Hasta que aprendas a rogar

13. Apenas un fantasma

ISABELLA

El silencio de la suite principal me recibe como un abrazo cálido en cuanto la puerta de madera maciza se cierra a mis espaldas, dejando fuera la atmósfera incómoda y cargada de tensión que se respiraba en el comedor.

—Al fin estoy lejos de esa pesadez… gracias a Dios.

Suelto un suspiro de alivio y me apoyo un instante contra una de las columnas cerca de la entrada, llevándome una de las manos al pecho para sentir el ritmo acelerado de mi corazón.

Respiro profundamente, tratando de calmar mis propios latidos, y entro al baño un momento para lavarme la cara con agua helada. En parte para serenarme, pero también porque estoy sintiendo náuseas y me niego rotundamente a vomitar ahora, no cuando la cena estaba tan deliciosa.

Por suerte, tras un par de minutos, el haberme enjuagado el rostro parece aliviarme. Mientras me apoyo contra el frío cristal del lavamanos alzo la mirada para encontrarme con mi reflejo en el espejo. Debo reconocer que, gracias al personal que mi esposo ha dispuesto para mí, ya he recuperado algo de color en las mejillas y no me veo tan pálida como lucía hace un par de días.

Tras eso me seco por fin el rostro, apago la luz y salgo del baño de vuelta a la habitación. Mi corazón ya no está errático como antes —a lo mejor sea porque estoy más tranquila—, y es que la adrenalina que se me disparó al soltarle ese discurso a Mateo fue tremenda.

Creo que fui un poco dura con él, quizá demasiado; pero se lo merece por haber sido tan miserable conmigo durante estos dos años de matrimonio. Que sí, me daba viajes y todo, pero le faltó darme lo más importante en una relación que se mantiene con el paso del tiempo, contra viento y marea: amor y atención de calidad.

De todos modos, si le gustó o no le agradó lo que le dije ya es problema suyo.

—Lo hiciste muy bien, Isa —me susurro a mí misma en la penumbra de la habitación, forzando a mis hombros a relajarse.

No voy a negar que enfrentarlo cara a cara, sostenerle la mirada y cantarle las verdades sin que la voz me temblara me exigió una cantidad enorme de energía. Durante dos años fui la esposa dulce, paciente y dócil que se amoldaba a sus ausencias, y romper de golpe con ese molde requiere una fuerza que ni yo misma sabía que poseía.

Pero ya no estoy sola en esto. Tengo de aliado a Dios, primero que todo; y ahora, además, hay una razón mil veces más poderosa que mi propio orgullo para no dar un solo paso atrás.

Camino con parsimonia hacia la cama, me descalzo y me acerco al ventanal que da hacia los jardines privados. A través del cristal puedo ver las luces de la terraza iluminando el césped húmedo por la brisa de la noche. Y allá abajo, en el primer piso, la luz amarilla del estudio de Mateo acaba de encenderse.

Míralo, me dice esa voz interna que nunca me abandona. Ahí va, ¡disque el gran magnate! Ay sí… pobrecito, qué lástima me da. Quiere refugiarse en su trabajo, que es lo más seguro que tiene. Te apuesto lo que quieras a que tomará vino esta noche para tratar de ahogar sus penas; ya lo intuyo al igual que tú. Y todo esto le pasa porque no sabe qué hacer cuando alguien no se pliega a sus órdenes.

Mi conciencia es irónica porque tanto ella como yo, tras años de conocer a Mateo, efectivamente ya intuimos lo que debe de estar haciendo en este preciso instante, sin tener la más mínima necesidad de estar cerca de él.

Es tan predecible…

—Exactamente —murmuro, deslizando distraídamente los dedos por la tela suave de mi pijama.

Y es que es así: para mí, leer y adivinar las decisiones de mi marido se ha vuelto tan natural como respirar. Es que él es tan descaradamente obvio en sus movimientos que hasta me da risa. Este hombre no sabe qué hacer con sus emociones, empecemos por ahí. Y, en lugar de lidiar con ellas, prefiere refugiarse en lo que conoce: su trabajo.

Para Mateo todo en la vida es un contrato que se puede renegociar o una crisis corporativa que se resuelve imponiendo autoridad. No entiende que el amor no se audita, ni siquiera es algo que se puede comprar con lujos, viajes, muchísimo menos pagándole a un chef privado y tampoco disponiendo una patrulla de escoltas en la entrada y por los alrededores de la casa, como si yo fuese una peligrosa criminal que estuviese arrestada por haber sido acusada del mayor de los crímenes.

Miro la luz de su ventana unos segundos más.

Es curioso, pero al tenerlo tan cerca físicamente y, al mismo tiempo, tan exageradamente distante en lo emocional, Mateo ha pasado a convertirse en un alma en pena. O mejor dicho, es apenas un fantasma. Un espectro del hombre del que me enamoré perdidamente hace años, con el cual me casé y quien me prometió en las Maldivas —después de haberle entregado todo mi ser— que nuestro matrimonio siempre estaría por encima de todo lo demás.

Ahora es tan solo una sombra que deambula por esta enorme mansión, convencida de que sigue teniendo el control de mi vida.

Me alejo del ventanal, acercándome a la mesa auxiliar. Sostengo la taza de chocolate caliente que Clara me subió hace un rato y le doy un sorbo lento. Su sabor dulce me entibia la garganta y al mismo tiempo reconforta mi estómago, ahuyentando cualquier residuo de náusea que pudiera haber quedado.

De repente, mientras disfruto de mi bebida, veo cómo mi teléfono —que descansa sobre la mesita de noche— comienza a vibrar e iluminarse sobre el cristal. Miro la pantalla y la foto de Sofía con expresión risueña en una playa de Cartagena me arranca una sonrisa instantánea.

—¡Sofi, mi amor! —contesto la llamada, deslizándome despacio hacia la mecedora del balcón.

—¡Isa, mi reina! Por fin te agarro libre —exclama la voz eufórica de mi mejor amiga al otro lado de la línea—. Llevo todo el día pensando en ti. ¿Cómo va esa vida en el «palacio»? ¿Ese hombre te está dejando respirar o tengo que ir con la policía a rescatarte? No, espera, mejor aún: ¿le llevo un grupo de paparazzis para que lo persigan hasta el hartazgo?




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