Hasta que aprendas a rogar

4. No voy a firmar

MATEO

—¿Cómo que no sabes dónde está, Fernando? Te pago un sueldo de seis cifras para que resuelvas problemas, no para que me des excusas baratas por llamada.

Sostengo el teléfono corporativo contra la oreja con tal fuerza que siento los nudillos a punto de estallarme, mientras camino a pasos agigantados y frenéticos frente al ventanal panorámico de mi oficina en el piso cuarenta de la torre Castillo.

Son las ocho de la mañana. No he dormido una sola hora desde que Isabella se fue de mi lado.

Mi traje de etiqueta sigue siendo el mismo que usé en la fatídica gala de hace dos noches; aunque, por increíble que parezca, está hecho un completo desastre. La corbata de seda cuelga deshecha alrededor de mi cuello, la camisa blanca tiene los dos primeros botones abiertos y la taza de café negro que dejé a medio tomar terminó cayéndome encima por culpa de mis manos temblorosas. Ya lleva fría casi dos horas sobre mi escritorio de caoba.

Ayer me la pasé llamando a mi esposa y escribiéndole por todos lados: WhatsApp, Facebook, Instagram, iMessage…

«Isabella, contéstame el maldito teléfono».

«¿Dónde carajos estás? Vuelve a mi lado ahora mismo».

«Esto es ridículo, Montero. No voy a tolerar que juegues a la esposa resentida conmigo; no te luce. Hablamos hoy mismo y, si no apareces, te buscaré por cielo y tierra si es necesario. De que te encuentro, te encuentro».

Pero nada. Ni una sola respuesta de su parte. Ni siquiera el visto en los mensajes.

Descubrí que también se llevó su MacBook Pro y el iPad que se compró por su cumpleaños hace dos meses. Intenté rastrear sus dispositivos a través de mi cuenta y de las aplicaciones de localización, pero tampoco tuve éxito: desactivó la ubicación y cerró sus sesiones. No tengo forma de saber dónde se encuentra por esa vía.

—Señor Castillo, hemos revisado minuciosamente los registros de todas sus tarjetas de crédito y cuentas mancomunadas. La señora Isabella no ha realizado un solo movimiento bancario ni retiro de efectivo desde que abandonó el hotel hace dos días —la voz de Fernando al otro lado de la línea suena aterrorizada, entrecortada y al borde del colapso—. Tampoco reservó vuelos nacionales o internacionales, ni hizo reservaciones en hoteles a su nombre o al de sus familiares. Pareciera que... simplemente se la tragó la tierra.

Me siento en la silla con la rabia corriéndome por la sangre, pero tratando de controlar mi temperamento. Después de todo, Fernando no tiene la culpa de la desaparición de mi esposa y nada gano tratándolo mal. Respiro profundamente, aunque no me sirve de nada.

—¿Cómo que se la tragó la tierra? ¡Eso no tiene pies ni cabeza!

No quiero oír excusas, solo resultados. Por desgracia, por más que me esfuerzo en no dejar salir mi carácter, termino descargándome con la primera persona que tengo en la línea, quien es la que menos se lo merece.

—¡Cómo que parece que se la tragó la tierra! Una persona de carne y hueso no desaparece en el aire así como así —gruño, apretando el puño libre con una furia creciente que me quema las entrañas—. Hazme el favor de revisar de inmediato las cámaras de seguridad del estacionamiento del hotel. Quiero la matrícula exacta del taxi que abordó al salir de la gala, la ruta que siguió el vehículo y la ubicación donde la dejó. Todo en mi escritorio en menos de una hora. ¿Quedó claro?

Cuelgo la llamada abruptamente, sin esperar respuesta, y lanzo el teléfono sobre la madera pulida del escritorio haciéndolo derrapar hasta estrellarse contra la base de la lámpara.

Me paso ambas manos con fuerza por la cara y el cabello, despeinándome sin piedad. Si antes era un nido de ratas por lo enredado, ahora luce peor. Parezco un zombi. Tengo los ojos rojos e hinchados por la falta de sueño, el rostro tenso, la barba crecida y el cabello apuntando en todas direcciones. Si alguien de la prensa me viese así, estoy seguro de que se desmayaría por la impresión de ver a un magnate de mi nivel con un aspecto tan desaliñado.

Me levanto de la silla, incapaz de quedarme quieto, y me paseo nuevamente de un lado a otro. No puedo ni pensar. La sensación punzante de impotencia me está carcomiendo el estómago, el alma y el corazón.

Durante toda mi vida adulta he tenido el control absoluto de cada bendita variable a mi alrededor: las empresas que manejo, mis acciones bursátiles, el personal a cargo, mi matrimonio… Siempre he sido el arquitecto de mi propio destino. Y ahora, en cuestión de casi treinta y seis miserables horas, mi vida perfectamente estructurada se siente como un vehículo sin frenos acercándose peligrosamente al borde de un precipicio.

Dos golpes secos y firmes en la puerta de madera maciza me sacan de mis pensamientos.

—Adelante —ordeno en tono seco, irguiéndome y recomponiendo la postura para no mostrar debilidad.

La puerta se abre despacio y entra Rodrigo, mi amigo de toda la vida, persona de mi entera confianza y abogado principal del bufete que maneja los asuntos legales y corporativos más delicados de la familia Castillo. Trae su iPad en una mano y una elegante carpeta de custodia en cuero negro con un broche metálico que parpadea con una luz LED azul tenue. Los ojos de Rodrigo denotan un cansancio visible y su rostro refleja una incómoda solemnidad que no me gusta en absoluto.

—Mateo —saluda con voz grave, cerrando la puerta con cuidado—. Lamento venir a primera hora sin avisar a tu secretaria, pero... esto fue notificado electrónicamente con carácter de urgencia al servidor privado de mi despacho hace apenas cuarenta minutos. Un servicio de correspondencia legal acaba de entregarme el expediente físico.

Rodrigo se acerca al escritorio y coloca el portafolio en el centro de la mesa, justo al lado de los dos anillos de matrimonio que dejé tirados allí al llegar de madrugada. Ni me he molestado en guardarlos; tal vez porque, cuando los veo, siento a Isabella cerca, aunque sean solo ilusiones mías.




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