Hasta que dejemos de fingir

Las reglas del juego

Salí del edificio de Valenti Holdings con una sensación extraña.
No sabía si acababa de tomar la peor decisión de mi vida o la única que podía salvarme.
Probablemente ambas.
Me quedé unos segundos frente a las enormes puertas de cristal, mirando a las personas entrar y salir.
La ciudad seguía igual.
Los autos seguían pasando.
La gente seguía caminando con prisa.
Y, sin embargo, yo sentía que mi vida acababa de cambiar por completo.
—¿Y?
Me giré.
Matteo estaba apoyado contra el automóvil.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte.
—Te dije que no entraras.
—No entré.
—¿Entonces?
—Esperé afuera.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Cuánto tiempo?
—Cuarenta y siete minutos.
—Eres un acosador.
—Soy tu hermano.
—Cada vez encuentro menos diferencia.
Abrió la puerta del copiloto.
—Sube.
—No.
—Alessia.
—Quiero caminar.
—Está empezando a llover.
Miré al cielo.
Tenía razón.
Odiaba cuando tenía razón.
Entré al automóvil.
Matteo arrancó y durante los primeros minutos ninguno dijo nada.
Yo miraba por la ventana.
Él tamborileaba los dedos sobre el volante.
Hasta que finalmente preguntó:
—¿Entonces?
—Hicimos un trato.
Casi podía sentir su sonrisa.
—Lo sabía.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—Un poquito.
—Matteo.
—Está bien.
Intentó ponerse serio.
No lo consiguió.
—¿Cuándo es la boda?
Lo miré.
—En tres semanas.
El automóvil se desvió ligeramente.
—¿Qué?
—Tres semanas.
—¿Estás hablando en serio?
—Ojalá no.
Se quedó callado.
Después soltó una carcajada.
—No puedo creerlo.
—Yo tampoco.
—¿Y qué tal es?
—¿Quién?
—Adrian.
Miré nuevamente por la ventana.
No sabía por qué la pregunta me incomodaba.
—Es...
Me quedé pensando.
—Molesto.
—Eso ya lo sabía.
—Arrogante.
—También.
—Demasiado seguro de sí mismo.
—Definitivamente.
—Y tiene una forma muy irritante de mirarte.
Matteo me lanzó una mirada rápida.
—¿Cómo?
—Como si supiera lo que estás pensando.
—Interesante.
—No hay nada interesante.
—No dije que lo hubiera.
—Pero lo pensaste.
—Quizás.
Le di un golpe suave en el brazo.
—Conduce.
Él volvió a reír.
La casa estaba más silenciosa de lo habitual cuando llegamos.
Mi padre estaba en el despacho.
Mi madre en la sala.
Y, por la cantidad de llamadas que tenía perdidas, supuse que la noticia ya había empezado a circular.
No habían pasado ni dos horas.
En nuestra familia, los secretos duraban menos que un ramo de flores.
Entré en la sala.
Mi madre se levantó inmediatamente.
—¿Cómo fue?
Me quité el abrigo.
—Firmaremos un contrato.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Ya?
—No he firmado todavía.
—Pero aceptaste.
—Sí.
Ella respiró profundamente.
—¿Estás segura?
No.
Pero asentí.
—Sí.
Mi padre apareció en la puerta.
—Necesito hablar contigo.
Genial.
Otro interrogatorio.
Lo seguí hasta su despacho.
Cerró la puerta.
—¿Qué te ofreció?
—Dinero.
—No hablo de dinero.
Lo miré.
—Entonces no sé qué quieres que te diga.
Mi padre se sentó.
—Adrian Valenti no es un hombre sencillo.
—Yo tampoco.
—Alessia.
—Papá, sé que esto es una locura.
—Entonces no lo hagas.
Aquello me sorprendió.
—¿Qué?
—Si no quieres casarte, no tienes que hacerlo.
—¿Y la empresa?
—Encontraremos otra solución.
Me senté frente a él.
—¿Cuál?
No respondió.
Y eso fue suficiente.
Ambos sabíamos que no había una solución fácil.
Mi padre bajó la mirada.
—Solo quiero que tengas cuidado.
—Lo tendré.
—No quiero que termines atrapada en algo que no puedas controlar.
Pensé en Adrian.
En su mirada.
En aquella seguridad casi irritante.
—No voy a enamorarme de él.
Mi padre levantó la vista.
—Eso no es lo que me preocupa.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces qué?
—Que él se enamore de ti.
Solté una risa.
—Papá...
—No estoy bromeando.
Por primera vez vi algo diferente en su expresión.
Preocupación.
—Los Valenti siempre tienen un motivo detrás de cada movimiento.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Incluso después de salir del despacho.
Incluso después de subir a mi habitación.
Incluso cuando me acosté.
No podía dejar de pensar en Adrian.
Y eso me molestaba muchísimo.
Porque apenas lo conocía.
Y ya estaba ocupando demasiado espacio en mi cabeza.
A la mañana siguiente, encontré un sobre sobre la mesa del desayuno.
Mi nombre estaba escrito en él.
Lo abrí.
Dentro había una copia del contrato.
Doce meses.
Reglas.
Condiciones.
Cláusulas.
Todo perfectamente organizado.
En la última página había una nota escrita a mano.
"Léelo con atención. No quiero que después digas que no te advertí."
No había firma.
Pero sabía perfectamente de quién era.
Sonreí sin querer.
Y enseguida dejé de hacerlo.
Porque algo me decía que Adrian Valenti acababa de convertirse en el mayor problema de mi vida.
Y ni siquiera habíamos llegado al día de la boda.




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