MATEO
Se fue. De nuevo a encerrarse…
El eco de sus pasos subiendo por los escalones se extingue en la penumbra del segundo piso, dejándome a mí de pie, completamente solo en medio de este comedor ridículamente enorme.
Aturdido, miro la silla vacía al otro extremo de la mesa. Sobre la superficie acristalada, la servilleta de tela de Isabella yace arrugada junto a su plato de porcelana, la taza donde le habían servido su caldo —ambos completamente vacíos— y su vaso de jugo, también sin líquido. Todo está ordenado, exactamente en el lugar donde dejó marcada su postura hace tan solo unos momentos.
Sigue pareciéndome increíble, pero no pestañeó cuando soltó su torrente de dolor contra mí. Me lo dijo todo sin que le temblase la voz un solo instante: no hubo vacilación alguna en sus palabras, únicamente una firmeza implacable, fría y sin anestesia.
Pero si soy honesto conmigo mismo, me lo tengo muy bien merecido. No puedo negar que he sido negligente con ella, especialmente porque al recordar lo último que me dijo siento que me atraviesa el alma cada que lo hago:
«Ese hombre que tanto necesito de vuelta en mi vida ya se murió, y en ti no hay ni rastro de él».
La frase se repite una y otra vez en mi mente, como si hubiera sido una sentencia de imputación de cargos dirigida por un juez de esos que ni con toda la plata del mundo se pueden comprar, a quienes no les cambia la voz ni siquiera cuando están dando un veredicto.
Por más que me esfuerzo en ignorarla, la frase se me cuela por los oídos y me perfora el pecho como si fuera una daga, hiriéndome el alma y dejándome con una sensación horrible en la garganta. Se me cierra el pecho y la bilis me empieza a subir desde la boca del estómago.
Me estoy sintiendo mal. No a tal punto de querer vomitar, pero la rabia ha sido sustituida por el dolor y la humillación debido a las palabras que salieron hace apenas unos minutos de la boca de mi esposa.
Aunque sé que tiene razón y que he sido un idiota, una parte de mí quiere negarse a ceder; pero mi lado temeroso de perderla está temblando de solo imaginar ese escenario: un mundo lleno de dinero y lujos, estando rodeado de gente importante, pero sin ella presente en mi día a día.
Al dejarme solo, yéndose a quién sabe dónde con el bebé y seguramente restringiéndome el contacto con mi hijo, Isabella probablemente me olvidaría. Se iría para rehacer su vida con otro hombre, y yo… No, basta.
He dicho que no se llevará a mi primogénito —el heredero de toda mi fortuna— a ningún lado. Pero tampoco puedo forzarla a quedarse junto a mí contra su voluntad: eso sería secuestrarla y me metería en un tremendo lío, además de que mi reputación de magnate caería por los suelos.
Amenazarla con quitarle el bebé se veía fácil, pero ahora empieza a parecerme un plan demasiado cruel. Yo mismo tengo una madre a la que amo con toda mi alma, y aunque casi no la veo ni hablamos por teléfono todos los días, sé que si a mí me llega a pasar algo ella estaría más que dispuesta a dar su vida por mí sin titubear. E Isabella, con este bebé, sería capaz de hacer lo mismo; no me cabe la menor duda.
Además, pensándolo bien, si la amenazo lo que conseguiré es que ella se vaya bien lejos de mí… Dios mío.
Por favor, líbrame de que eso pase, Señor…
Completamente contrariado e inquieto ante la posibilidad de perderlos a ambos, aprieto las manos contra la fina madera de roble por debajo de la mesa con tanta fuerza que siento los nudillos a punto de estallarme.
¿Viste? Por andar haciendo planes maquiavélicos de amenazarla con quitarle el bebé apenas naciese si se iba, ahí tienes tu respuesta. Sin ella saberlo, y quizá por voluntad de Dios, te dieron una buena reprimenda. Te lo dijo de frente y sin rodeos, Castillo. Resulta bastante obvio que ella no bajó a cenar para buscar un acercamiento contigo ni tampoco dispuesta a firmar una tregua; vino, literalmente, a marcar sus límites y a dejarte bien clarito que ya no le importas como antes. Mucho menos si sigues así de frío.
Que diga lo que quiera —le respondo en silencio a esa maldita voz en mi cabeza, apretando los dientes hasta que la mandíbula me duele—. Esta es mi casa, y mientras estemos viviendo aquí no voy a dejar que mi mujer dé por muerto algo que todavía se puede salvar.
Uy, sí. Cómo no. Sigue creyéndote tu propio engaño mientras duermes solo en la habitación de huéspedes, contemplando cómo el fantasma de tu matrimonio se evapora delante de tus propios ojos.
Un gruñido de frustración e impotencia se me escapa sin que pueda evitarlo. Alzo ligeramente la mano y le hago una seña brusca a Ligia y a Nuris para avisarles que ya pueden venir a retirar los platos de la mesa.
Ellas, que justo vienen de la cocina, se miran nerviosamente por un instante; pero luego asienten y obedecen en silencio, sin hacer ningún comentario sobre lo que pasó. Me consta que lo oyeron todo, pero no se atreven a opinar: solo cumplen con mi orden y retiran los platos, vasos, servilletas y cubiertos a toda prisa antes de desaparecer hacia la cocina, donde Juan José termina de lavar algunas ollas.
Tienen prudencia, lo sé. Ellas —y todo el personal en general— saben perfectamente cuándo el ambiente en esta casa se vuelve incómodo. También conocen mi humor y son conscientes de que ahora estoy de malas.
Suspiro, con el cansancio y el malestar mezclándose.
Algo cabizbajo, salgo de la estancia y me encamino con pesadumbre hacia mi estudio, ubicado en este mismo piso. Necesito enfocarme. No sé qué hacer con todas estas emociones que me dominan ahora, pero tengo que distraerme con lo que sea. Quiero entrar en mi zona de confort para huir de mis pensamientos.
Debo revisar balances trimestrales, firmar la reestructuración de la junta en Barranquilla que me envió Tatiana o analizar los informes del Grupo Castillo; cualquier cosa que obligue a mi cerebro a ocuparse y lo aleje del doloroso pensamiento de que la mujer que lleva a mi hijo en su vientre me mira como si fuera un total desconocido. Como si a quien tiene delante fuese un alma en pena que poco a poco se pierde a sí misma.
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Editado: 11.10.2026