Hasta que aprendas a rogar

7. No me vas a tocar

ISABELLA

Los brazos de Mateo alrededor de mí. Esa es la última sensación que recuerdo haber sentido antes de desmayarme.

Pese a tener los ojos cerrados, podía oír su voz desesperada, aunque distorsionada, llamándome a lo lejos. No me acuerdo de nada más; ni siquiera de cuando me cargó apoyándome contra su pecho para llevarme fuera del apartamento ni de cuando me subió al auto blindado que lo esperaba —me consta que lo hizo, porque de lo contrario yo no estaría aquí— para traerme hasta el hospital.

No tengo ni idea de cuántos minutos pasaron desde que me desmayé hasta eso. Lo primero que vi al despertar fue a un médico de rostro amable y a una enfermera de manos cariñosas atendiéndome.

—Señorita Isabella, ¿puede oírme? —La voz cálida del doctor me fue trayendo lentamente de vuelta a la conciencia.

Cuando abrí del todo los ojos, el doctor me sonrió y apretó la mano que me sostenía:

—Qué bueno que haya despertado. Soy el doctor Wilson Martínez. ¿Sabe qué día es hoy?

Asentí lentamente. Todavía me daba vueltas la cabeza, pero al menos ya no sentía náuseas.

—Hoy es… 29 de septiembre —recuerdo haber murmurado con la voz algo ronca. Me llevé la mano a la garganta, sintiéndola seca debido a la sed.

—Muy bien, señorita —la enfermera me sonrió amablemente—. Ya te traigo agua, tranquila. Me llamo Sandra Aparicio, jefa del equipo de enfermería. Voy a revisar tus reflejos para asegurarme de que todo esté bien, ¿de acuerdo? Aprieta mi mano si comprendes lo que te estoy diciendo.

Y efectivamente lo hice.

—Eso es. Tienes buenos reflejos, Isabella. Ahora, sabemos que sufriste un desmayo, pero queremos estar al tanto de si tienes alguna enfermedad, si sufres de alguna alergia, si eres alérgica a algún medicamento o antibiótico, qué síntomas tuviste antes del mareo…

Pasé los siguientes minutos respondiendo sus preguntas y contándoles sobre mis síntomas mientras bebía despacio un vaso de agua que me trajo otra enfermera, quien se identificó como Silvia. Les hablé sobre las náuseas y vómitos constantes que no me dejaban comer, el mareo y, especialmente, les revelé que me había realizado tres pruebas de embarazo que dieron positivo.

El médico y el grupo de enfermeros me tomaron muestras de sangre y de orina para asegurarse. Una vez me entregaron los resultados, terminaron de confirmar lo que yo ya sabía en mi interior: oficialmente estoy esperando un bebé.

Aunque esté creciendo en mi vientre en un momento complejo de mi vida, sé muy bien que los planes de Dios son perfectos y por algo decidió enviarlo al mundo justo cuando las cosas entre mi esposo y yo están tan tensas.

Y hablando del susodicho, ha entrado apenas el médico le dio la noticia de mi embarazo, sin siquiera preguntarme cómo me siento o si quiero algo. Tan desconsiderado como siempre; pero en fin, así es él, solo piensa en sí mismo.

Ni modo.

Lo que me resultó inquietante tras su entrada furibunda no fue su mirada cargada de dolor y enojo posándose sobre mí, tampoco el ver sus zapatos vueltos nada al mirar hacia abajo… Sí, al parecer le cayó mi propio vómito encima antes de desmayarme. ¿Pero quién lo mandó a estar en mi camino cuando me incliné para devolverlo todo? Absolutamente nadie: él solito se lo buscó. Que vea cómo los va a limpiar, porque dudo que alguna de las muchachas del servicio lo haga; están asquerosos y cualquiera que los ve siente arcadas. Ah, y claro, como a Mateo no le gusta que nadie lave sus zapatos sino únicamente yo, aquí la sirvienta lavazapatos se le acabó; que vea él cómo va a resolver eso.

Lo cierto es que no es ni lo uno ni lo otro lo que me inquieta, sino la amenaza que acaba de soltarme cuando le dije que el divorcio seguía en pie y que el embarazo no cambiaba nada.

«Vas a tener que matarme para liberarte de mí».

Las palabras de Mateo siguen flotando en el aire enrarecido de la habitación del hospital, helándome la sangre y haciendo que una ola de indignación se apodere de mí.

¿Matarlo? ¡Este tipo está loco! Es que vamos, puedo ser una futura madre, está bien, estoy embarazada y tengo las hormonas revolucionadas, pero no mataría al padre de mi hijo por más que fuese un mal esposo. Qué exagerado.

Sacudo la cabeza ligeramente, en parte para asentirle a mi conciencia y también para intentar quitarme la sensación de frialdad que Mateo, con esa sentencia suya, acaba de transmitirme.

Él sigue inclinado sobre mi cama, manteniendo su cuerpo imponente a escasos centímetros del mío, con las manos apoyadas con firmeza a los lados de mi torso, acorralándome sobre la sábana blanca. Su aliento cálido, ligeramente impregnado del café amargo que seguro bebió mientras esperaba afuera, me roza las mejillas.

Puedo sentir la vibración de su pecho con cada respiración, sus hombros tensos y ese perfume amaderado con notas de cuero que durante dos años fue mi refugio seguro... y que ahora, sin embargo, se siente como el aroma de la cárcel.

Llevo la mano libre nuevamente sobre mi vientre de forma instintiva y protectora —la que no está canalizada por la vía intravenosa, por supuesto—, en un gesto desesperado por cubrir esa pequeña vida que apenas empieza a formarse en mi interior. Sé que en este momento apenas es una chispa microscópica, pero es mía.

Respiro profundamente y miro a Mateo, quien sigue inclinado sobre mí, paciente, atento a mi reacción ante sus palabras para ver qué le digo. Pero si esperaba que fuese sumisa y le dijese: «Ay sí, mi amor, tienes razón, permanezcamos juntos por el bebé y retiraré la demanda de divorcio», está completa y absolutamente equivocado.

¡Buena esa, guerrera! Choca esos cinco.

Es que así tengo que ser: inflexible. Si me vuelvo a mostrar sumisa, él hará conmigo lo que le dé la gana.

Total.

—No voy a discutir contigo en una habitación de hospital, Mateo —suelto con firmeza tras un tenso silencio entre nosotros que duró cerca de dos minutos, forzando a mi voz a sonar con la mayor entereza posible, aunque por dentro mi corazón parezca una mariposa atrapada en una red de acero debido a la posibilidad de perder a mi bebé en sus manos, algo que definitivamente no le permitiré—. Aquí las paredes tienen oídos y tú lo sabes. Además, el médico fue muy claro al decir que necesito reposo absoluto. Así que hazte a un lado y dame espacio para respirar.




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