Hasta que aprendas a rogar

6. Vas a tener que matarme

MATEO

—¡Isabella! ¡Abre los ojos, mujer!

El terror abrumador que me recorre las entrañas en este instante no se parece a nada que haya sentido en todos mis treinta y cinco años de vida.

Sostengo el cuerpo inerte de mi esposa entre mis brazos. Está ridículamente liviana, pálida como una muerta y con los labios completamente desprovistos de color, salvo por los rastros de vómito que rodean su boca. Vómito que, por cierto, no la ensució a ella pero dejó mis zapatos hechos un desastre. Aunque debo reconocer que no fue culpa suya: yo estaba en su camino cuando se inclinó para vaciar su estómago.

Su cabeza cuelga inerte hacia atrás contra mi hombro mientras la cargo. Con mi corazón latiendo frenéticamente por la desesperación de verla así, salgo del apartamento a toda prisa, ensuciándolo todo a mi paso hasta la alfombra de la entrada. Ni tiempo tengo para pensar en quitarme los zapatos en este instante.

Cerrando la puerta detrás de mí con un solo pie, corro con pasos largos ignorando por completo el ascensor. Decido irme por lo que considero más rápido que esperar a ese aparatejo: empiezo a bajar los tramos de escaleras de tres en tres.

Justo al empezar a descender a toda marcha casi nos caemos, pues por estar corriendo no calculo bien los escalones. Y es que ni siquiera puedo mirarlos: mi atención sigue fija en la palidez del rostro de Isabella y en su respiración que, según yo, está estable, pero no soy médico.

Alzando una mano coloco mis dedos alrededor de su muñeca para comprobar su pulso. Lo tiene, no hay duda; pero a estas alturas no sé qué me asusta más: si la manera en que se desmayó o el hecho de que haya vomitado.

Toco el último escalón casi cayéndome de nuevo, sintiendo cómo el corazón me late dentro del pecho como si quisiera romperme las costillas. Menos mal no me crucé a Sofía, la amiga de mi mujer: en este momento no estoy en condiciones de darle explicaciones a nadie sobre lo que pasó, ni muchísimo menos de tolerar un solo reclamo de su parte. Algo que definitivamente me merezco, aunque mi orgullo me impida admitirlo.

Tampoco me topé con ningún otro residente de la edificación. Seguramente por ser la una de la tarde —hora de almuerzo— tuve ese golpe de suerte, pues todo el mundo está encerrado en su apartamento, comiendo fuera o camino a la oficina para la jornada vespertina. El vigilante del edificio ni se ha dado cuenta de que bajo corriendo; está bastante ocupado almorzando en la garita como para notar quiénes cruzan la portería.

Mejor para mí.

—¡Esteban, abre la maldita puerta! —le grito a mi chofer a todo pulmón en cuanto cruzo el vestíbulo.

Por poco no me llevo la puerta del edificio por delante. Ahí sí hubiera sido peor la cosa, porque entonces seríamos dos necesitando ayuda médica: una desmayada y el otro herido porque un armatoste de cristal le cayó encima.

El hombre reacciona al instante con los ojos desorbitados por la sorpresa, abriendo de par en par la puerta trasera del auto blindado desde el asiento del conductor con su teléfono. Pero cuando mira hacia abajo, su rostro se pone verde.

—¡Señor! ¿Qué le pasó a sus zapatos? —inquiere evidentemente asqueado, sacando la cabeza por la ventana para airearse mientras acomodo a Isabella en el asiento posterior con una delicadeza que no sabía que poseía.

Claro, el pobre vio mis zapatos chorreados de vómito; por eso lo pregunta…

Ni loco le voy a decir que mi propia esposa vomitó sobre mis zapatos.

Mejor así. Además, eso fue tu culpa.

Me aprieto el puente de la nariz ignorando a mi conciencia y procedo a sacar el pañuelo del bolsillo de mi camisa para tratar de limpiar mis tenis lo máximo posible. Aunque acelerado como estoy por la salud deteriorada de mi mujer, creo que es lo menos que debería estar haciendo en este momento, así que finalmente desisto de la idea. Luego Esteban que se encargue de lavar el auto si es necesario.

Mientras vuelvo a guardar mi pañuelo en el bolsillo —no sin antes asegurarme de que la parte sucia quede hacia adentro para no ensuciarme—, me doy cuenta de que he dejado a mi chofer hablando solo, con la pregunta todavía flotando en el aire.

—Larga historia. No es el momento, tú solo ocúpate de conducir —contesto, subiéndome de un salto junto a Isabella y tomando su rostro angelical entre mis manos temblorosas. Sus mejillas están heladas al tacto; aunque a esta hora aquí hace frío, tampoco es suficiente para que la piel se le sienta casi congelada.

—¿Adónde, señor? —pregunta Esteban, ya más recuperado de la impresión de ver mis zapatos puercos.

Mientras cierro la puerta pienso rápidamente en el mejor hospital para llevar a mi esposa, con un único nombre destacando por encima de los demás por su cercanía:

—A la Fundación Santa Fe. ¡Ahora mismo! Avisa que vamos en camino con una urgencia de vida o muerte. Pásate todos los semáforos si es necesario —ordeno con la voz acelerada, enronquecida y temblorosa por la angustia. Ni me molesto en pronunciar un «por favor»; los modales me importan un pepino en este instante.

El auto arranca a toda velocidad haciendo chillar las llantas sobre el pavimento y encendiendo las sirenas de emergencia del vehículo de escoltas que viene detrás de nosotros.

Durante todo el trayecto de diez minutos —un tiempo agonizante que se siente como varios años de tortura—, no suelto ni por un segundo la mano izquierda de Isabella. Alterno entre explicarle a Esteban lo que pasó para que les informe a los paramédicos —quienes están en altavoz— y estar pendiente de mi esposa.

Le acaricio los nudillos con desesperación rogando a Dios para que despierte. Le retiro suavemente los mechones de cabello miel que se le pegan a cada rato debido al sudor helado que le corre por la frente y le hablo al oído, diciéndole algo que jamás pensé que saldría nuevamente de la boca de un hombre como yo:

—Abre los ojos, bonita... Por favor, Isabella. No me hagas esto. Despierta para mí, nena…




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