Hasta Que Caiga El Ultimo Petalo

El hilo destinado

Dicen que el hilo rojo es irrompible. Que no importa cuánto se estire, cuánto se enrede, cuánto duela... siempre regresa a la persona correcta. Crecí escuchando esa historia como se escuchan las cosas que suenan demasiado bonitas para ser verdad. Era una de esas creencias que se sienten más como fantasía, una de esas leyendas que no cuestionas porque te gusta la idea de que sea cierta.

Cuando conocí a naufrago, no pensé en la historia del hilo rojo. No pensé en el destino ni en coincidencias importantes. No hubo nada especial en ese primer momento, nada que indicara que iba a convertirse en alguien tan importante para mí. No llegó como alguien distinto. Fue solo alguien más.

Al principio, eso era todo lo que Naufrago era.

Un compañero con el que coincidía lo sufuciente como para empezar a hablar. Alguien con quien podía intercambiar comentarios sin importancia, conversaciones simples que no pretendían quedarse. No hubo nada intenso ni inmediato. Pero, sin darme cuenta, esas conversaciones empezaron a repetirse, a alargarse y a ser importantes.

Hablar con Naufrago era fácil. No tenía que pensar demasiado lo que decía, no sentía que tenía que cuidar cada palabra. Todo fluía de forma natural, no me pasaba con muchas personas. Siempre sentí que debía adaptarme a los demás, pero con él era diferente, podíamos hablar de cualquier cosa, incluso los silencios dejaban de ser incomodos. Podíamos quedarnos sin decir nada, y aun así no se sentía vació. Nos hicimos amigos.

Empezó a ocupar un espacio importante en mi vida sin que me diera cuenta. Primero por costumbre, luego por elección, porque entre todas las personas, siempre terminaba buscándolo a él. Y después porque simplemente ya no podía irme.

Se fue quedando en detalles tan pequeños que, al principio, no parecían importantes. En la forma en que notaba cosas que nadie más veía. No hacia falta darle explicaciones, había algo en él que entendía sin que tuviera que ponerlo en palabras, y eso era nuevo para mí.

No fue algo repentino ni intenso, fue algo que creció despacio, casi sin que me diera cuenta. Me acostumbré a su presencia, a su forma de estar, a la tranquilidad que venía con él. Y de alguna manera, él también empezó a quedarse.

Creo que, sin decirlo, ambos entendíamos que estábamos ahí el uno para el otro. Yo lo escuchaba, sin importar que tan insignificante pareciera y él hacía lo mismo conmigo.

Había algo que se sentía diferente, como sin darme cuenta, Naufrago se había vuelto mi lugar seguro. Le agarre cariño, y en esos momentos de lo único que era consviente, era de que lo necesitaba.

Durante mucho tiempo eso fue todo lo que había. Amistad. Nada más.

Nunca me pregunté si podía ser algo diferente. Nunca sentí la necesidad de analizarlo o de ponerle otro nombre. Él era mi amigo, mi confidente, alguien importante... pero nada más. En teoría eso debería ser suficiente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.