MARÍA JOSÉ
El tictac del reloj de pared en mi habitación resuena en mis oídos con una insistencia tal que parece como si quisiera perforarme los tímpanos, aunque sea un ruido minúsculo.
Son las dos y cuarto de la madrugada. Llevo más de dos horas dando vueltas en la cama envuelta en mi pijama de seda gris, mirando las sombras del techo mientras la llovizna empieza a repicar contra los cristales de la ventana.
Intenté dormir. De verdad me esforcé al máximo por hacerlo: apagué las luces, dejé el teléfono boca abajo y me repetí mentalmente que una abogada necesita ocho horas de sueño para rendir en los tribunales; pero fue un intento inútil.
Ni siquiera me sirvió haberme tomado mi habitual té de manzanilla antes de acostarme. Por lo general el mismo me relaja, pero en este momento mi mente es un hervidero de pensamientos y la inquietud no me deja descansar.
Y el responsable de este estado en el que me encuentro tiene nombre… En fin.
Fastidiada, me destapo, levantándome de la cama y de paso aprovecho para soltar mi cabello antes de caminar descalza hacia mi estudio casero. Enciendo la lámpara de mesa y me siento frente al escritorio.
Sobre la madera yace abierto el expediente de un cliente nuevo que dejé allí antes de irme supuestamente a dormir —porque sabía que si el insomnio no me colaboraba hoy, necesitaría algo para distraerme mientras busco que me dé sueño—: el caso de la familia Bermúdez, una disputa bastante enredada sobre la división de bienes de una cadena de hoteles en la Costa Caribe tras el fallecimiento del patriarca.
Leo por encima las cláusulas de las acciones, los inventarios de los inmuebles corporativos y las alegaciones de los herederos… pero por más que quiero no logro concentrarme. Las cifras se me desdibujan frente a los ojos.
Agh. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?
Involuntariamente, mi mirada se desvía hacia la esquina del escritorio donde reposa la carpeta de custodia con el sello de la jueza Virginia Ortiz, la que contiene el documento de suspensión temporal del divorcio entre Isi y Mateo.
Este par, Dios mío, dame paciencia para con ellos…
Exhalo un suspiro largo y estresado. Me reclino en la silla de cuero y tomo mi teléfono personal.
Abro el historial de llamadas dirigidas al número privado de Mateo. El contador digital no miente: quinientas noventa y siete llamadas realizadas en los últimos dos días. Quinientas noventa y siete veces en las que el tono hizo acto de presencia apenas medio segundo antes de desviarme tajantemente al buzón de voz de Castillo Investments.
Ruedo los ojos mirando la pantalla.
Lo puedo querer con toda mi alma, pero no hay duda de que cuando se trata de enfrentar los problemas de frente —al menos en lo que al ámbito personal se refiere— mi mejor amigo es un descarado en toda regla. Tan es así que el muy inmaduro me bloqueó de WhatsApp, iMessage, las llamadas normales… mejor dicho, de todos lados.
Castillo tenía que ser. Igualito a su hermana.
Mi conciencia lo dice con ironía, porque a diferencia de Mateo, Valeria sí enfrenta las cosas de frente y no se anda escondiendo, como sí lo hace cierto amigo mío que conozco. Ni hablar de su hermano: Matías siempre tiene una solución para todo.
Francamente, no sé de quién heredó Mateo esa inmadurez que tiene. Para ser un multimillonario que posee todo el dinero habido y por haber en este mundo, es bastante negligente con su vida personal. Ni modo, lo quiero así por cómo es, aunque muchas veces me saque de quicio.
Ingreso a la app de teléfono y reviso el registro de los mensajes de voz que le dejé en su buzón.
El primero fue tranquilo, casi profesional; el segundo era de preocupación sincera; pero en el número quince, tras ver que seguía ignorándome como si fuera una completa desconocida, perdí por completo la compostura, algo de lo que definitivamente ningún colega mío se sentiría orgulloso.
Recordar el tono de ese mensaje de voz me saca una pequeña sonrisa. Y es que se podría decir que casi estuve a nada de insultarlo, pero no puede culpárseme por hacerlo: tenía —y tengo— mucha rabia reprimida con él, y no se me ocurrió mejor forma de dejar salir la misma que diciéndole:
«¡Vea, Mateo Alejandro Castillo Rivera! Usted por lo visto no me quiere contestar ni llamarme. Quién sabe dónde estarás metido, pero deja de ignorarme. Me haces el favor y me contestas este maldito teléfono ahora mismo. No me salgas con tus inmadureces de bloquearme como si tuviéramos doce años. Sabes perfectamente que si acepté representar a tu esposa no fue para joderte la vida, sino para evitar que un abogado de la calle te destruya en la prensa. Me respondes o juro por mi carrera que me aparezco en tu oficina o en tu casa y te saco a empujones de esa coraza de hielo. ¡Contéstame, carajo! O por lo menos ten un poco de decencia y llámame directamente; es lo mejor para ti».
Por supuesto, ni con esa regañada de hermana se dignó a llamar.
Reviso la pantalla de mi teléfono y escucho la nota de voz que me envió Isabella hace un rato.
Su voz suena relajada, reconfortada tras haber cenado con él y haberle marcado sus límites con una dignidad que me llena de orgullo. Al final de su audio, entre risas suaves, me recuerda que si se me ocurre ir a buscar a Mateo en medio del frío de la madrugada, espera que al menos yo haya dormido un poco primero.
Dormir puedo hacerlo el fin de semana; pero ahora tengo una misión muchísimo más importante que lograr conciliar el sueño.
Con esa decisión clara en mi mente, me levanto de la silla del estudio con determinación. Cierro el expediente del caso Bermúdez, tomo mi computadora portátil para meterla en mi maletín de trabajo —así podré seguir trabajando en la disputa hotelera más tarde si me toca esperar— y me dirijo de vuelta a mi habitación.
Me quito la pijama y me visto a toda prisa con un vestido azul marino, cómodo pero impecable, y unos tacones bajos. Me pongo un abrigo pesado de paño negro, tomo las llaves del auto y mi paraguas, junto con el móvil y mi maletín, y salgo de mi apartamento directo al ascensor.
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Editado: 11.10.2026