Hasta que aprendas a rogar

11. Inténtalo si quieres

ISABELLA

Vean a este, ¡invitándome a cenar! O bueno, más bien dándome a elegir si bajar o no. Qué romántico.

Debo admitirlo, querida: está tratando de hacer un acercamiento contigo, aunque yo esperaba que fuese más cortés con ese mensaje.

Qué va.

A estas alturas la verdad es que a mí la descortesía y falta de modales y tacto de Mateo ya no me duelen; pero sí me extrañan muchísimo. Él no era así. Francamente no entiendo qué hice yo o, más bien, qué le hicieron a él para que en estos dos años cambiara tanto conmigo, su propia esposa.

¿No creerás que lo hayan embrujado, verdad?

La pregunta de mi yo interno me deja pensando, pero no se me ocurre quién querría romper nuestro matrimonio. Aunque, como Mateo tiene tanto dinero, habría que analizar esa interrogante con una lupa. Por desgracia hay mucha gente mala en este mundo; quizá algún envidioso lo hizo adicto al trabajo o él mismo lo buscó, y por eso se volvió tan frío conmigo, me descuidó y luego pasó lo que pasó… No sé exactamente si fue eso o si alguien le echó alguna porquería a nuestro matrimonio para que yo me acabara cansando de él, ni idea.

Lo cierto es que, sea lo que sea que haya sido la causa del enfriamiento de nuestra relación, logró su objetivo… En fin, voy a retomar mi libro, porque ya lo roto, roto está.

Con eso en mente, y dejando de lado los pensamientos sobre los cambios bruscos en la personalidad de mi marido, intento retomar mi lectura mientras de reojo observo el iPhone que he dejado apoyado sobre la mesita de teca del balcón. Con la pantalla bloqueada, ahí sigue el mensaje de Mateo en visto, sin que me moleste en responderle de forma inmediata.

Me recuesto contra el espaldar de la silla contemplando el horizonte, con el libro sobre mi regazo. Observo fascinada cómo el sol termina de ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de un tono violeta oscuro. Y si miro bien, puedo atisbar la hermosa Bogotá a lo lejos.

Suspiro, echando la cabeza hacia atrás y dejando que las ondas de mi cabello se revuelvan ligeramente por el movimiento.

Sé perfectamente que Mateo está parado en el pasillo, oculto en las sombras al otro lado de la puerta entreabierta de mi habitación. Puedo sentir su presencia sin siquiera verlo. Percibo su aura, esa energía suya que antes me parecía dulce, llena de amor a raudales por mí, tan gentil como una caricia de las olas del mar; pero que ahora me resulta pesada, despidiendo autoridad con solo estar cerca. Es más notable cuando llevas con él más de cinco minutos en un mismo espacio.

Es irónico: yo, cuando más lo quiero tener lejos, Dios me lo quiere poner cerca.

Para que te fijes, cariño.

Ahora encima Mateo quiere que baje a cenar con él al comedor. Cree que con darme la opción me está otorgando libertad.

Yo te diría que bajaras. Es mejor, porque si te quedas comiendo sola aquí arriba parecerá que le tienes miedo o que te estás escondiendo. En cambio, si bajas le demuestras que no te afecta estar en el mismo sitio que él.

Mi conciencia tiene toda la razón. A fin de cuentas no tengo necesidad de esconderme de mi propio marido; sería inmaduro de mi parte, más aún si fui yo quien le impuso condiciones para quedarse aquí. Y que conste: solo lo hice por el bebé.

Tomaré tu consejo, porque cierto es que la reina —o sea yo— no se esconde en su entrecomillas castillo temporal. Al contrario, camina por él libremente sin dejarse intimidar por nada ni nadie, manteniendo la cabeza elevada, como debe ser. Quién dijo miedo.

Tú lo has dicho, nena. De una, ve a ello.

Con mi decisión tomada, agarro de nuevo el móvil, abro el chat de iMessage y redacto una respuesta para él. O bueno, mediana, porque del todo breve no es:

«Hola se dice por lo menos, Mateo. Gracias, bajaré a cenar; no quiero comer aquí encerrada. Pero te agradezco que tengas, por lo menos, la amabilidad de abstenerte de hablar de trabajo mientras comemos. Ya sabes: sin interrupciones por asuntos laborales ni nada que tenga que ver con el Grupo Castillo.»

Sé que estoy siendo muy dura y, quizá, demasiado exigente con él al pedirle no hablar de trabajo; pero yo acabo de salir de mi propia jornada laboral apenas vino el doctor Martínez a verme a las cinco —me fue muy bien en el control, gracias a Dios—, y lo último que quiero es saber de asuntos laborales por lo que queda de día. O más bien de noche, pues ya ha empezado a asomarse.

Una luna preciosa se alza en el cielo, rodeada de miles y millones de estrellas que titilan con una belleza tal que, amante de la astronomía como soy, podría quedarme contemplándolas durante horas. Pero soy consciente de que mi bebé no tardará en pedir comida. Es pequeño, apenas está en pleno desarrollo y crecimiento; pero el dicho de que una embarazada come por dos —o más, cuando es parto múltiple— es totalmente cierto en mi caso.

Hoy, mientras trabajaba gran parte del día, le pedí a Juan José dos meriendas: una ensalada de frutas por la mañana, como a las once, y en el transcurso de la tarde, alrededor de las tres y media, unas galletas de nueces que él hace —muy ricas, por cierto— acompañadas de un delicioso y nutritivo batido de banano.

Tras asegurarme de que he redactado bien el texto para Mateo, finalmente le doy a enviar.

Puedo oír a lo lejos el sonido con la notificación de su teléfono cuando le llega mi mensaje, seguido de sus pasos cada vez más distantes, aumentando de velocidad a medida que sigue su camino por el corredor.

Oyéndolo irse, una sonrisa que no puedo evitar —carente de toda calidez posible y absolutamente fría— tira de mis labios. Es un gesto involuntario, pero tiene su explicación. Y es muy simple: si tengo que ser honesta, me divierte ver cómo mi esposo me espía entre las sombras, creyendo que yo no me he dado cuenta de ello; o si sabe que yo lo sé, parece querer que lo sepa. Sea cual fuere la opción, no lo sé con seguridad.




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