Hasta que dejemos de fingir

Una boda de mentiras

Tres semanas.
Eso fue todo lo que tuve para acostumbrarme a la idea de que iba a casarme.
No tuve tiempo de organizar una boda soñada.
Ni de imaginar un vestido durante meses.
Ni de enamorarme.
Solo tuve tres semanas para convencerme de que aquello era una decisión inteligente.
Y fallé.
El vestido llegó cuatro días antes.
Mi madre insistió en acompañarme a la prueba final.
—Estás preciosa.
Me miré frente al espejo.
El vestido era elegante.
Sencillo.
No era exagerado, pero tampoco podía pasar desapercibido.
Por un momento me imaginé caminando hacia el altar.
Después recordé quién estaría esperándome.
Adrian.
Y la ilusión desapareció.
—Parece un funeral caro —murmuré.
Mi madre soltó una carcajada.
—¿Podrías intentar disfrutar un poquito?
—Estoy intentando.
—No lo parece.
—Mamá, voy a casarme con un hombre al que apenas conozco.
—Entonces conócelo.
La miré.
—¿En tres semanas?
—A veces tres semanas son suficientes para saber lo que necesitas saber.
No estaba convencida.
Pero tampoco tenía otra respuesta.
La boda fue pequeña.
Eso habíamos acordado.
Nada demasiado extravagante.
Nada que pudiera llamar más atención de la necesaria.
Mentira.
Había fotógrafos.
Familiares.
Empresarios.
Amigos.
Y demasiadas personas observándonos.
Me quedé frente a la entrada del salón, intentando controlar la respiración.
—¿Nerviosa?
Me giré.
Mi mejor amiga, Valeria, estaba detrás de mí.
—No.
—Estás apretando el ramo como si quisieras asesinarlo.
Miré mis manos.
Tenía razón.
Aflojé los dedos.
—No sé qué estoy haciendo.
Valeria se acercó.
—Entonces haz lo único que sabes hacer.
—¿Qué?
—Camina hacia delante.
Sonreí débilmente.
—Gracias.
La música comenzó.
Las puertas se abrieron.
Y lo vi.
Adrian estaba al otro lado.
Traje negro.
Cabello perfectamente peinado.
Expresión tranquila.
Demasiado tranquila.
Nuestros ojos se encontraron.
Por un segundo olvidé que aquello era una actuación.
Él extendió la mano cuando llegué frente a él.
La tomé.
—Respira —murmuró.
—Estoy respirando.
—No parece.
—Cállate.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Así me gusta más.
—¿Qué?
—Que seas tú.
Antes de poder responder, comenzó la ceremonia.
Todo pasó demasiado rápido.
Las palabras.
Los votos.
Los invitados.
Las fotografías.
Hasta que llegó el momento.
—¿Acepta a Adrian Valenti como su esposo?
Miré sus ojos.
Pensé en la herencia.
En mi familia.
En el contrato.
Y finalmente respondí:
—Sí, acepto.
Adrian dijo lo mismo.
Después llegó el beso.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
Él se acercó.
Muy lentamente.
Como si me diera tiempo para apartarme.
No lo hice.
Sus labios tocaron los míos.
Fue breve.
Suave.
Perfectamente calculado.
Un beso para las cámaras.
Eso debería haber sido.
Pero cuando se separó, nuestras miradas permanecieron un segundo más de lo necesario.
Y algo cambió.
No sabía qué.
Tampoco quería descubrirlo.
Los aplausos llenaron el salón.
Sonreí.
Adrian tomó mi mano.
—Señora Valenti.
Lo miré.
—No te acostumbres.
—Créeme.
Sus dedos se entrelazaron con los míos.
—Ese es precisamente el problema.
La recepción terminó entrada la noche.
Cuando finalmente subimos al automóvil que nos llevaría a nuestra nueva casa, me dejé caer contra el asiento.
—Estoy agotada.
Adrian aflojó la corbata.
—Yo también.
—Al menos esto terminó.
Me miró.
—Esto acaba de empezar.
Recordé el contrato.
Doce meses.
Nuestra nueva casa.
Dos habitaciones.
Una vida falsa.
—¿Tenemos que seguir fingiendo ahora que estamos solos?
—No.
—Bien.
Me quité los zapatos.
—Porque no pienso sonreír ni un segundo más.
Adrian soltó una pequeña risa.
—Puedes relajarte.
—Gracias.
Miré por la ventana.
—¿Cuál es mi habitación?
—La de la derecha.
—¿Y la tuya?
—La izquierda.
—Perfecto.
Silencio.
Después él añadió:
—Aunque hay una regla.
Cerré los ojos.
—¿Qué regla?
—En público somos marido y mujer.
—Obviamente.
—Y delante de nuestras familias debemos comportarnos como si estuviéramos enamorados.
Abrí los ojos.
—¿Incluso ahora?
—Especialmente ahora.
—¿Por qué?
Adrian miró hacia el frente.
—Porque mañana desayunamos con mi familia.
Sentí que el cansancio desaparecía.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿No podías avisarme antes?
—Lo estoy haciendo ahora.
Lo miré con incredulidad.
Él giró lentamente hacia mí.
—Bienvenida a tu matrimonio, Alessia.
Apoyé la cabeza contra el asiento.
—Creo que ya lo odio.
Adrian sonrió.
—Dale tiempo.
No sabía si aquello era una advertencia.
O una promesa.
Pero aquella noche, mientras entrábamos en la casa que se suponía que sería nuestro hogar durante los próximos doce meses, tuve una certeza.
El contrato podía tener reglas.
La boda podía ser falsa.
Y nuestro matrimonio podía tener fecha de vencimiento.
Pero vivir bajo el mismo techo con Adrian Valenti...
iba a ser mucho más difícil de lo que cualquiera de los dos había previsto.

Holii , queridos lectores que les a parecido hasta aquí la trama :)?




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