Hasta que aprendas a rogar

8. Dormir sin ti

MATEO

El sonido rítmico de la lluvia chocando contra los enormes ventanales de la residencia de la colina es lo único que rompe el silencio sofocante de esta casa.

Hoy —o mejor dicho, ayer—, luego de que le diesen el alta a mi esposa alrededor de las ocho de la mañana, la conduje hasta este lugar. Contraté una enfermera por si algo se presentaba y un cocinero exclusivo para atender sus necesidades nutricionales, tal como le advertí que haría.

El viaje hacia acá fue silencioso, la verdad sea dicha. Más allá de dirigirme algunas frases sobre lo bello que se veía el paisaje —decorado con unas cuantas nubes bajas— o pedirme agua, el silencio durante gran parte del trayecto fue casi absoluto. Tanto es así que tuve que poner música para llenarlo, porque sentía que me iba a volver loco.

La veía distraída con su celular, seguramente escribiéndose con Sofía —quien quedó muy preocupada luego de que no la volviese a llamar— o con sus padres, quienes sabían que ella estaba embarazada antes que yo.

Cuando llegamos me fui a trabajar por el resto del día y dejé al personal de la residencia instruido para que cumpliesen sus requerimientos y me llamasen si algo surgía. Al parecer no pasó mayor novedad durante mi ausencia.

En este instante son las dos y catorce de la mañana. Llevo más de cuarenta minutos de pie en la penumbra del pasillo del segundo piso, justo frente a la puerta cerrada del dormitorio principal.

Sostengo una taza de té de manzanilla tibio en la mano derecha, preparado por el chef siguiendo al pie de la letra las instrucciones nutricionales que el especialista le recetó a Isabella para controlar las náuseas, por si estas escalaran hasta ser nocturnas.

No debería dar tantas vueltas estando aquí parado; solo llamar a la puerta y ya. Pero algo me detiene.

Exasperado, y con los talones doliéndome pese a estar posados sobre la suave alfombra, doy un paso al frente. Mi sombra se proyecta sobre la madera oscura de la puerta. Acerco la mano izquierda, extiendo los dedos y me quedo a milímetros de tocar el picaporte de bronce.

«Primera regla: dormitorios separados. No vas a cruzar la puerta de mi habitación sin mi permiso explícito».

La voz de Isabella cuando me dijo esas palabras en la habitación de la clínica retumba en mi mente con una claridad pasmosa, frenándome en seco.

Esto es absurdo. ¡Estoy en mi propia casa! ¿Por qué no puedo hacer algo tan simple como romper su tonta regla?

Sencillo: porque aún te importa y no quieres que se enoje contigo más de lo que ya lo está.

Sacudo la cabeza, irritado, y bajo la vista hacia mis pies por un instante. Mis zapatos de cuero italiano —los mismos que siempre llevaban un brillo impecable gracias a las manos dedicadas de Isabella cuando intentaba agradarme en nuestros primeros meses de matrimonio— terminaron en el contenedor de basura de la clínica apenas me fui para procesar sus condiciones.

El vómito de su mareo los destruyó. La sola idea de que ella ni siquiera se inmutó al respecto me aprieta el pecho con una punzada de rabia y vergüenza. La mujer que antes se desvivía por atender mis mínimos detalles, hoy no me dedicaría ni una mirada de compasión si me estuviera ahogando.

¡Qué exagerado! Puede mostrarse fría ahora, pero insensible no es; no como tú, al menos.

No soy exagerado, soy realista. Si me muero, a ella ni le haría cosquillas.

¿De verdad piensas así? Reconócelo: estás proyectando tus propios defectos en alguien que es mil veces más consciente y empática que tú.

No le respondo nada a mi conciencia; opto por quedarme en silencio. En parte sé que tiene razón, pero mi bendito orgullo no me permite ceder y admitir que lo que ha dicho es verdad.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que empiezo a sentir un agudo dolor en los dientes. Esto es increíble. En mi propia casa, la residencia que compré y mandé a remodelar con mi dinero para que fuera nuestro refugio privado, me encuentro parado en la oscuridad como si fuera un vulgar intruso, dudando si tengo el derecho de abrir una maldita puerta.

Sí, es inaudito. Jamás en mis treinta y cinco años de vida me he sentido tan ridículo. Tan jodidamente impotente.

Es tu culpa, viejo, admítelo.

No. Mi culpa no fue.

¿Ah, no?

Para nada.

¿Por qué te empeñas en no reconocer tus propios errores?

¡He dicho que mi culpa no fue!

¿Y entonces, según tú, de quién fue?

Silencio mental, de nuevo. No sé dar respuesta a eso, pero sé que el distanciamiento de Isabella para conmigo no es culpa mía.

Uy, sí, cómo no. Iluso, sigue creyéndotelo.

Ignorando tercamente a mi conciencia, miro la pantalla de mi teléfono. La tentación de enviarle un mensaje por iMessage —cumpliendo al pie de la letra con su estúpida norma de comunicación escrita— me quema los dedos.

«Hola. Te traje el té. Ábreme», escribo en la barra de texto. No conforme, lo borro.

«Buenas noches, Isabella. Necesito saber si la vía intravenosa te dejó con alguna molestia en el brazo».

Lo vuelvo a borrar, sintiendo que cada palabra me hace sonar desesperado, como un subordinado pidiendo audiencia ante la junta directiva.

Suelto un suspiro amargo que se convierte en un vapor denso en la frialdad del pasillo y doy media vuelta, disponiéndome a caminar hacia la habitación de huéspedes al fondo del corredor del ala este, el lugar donde he tenido que instalarme para cumplir con sus exigencias.

Tras bajar las escaleras y cruzar el pasillo chocando con las paredes en medio de la oscuridad —sin molestarme en prender las luces o encender la linterna de mi móvil—, abro la puerta de mi habitación de par en par.

Dejo la taza intacta sobre la mesa de noche, retiro el reloj de mi muñeca y lo dejo caer sin cuidado sobre el tocador. Me quito el saco del traje de tres piezas y lo tiro sobre un sillón sin importarme si se arruga. A estas alturas todo me da igual.




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