SAGA NIEBLA ETERNA: HASTA QUE DEJES DE LATIR
PRÓLOGO
San Miguel de Ayahuitl, Veracruz || Año 1626.
El sol de la mañana no logró calentar la recámara. A través del ventanal, la sierra veracruzana amaneció sepultada bajo una manta espesa de niebla, una humedad fría que parecía colarse por las junturas de la madera hasta meterse directamente en los huesos. Catalina llevaba una hora de pie frente al espejo de marco tallado, paralizada mientras las manos implacables de su madre y la sirvienta tiraban de los cordones a su espalda.
El primer jalón del corsé le robó el aliento.
El marco de ballena se le clavó contra las costillas con una fuerza brutal, forrado en un satén blanco que parecía una armadura de castigo. Sobre ella, le superpusieron un pesado vestido de seda brocada en tonos azabache y borgoña —traído especialmente desde Sevilla—, con encajes densos que le picaban en el cuello y mangas estrechas que le restaban movilidad a los brazos.
—No respires tan hondo, Catalina —reprendió su madre, ajustando con firmeza el último nudo a la altura de la cintura—. Una dama siempre debe mostrar rectitud. Don Gonzalo llegará esta noche con los capitulares y el escribano. No podemos dar la impresión de que criamos a una salvaje.
—Madre, por Dios... Tiene más de cincuenta años —suplicó Catalina en un susurro, con la voz quebrada por la falta de oxígeno y la desesperación quemándole la garganta—. Podría ser mi abuelo. Ha enviudado dos veces. Sus manos huelen a tabaco rancio y a aceite viejo.
— Y tú podrías dejarnos en la calle si no te casas con él — le soltó, fría—. Tu padre empeñó la hacienda. Este matrimonio salvará a nuestra familia de la ruina. Tu solo; sonríe, firma y agradece.
En ese momento, la puerta de la recámara se abrió de golpe. Su padre entró acomodándose los puños de la casaca de terciopelo. Olía a jerez barato y a sudor frío. Recorrió a Catalina con una mirada rápida, no como un padre que contempla a su hija, sino como un mercader que verifica que la mercancía no tenga desperfectos antes de la venta..
—¿Está lista? —preguntó, sin mirarla a los ojos—. He mandado matar tres terneros y las sirvientas están moliendo el cacao desde el alba. Los arrieros ya traen los barriles de vino desde la costa. Catalina, no quiero lágrimas ni gestos amargos, esta noche todo tiene que ser perfecto. No te atrevas a fallarnos.
Catalina había crecido sabiendo que ese día llegaría. Su madre la había criado para ser la esposa perfecta, pero debía admitir que soñaba con caballeros galantes y romances épicos… incluso con casarse por amor. Pero ahí estaba, a sus dieciséis años, preparada como un cerdo para el matadero y adornada para ser vendida como una propiedad.
Ambos salieron de la habitación, dejándola sola frente a su reflejo.
Catalina se apoyó contra el borde del tocador, luchando por respirar. Mantuvo los ojos fijos en la joven del espejo: su cabello azabache retenido en peinado demasiado elaborado, la piel pálida por la falta de aire, los ojos oscuros por el pánico retenido y los hombros encorvados bajo el peso intolerable de la seda y el corsé.
La casa entera comenzó a vibrar con los preparativos de la fiesta. Por los pasillos resonaban los pasos apresurados de los criados, el crujir de la leña en las chimeneas y el golpeteo constante de los morteros en la cocina. Para la hacienda, era un día de celebración; para Catalina, cada hora transcurrida era una palada de tierra sobre su propia tumba.
Caminó hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío. Afuera, el bosque de liquidámbar y los pinos de la sierra se alzaban como una muralla infranqueable sepultada por la niebla. El aire libre, la humedad salvaje de la montaña, el olor a tierra mojada y de café recién molido, estaban tan cerca, justo del otro lado del vidrio, pero para ella resultaban inalcanzables.
Contó cada campanada del reloj de pared con el corazón desbocado. La mañana pasó como una agonía lenta; la tarde cayó teñida de un azul sombrío y, finalmente, la noche descendió sobre la sierra traída por un viento helado que hizo crujir las vigas del techo.
El momento había llegado.
El salón principal de la hacienda hervía en una sofocante mezcla de ostentación y decadencia. Docenas de velas de cera pura, dispuestas en candelabros de plata empañada, iluminaban el salón repleto de invitados que apenas reconocía.
Catalina permanecía de pie junto a la chimenea de piedra, erguida únicamente por el inquebrantable corsé. A su lado, Don Gonzalo mantenía una mano pesada y húmeda posada sobre el dorso de la suya. Era un gesto que pretendía ser afectuoso ante los ojos de todos, pero cada roce de sus dedos marchitos se sentía como una marca de hierro candente sobre la piel, una prueba de que ella le pertenecía como cualquier otra res.
—Un brindis por la flor más bella de esta tierra —proclamó Don Gonzalo con voz rasposa, elevando su copa de cristal—. Y por el señor De la Rosa, cuya generosidad y buen juicio aseguran esta noche la prosperidad de nuestras tierras.
Un murmullo de aplausos y risas serviles recorrió el salón. Los hombres sonreían con la complicidad de quienes entienden el valor de una buena transacción; las damas, intercambiaban miradas de falsa compasión que enmascaraban un alivio egoísta: al menos no eran ellas en el lugar de Catalina.