado dulce, a tal punto que me pregunto qué hice para merecer a esta bella dama.
No pronunciamos nuestros votos como teníamos previsto, debido a que el hombre, no sé por qué, tiene prisa; pero como compensación, le deslizo a mi mujer la banda de matrimonio y el solitario de diamantes en el anular.
Cuando el notario nos declara marido y mujer, no espero ninguna indicación: la tomo suavemente de la cintura, pegándola a mi pecho, y le beso los labios con un anhelo y una ternura tan grandes que siento que me desbordo de amor por esta señorita, ahora señora mía.
Durante la recepción, no le suelto la mano ni un solo segundo. Nuestro primer baile como recién casados es, probablemente, mi momento favorito de toda la velada: mientras bailamos, con ella abrazada a mí y yo besando su larga cabellera ondulada, no puedo evitar sentirme el hombre más feliz del mundo.
Ante cada empresario, socio extranjero y fotógrafo que se acerca a felicitarnos la presento con un orgullo monumental, presumiéndola como el mayor tesoro de toda mi fortuna. Y es que para mí el solo hecho de que todos conozcan al amor de mi vida como mi esposa es un sueño hecho realidad.
Después de un banquete delicioso compuesto por arroz, cerdo, pollo, puré gratinado y postres de todo tipo, y de recibir regalos de los invitados, me llevo a mi esposa para que pasemos juntos nuestra primera noche tras la boda.
Completamente ilusionado, la conduzco hacia nuestro nuevo hogar: un penthouse espacioso, perfecto para una pareja de recién casados. Allí finalmente tenemos nuestra ansiada primera vez. Ella había elegido esperar hasta el matrimonio y yo se lo respeté, como cualquier buen caballero lo haría.
ISABELLA
Estar con él en la intimidad es dulce, un momento lleno de amor y ternura cándida, tal y como lo vislumbré en mis sueños. Para mí, disfrutar con Mateo este bello instante significa poder alcanzar el cielo con las manos. Cuando me abraza, siento que todo lo demás desaparece y solo quedamos él y yo. Me hace tan, tan infinitamente feliz…
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Editado: 11.10.2026