Hasta que aprendas a rogar

5. No pienso regresar con él

ISABELLA

—Tienes que salir de aquí hoy mismo, Isa —dice Sofía, caminando de un lado a otro por la pequeña sala de su apartamento mientras sostiene su teléfono móvil, tecleando furiosamente y con los dedos temblorosos—. Un colega de RCN me acaba de avisar que la gente de seguridad de Mateo está peinando la zona. Está rastreando las direcciones de todos tus amigos cercanos y las propiedades de tu familia, y seguramente no tarda en llamarme a mí.

Me paso la mano temblorosa por el estómago, sintiendo una punzada de inquietud en el centro del pecho.

Llevo dos días encerrada en este lugar, alimentándome apenas de avena colada, leche, té y caldos suaves, luchando contra las náuseas que no me han permitido retener nada más allá de eso y algunas cucharadas de sopa de pollo con verduras. Y eso a duras penas: ni siquiera he podido tomar jugos, pues todo lo que no sea agua termino vomitándolo.

Sin duda, estar embarazada me ha dado duro, pero los malestares son pasajeros. Además, son los síntomas que me recuerdan a cada segundo que el bebé que ahora vive en mi vientre depende exclusivamente de mí.

No niego que esto me aterra y me emociona a partes iguales. Con todo esto del divorcio, el pensamiento de que deberé ser madre soltera todavía me resulta un poco abrumador. Por el momento solo Sofía y María José lo saben, además de mis padres, obviamente. Ni loca pienso contárselo al acosador de mi marido.

He tenido que cerrar la sesión de mi cuenta de Apple ID personal en cada dispositivo que tengo —la Mac, el iPad, el iPhone, incluso mi Apple Watch— con tal de que él no pudiese rastrear mi ubicación. Para no quedarme incomunicada y poder hacer el trámite del documento con Majo, me vi obligada a usar mi Apple ID de trabajo. Por suerte no lo puede rastrear, porque si algo nunca le permití fue que vinculase mi cuenta laboral con la suya en el plan de seis terabytes que paga en iCloud; yo solita pago la de dos.

¿Por qué? Sencillo: porque mi trabajo me lo supervisa mi jefe, no él.

Bueno, en realidad mi trabajo me lo supervisa el mejor amigo de Mateo, Rodrigo, pues soy su secretaria. Pero él siempre ha sido un hombre muy serio que respeta mi privacidad, y ni siquiera me pide vincular la cuenta laboral al plan grupal que paga su bufete de abogados. Además, siendo su secretaria, no es que mi cuenta tenga gran cosa para respaldar aparte de los documentos que manejo diariamente, archivos que no pesan casi nada.

El hecho es que he estado trabajando desde casa desde que me vine a vivir con mi amiga, y ahora la pobre está preocupada por mi seguridad.

¿Pero adónde más puedo ir? Podría trasladarme a casa de mis padres, pero no quiero ser una carga para ellos, especialmente con lo mal que ando. Sería distinto si el bebé dejara de darme tantas náuseas con cada olor que hay por ahí, o mejor, que mis hormonas se calmasen, le bajasen a las revoluciones y me permitiesen probar algo más que sopa y agua. No puedo vivir de eso para siempre.

Sin embargo, el malestar no cede; al contrario, parece empeorar con la angustia acumulada y el sentimiento de incertidumbre por no saber hasta dónde es capaz de llegar mi aún esposo para recuperar el control. Puedo sentir el mareo flotando en la base de mi cerebro, como un aviso constante de que mi cuerpo está al límite de sus fuerzas.

¿Y cómo no, si ni siquiera comes casi nada?

—No puede obligarme a volver, Sofía —susurro, tratando de sonar más convencida de lo que realmente me siento—. Firmé la demanda. María José ya se la entregó a Rodrigo esta mañana con el protocolo de seguridad. Ya todo está en marcha.

Mi amiga asiente compasiva, deja su teléfono en la mesa de centro y se apoya contra la pared por un breve instante. Luego me observa con expresión seria, algo que no me sorprende viniendo de ella, porque parece que siempre mirara más allá de lo evidente con esos ojos azules que te leen el alma con solo verte, y no es exageración.

—Ya lo sé, nena, pero tú más que nadie conoces a Mateo —responde ella, volviendo a reanudar su caminar —algo que hace mucho cuando está muy preocupada— y deteniéndose nuevamente a mitad de la sala para mirarme con una mezcla de lástima, impotencia y profunda preocupación—. Él no acepta un «no» por respuesta en los negocios, y mucho menos en su vida personal. Para un hombre como Castillo, perder el poder sobre alguien, y más si esa persona es su misma esposa, es una traición. Con tan solo eso, prácticamente lastimas su orgullo más de lo que te puedes imaginar.

—Cosa que, para Mateo, es algo absolutamente insoportable.

—Así es —ella asiente lentamente—. Ni la misma María José con todo su bufete va a poder frenarlo si se le mete entre ceja y ceja encontrarte.

—Que lo intente, si tanto lo quiere —me río sin humor.

Mi amiga se acerca más a donde estoy, toma asiento a mi lado en el sofá, me pasa un brazo por los hombros y acaricia mi cabello.

—Sabes, esto quizá sea duro de oír para ti, pero mira: Mateo está ardido porque tú lo dejaste. Contrario a lo que se pudiera pensar, si da contigo no te va a rogar; va a usar todo el poder que tiene a su disposición y moverá los contactos que tenga que mover con tal de mantenerte vigilada. Incluso puede que te ofrezca sumas generosas de dinero —es decir, querrá comprarte— con el fin de ganarse tu confianza a toda costa para arrastrarte de vuelta a ese penthouse.

—Ni siquiera con eso va a poder seducirme —la interrumpo, apoyando mi cabeza en su hombro y mirándola con determinación—. Puede usar todo el dinero que le dé la gana, pero no logrará que yo acepte volver con él.

—De todas formas, tienes que tener cuidado. No te confíes, porque así se comportan los hombres cuando pierden a la única persona que estaba ahí para ellos. Se obsesionan a tal punto que hacen hasta las cosas más locas y absurdas para intentar recuperarla, y todo debido a que por dentro tienen miedo.

Asiento ante las palabras de mi amiga porque la verdad es que tiene razón. Mateo, aunque se niegue a admitirlo, tiene miedo de que yo me vaya de su vida. Por desgracia, tenía que perder yo la paciencia para que él se diera cuenta de lo que va a dejar de tener.




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