Hasta que aprendas a rogar

9. La que decide soy yo

ISABELLA

Ajusto la cobija más gruesa que me cubre sobre mis hombros mientras observo el reflejo de la lluvia golpeando con furia contra los enormes ventanales del dormitorio principal.

Son más de las dos de la mañana; casi las tres, para ser más específica.

Sé perfectamente que debería estar durmiendo; el médico fue enfático con la necesidad de descansar para evitar que los niveles de estrés afecten al bebé durante el primer trimestre de gestación. Pero el silencio de esta mansión es abrumador, realmente asfixiante, y eso que he encendido la tele a bajo volumen.

¿Es el silencio lo que te inquieta o es la soledad que sientes al estar en esta enorme cama tú sola?

A decir verdad no sé qué respuesta darle a mi conciencia. Soledad no creo que sea: en estos días, desde que le devolví el anillo a Mateo y me fui, he dormido de lo más feliz sin él. Además, silencio total no hay, al menos no con la tele encendida.

Probablemente se deba al embarazo, no lo sé.

Están pasando una película, pero ni estoy prestando atención realmente; tan solo sé que se trata de una mamá que busca a su hijo secuestrado.

Suspiro, cansada pero incapaz de ponerme cómoda, no sé muy bien por qué. Llevo un buen rato despierta, recostada entre una montaña de almohadas suaves que conservan el olor dulce de la ropa de cama recién lavada, sintiendo cómo mi cuerpo intenta adaptarse a la tranquilidad forzada del sitio.

No me malentiendan, amo este lugar; pero hoy, estar aquí se siente raro, distinto. Quizás se deba a que ahora no estoy durmiendo con Mateo en esta cama, sino yo sola y con una nueva vida creciendo en mi interior.

Sí, suena ridículo; pero esta soledad, aunque me genera alivio al no tener que aguantarme su frialdad y apatía, es nueva para mí.

Despacio, deslizo una de mis manos por debajo de la tela ligera de mi pijama hasta posarla sobre mi vientre, acariciando el lugar donde sé que está creciendo mi bebé.

Aquí estamos, chiquito. En la jaula de oro de tu papá.

Sí, pero esta vez con la puerta cerrada con llave y las reglas puestas por nosotros. Es decir, tú, yo y el bebé.

Eso jamás hay que olvidarlo. Ni un paso atrás.

Una sonrisa leve y melancólica se dibuja en mis labios en medio de la penumbra. Estiro el brazo hacia la mesita de noche para tomar el teléfono, pero sin jalarlo demasiado hacia mí, pues lo tengo conectado al cargador.

La pantalla me ilumina el rostro, mostrando una ráfaga de notificaciones acumuladas. Tengo tres audios de Sofía, con quien he estado hablando y escribiéndome desde anteayer por la noche, porque la pobre me llamó casi a las nueve, preocupada debido a que no volvió a saber de mí desde el altercado en su apartamento antes de mi desmayo. Tan bella. Me pregunta si comí algo, si no he tenido más náuseas y si estoy cómoda.

También leo por encima un par de mensajes de mi madre, quien me pregunta cómo me he sentido desde que llegué a este lugar y si me han tratado bien.

La verdad no me quejo: el trato que me ha dado el personal ha sido maravilloso. Conocí al cocinero, un joven llamado Juan José —primo de María José, qué casualidad—, a quien Mateo conoce prácticamente desde la infancia. Tiene un talentazo enorme, le encanta el arte culinario y lo ha demostrado en cada plato con el que me consintió ayer.

Cuando llegué me preparó un sándwich de jamón de pavo, una delicia; y de almuerzo me dio un puré de papas con cerdo a la plancha. De cena hizo algo ligero para mi estómago: una sopa de verduras con pollo asado en salsa de ajo y limonada. Definitivamente creo que este jovenzuelo —que a lo sumo tiene poco más de treinta años— será mi cómplice cuando me lleguen los antojos de embarazada.

Además de conocerlo a él, también conocí al resto del personal. Por ejemplo, al equipo de seguridad que Mateo me asignó: militares de su entera confianza con más de tres décadas de experiencia. Aunque no hablé mucho con ellos, parecen ser bastante amables. Las muchachas del servicio son muy atentas y dulces —sé que se llaman Lola, Nuris y Ligia— y me permitieron ayudarles a doblar la ropa, por lo menos para hacer algo.

El resto del día de ayer, luego de llegar aquí y de que Mateo se fuera sin siquiera despedirse de mí, me la pasé viendo la tele, trabajando desde mi computadora con algunos expedientes que me envió Rodrigo desde la oficina, viendo videos en redes sociales, leyendo, en llamada con Sofía, con mis padres o con mi hermana Anabella y, claro, con María José, quien se encargó de redactar mientras hablábamos el documento que solicitaba la suspensión temporal del divorcio.

Así que, para estar aquí en reposo, aislada del mundo literalmente, la verdad me ha ido bastante bien, y eso que apenas fue el primer día.

Eso sí, Mateo no se molestó en llamar para saber cómo estaba… Típico de él, ya estoy acostumbrada.

Saliendo de mis reflexiones, le respondo primero a Sofía en un audio, hablándole en voz baja, aunque ni hay necesidad de hacer eso: resulta que este dormitorio tiene paredes antiruido, lo que significa que si alguien habla aquí dentro, los de afuera no pueden oír. Gracias a Dios, más privacidad para mí.

—Sofi, holi, reina. Tú disculpa la hora, pero recién escucho tus audios. No, gracias a Dios las náuseas no han vuelto y sí, comí. Juan José me preparó una cena deliciosa. Deberías probar sus platos, son absolutamente exquisitos. Voy a descansar un poco, nena, porque no me he podido dormir. Te quiero, dulces sueños.

Al enviar el audio me desplazo hasta el chat de mi mamá y procedo a contestarle:

—Mamá, no te asustes si te respondo a esta hora. Sigo despierta, pero te quería responder antes de irme a dormir. Me he sentido bien, la sopa que hizo Juanjo le sentó bien a mi estómago y también al bebé; espero le haya gustado. Me han tratado divinamente; siéndote sincera, no tengo queja. Salúdame a papá, los quiero.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.