La puerta de la casa se cerró detrás de nosotros.
Y por primera vez desde que había pronunciado aquel absurdo «sí, acepto», nadie estaba mirando.
No había fotógrafos.
No había familiares.
No había cámaras.
No había sonrisas que mantener.
Solo Adrian y yo.
Y una casa demasiado grande para dos personas que apenas se conocían.
Me quedé parada en el recibidor con los zapatos en una mano y el ramo que alguien me había obligado a conservar en la otra.
Adrian dejó las llaves sobre una pequeña mesa.
—Puedes respirar.
Lo miré.
—Estoy respirando.
—Llevas cinco minutos conteniendo el aire.
—Estoy procesando.
—¿El qué?
Miré alrededor.
—Que estoy casada.
Él se apoyó contra la pared.
—Técnicamente.
—No empieces.
—Solo estoy diciendo la verdad.
—La verdad es que hace unas horas estaba en mi casa y ahora estoy aquí, en la casa de un hombre que conocí hace tres semanas.
Adrian arqueó una ceja.
—Nos conocemos desde hace tres semanas.
—Eso no mejora la situación.
—No pretendía hacerlo.
Solté un suspiro.
Miré nuevamente alrededor.
La casa era preciosa.
Demasiado preciosa.
Grandes ventanales, muebles elegantes, paredes claras y una escalera que llevaba al segundo piso. Todo parecía cuidadosamente elegido.
Nada estaba fuera de lugar.
Nada parecía realmente vivido.
Era como entrar en una fotografía.
—¿Vives aquí desde hace mucho?
—Dos años.
—Parece que nadie vive aquí.
Adrian miró alrededor.
—Ahora estás tú.
No supe qué responder.
Así que decidí ignorarlo.
—Quiero ver mi habitación.
—Claro.
Comencé a subir las escaleras.
Él me siguió.
—¿Por qué me sigues?
—Porque mi habitación está arriba.
—¿No puedes esperar?
—Es mi casa.
Me giré.
—Nuestra casa.
Adrian se quedó callado.
Sonreí satisfecha.
—Eso dice el contrato.
—Veo que ya aprendiste a usarlo en mi contra.
—Voy a necesitar todas las armas disponibles.
Seguimos subiendo.
Llegamos a un pasillo largo.
Adrian señaló la primera puerta.
—Esa es la tuya.
Abrí.
La habitación era enorme.
Había una cama, un armario, un escritorio y una puerta que daba a un pequeño balcón.
Me quedé mirando todo.
—¿Preparaste esto?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta semana.
—¿Por qué?
—Porque vas a vivir aquí.
La respuesta fue tan sencilla que me dejó sin palabras.
Entré.
Sobre la cama había una pequeña caja.
Me acerqué.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Lo hice.
Dentro había una llave.
—¿Para qué?
—Tu habitación tiene cerradura.
Lo miré.
—¿Me estás dando privacidad?
—Es una de nuestras reglas.
Tomé la llave.
—Gracias.
Él asintió.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—El armario de la izquierda está vacío.
—¿Y?
—Puedes usarlo.
Miré el armario.
—¿Todo?
—Todo.
Por alguna razón, aquel pequeño detalle me hizo sentir más cómoda.
No sabía qué esperaba de aquella casa.
Quizás algo frío.
Distante.
Incómodo.
Pero Adrian había preparado un espacio para mí.
Eso no encajaba con la imagen que me había creado de él.
—Buenas noches, Alessia.
Me giré.
Él ya estaba saliendo.
—Adrian.
Se detuvo.
—¿Sí?
—Gracias.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—No tienes que agradecerme.
Y se fue.
Cerré la puerta.
Me apoyé contra ella.
Solté el aire.
—Un año —murmuré.
Solo un año.
No conseguí dormir.
Me cambié el vestido por un pijama, me desmaquillé y me acosté.
Pero mi cabeza no quería colaborar.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la ceremonia.
La mirada de Adrian.
El beso.
Su mano tomando la mía.
La manera en que había pronunciado «señora Valenti».
Me giré en la cama.
—No.
Me cubrí la cara con la almohada.
—No voy a pensar en eso.
Cinco minutos después seguía pensando en eso.
Me levanté.
Abrí la puerta del balcón.
El aire de la noche me golpeó el rostro.
La ciudad estaba iluminada.
Desde allí arriba todo parecía pequeño.
Tranquilo.
Como si los problemas no existieran.
Entonces escuché la puerta abrirse detrás de mí.
—¿No puedes dormir?
Me giré.
Adrian estaba apoyado en el marco de la puerta.
Llevaba una camiseta negra y pantalones de dormir.
Por primera vez no parecía el hombre impecable que había conocido en su oficina.
Parecía...
normal.
Y eso era extraño.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Problemas?
—Pensamientos.
—¿Sobre qué?
—Sobre este desastre.
Me apoyé en la baranda.
—¿Te arrepientes?
Adrian tardó unos segundos en responder.
—Todavía no.
—Eso no suena muy convincente.
—No suelo arrepentirme de mis decisiones.
—Qué suerte.
—¿Y tú?
Miré las luces.
—No lo sé.
Él salió al balcón.
Se quedó a una distancia prudente.
—Puedes decirme la verdad.
—¿La verdad?
—Sí.
Me crucé de brazos.
—Creo que estoy aterrada.
Adrian me miró.
No se burló.
No hizo ningún comentario.
Solo preguntó:
—¿Por qué?
—Porque no sé qué va a pasar.
—Tenemos un contrato.
—Los contratos no controlan a las personas.
Su expresión cambió ligeramente.
—No.
—Entonces...
Me encogí de hombros.
—Supongo que tengo miedo de que algo salga mal.
—No dejaré que eso pase.
Lo miré.
—No puedes prometer eso.
—Puedo intentarlo.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Editado: 29.09.2026