MATEO
Bogotá hoy amaneció a unos agradables dieciocho grados, pero yo siento que me estoy asfixiando.
Me late la cabeza y, tras cuatro días sin dormir, siento cómo la falta de sueño me está pasando factura. Anoche no dormí absolutamente nada: me la pasé dando vueltas en la cama, mirando mi celular y viendo la televisión a ver si me arrullaba, pero al final decidí que lo mejor era levantarme para irme temprano. Así tendría algo que hacer.
De modo que antes de las cinco de la mañana me levanté, volví a ducharme, me preparé café, desayuné algo de fruta con huevos sancochados y salí de la mansión rumbo a la torre Castillo para iniciar mi jornada laboral. No sin antes dejar avisada a Clara mediante WhatsApp sobre lo que necesitaba mi esposa y lo que tenía que saber.
Ahora, sentado en mi oficina, tengo sobre mi escritorio tres informes financieros pendientes de firma recién impresos, una llamada en espera con algunos inversionistas estadounidenses reflejándose en mi portátil y la pantalla de mi iPhone iluminada con el texto que me acaba de enviar Isabella como contestación a la nota que le dejé.
Por más que quiero no logro apartar la vista de lo que dice; llevo ya exactamente diez minutos repasando una y otra vez lo mismo:
«Mensaje recibido, Mateo. Clara es muy amable. Recuerda que la suspensión del divorcio es únicamente temporal; no ha dejado de existir el proceso como tal. Por favor, no te molestes en enviar flores ni notas más adelante, porque aunque no lo hagas ahora, sé que lo querrás hacer a futuro para intentar conquistarme. Pero hasta no ver cambios en ti por lo menos, no te creeré nada. Nos comunicamos por este medio si surge algo respecto al bebé».
Leo el texto como por quincuagésima vez consecutiva, tratando de asimilar la frialdad que hay en sus palabras, pero me es sumamente difícil. Ella no era así de fría conmigo; por lo general siempre fue muy dulce, pero ahora parece un témpano de hielo. Ni un «cariño, ¿cómo amaneciste?» o un «buenos días, cielo». Absolutamente nada.
Esto, más que un mensaje, parece un correo judicial redactado para un completo desconocido en lugar de estar dirigido al padre de su hijo.
¿«Nos comunicamos por este medio si surge algo respecto al bebé»? ¡Es mi esposa, por un demonio!
Sí, claro, hipócrita. Es tu esposa y también la madre de tu hijo, aquella mujer a quien obligaste a vivir en tu casa bajo amenaza de hospitalización. ¿Qué esperabas, un mensaje con corazones? No puedes recibir lo que quieres si tú mismo no lo sabes dar.
Y ahí está esa vocecita interna mía de nuevo. Qué impertinencia la suya.
Completamente hastiado, giro mi silla hacia el ventanal desde donde puedo ver la ciudad y aprieto los dientes con rabia. Mi propia conciencia se ha convertido en un rival insoportable desde anoche; pero, para mi fastidio, tiene razón.
No saludé a Isabella en aquella nota que le dejé —nunca lo hice desde que nos casamos, o bueno, ocasionalmente sí—, pero no puedo esperar un saludo suyo si yo mismo no se lo di. No obstante, una parte de mí —la que estuvo malacostumbrada a su cariño constante durante dos años— quiere reclamarle, preguntarle por qué no me dio los buenos días o exigirle que me explique el motivo por el cual no me preguntó cómo estaba yo. Pero sé perfectamente que no puedo.
Sin embargo, el saberlo no significa admitirlo, porque son dos cosas muy distintas; y mi orgullo definitivamente aún se niega a ceder.
Doy un suspiro, apoyando la frente en mi mano libre mientras vuelvo a leer el mensaje de mi esposa, que parece reflejarse en la pantalla de mi iPhone de tal manera que por un momento juro que se está burlando de mí.
Yo sí creo que, si ese mensaje tuviera la capacidad de hablar, se estaría riendo de ti en este instante. Admítelo: con tan solo unas cuantas palabras te mandó a volar.
No me mandó a volar; al menos respondió. Y lo hizo porque es mi esposa. Sí, está enojada y quizá por eso fue tan fría, pero todavía me ama. Además, escribirme una contestación es su obligación como mi mujer.
Sé que a lo mejor no debería haber pensado eso —mi alma me lo dice—, pero ya qué; lo hice y así lo siento de todos modos. Isabella, por ser mi esposa, tiene deberes para conmigo, le guste a ella o no.
Sigue engañándote. Te respondió porque ella es educada, no tanto porque sea tu mujer. También permíteme decirte que tú, a estas alturas y por como va la cosa, estás perdiendo puntos… No puedes esperar sumisión de alguien con quien has sido indiferente casi todo el tiempo. Te recordó lo de las flores y demás porque te conoce y sabe que eres así cuando nada sale como tú quieres.
Suelto un gruñido bajo y tiro el teléfono sobre el escritorio, haciendo que casi se caiga al suelo; pero lo atrapo antes de que alcance a resbalarse por el borde de la madera.
Me niego a creer todas las porquerías que dice mi conciencia, porque no son verdad. Isabella es mi mujer, no importa lo que ella diga al respecto para contradecirlo, y por lo tanto me debe respeto. Si yo digo que me respondió porque todavía me ama, es debido a que así es.
En ese momento un jadeo proveniente del otro lado de la oficina hace que alce la vista. Puedo ver a Tatiana, mi secretaria, leyendo por encima un documento; pero al darse cuenta de que la estoy mirando, entrecierra la tapa de la portátil en la que estaba trabajando y, luego de unos toques rápidos en el iPad laboral que le di, se levanta acercándose a mí.
¿Qué es tan importante para que dejara de trabajar así de golpe?
—Señor Castillo, aquí está el documento sellado por el juzgado —dice ella, dejando el dispositivo con dicho archivo frente a mí—. La suspensión del proceso de divorcio ya es oficial. El expediente queda congelado de momento, al menos hasta que nazca el bebé. Si lo prefiere, léalo usted mismo.
¿Tan rápido?
Me sorprende que lo hayan autorizado tan de prisa considerando que la solicitud recién se envió ayer; pero supongo que seguramente María José, o quizás el propio Rodrigo, conocen al juez o la jueza de familia que lleva el caso. No lo sé, y tampoco me importa leerlo realmente: solo me interesa saber que seguimos legalmente casados.
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Editado: 11.10.2026