La primera mañana como esposa de Adrian Valenti comenzó con una mentira.
No una mentira pequeña.
No una de esas que dices para evitar una conversación incómoda.
Una mentira enorme.
De esas que podían cambiarlo todo.
—Sonríe.
Abrí los ojos lentamente.
Adrian estaba sentado frente a mí en la mesa del desayuno, con una taza de café entre las manos y una expresión demasiado tranquila para alguien que acababa de convertirse en mi esposo hacía menos de veinticuatro horas.
Lo miré confundida.
—¿Qué?
Señaló discretamente hacia la ventana.
Seguí la dirección de su mirada.
Había un fotógrafo al otro lado de la calle.
No sabía desde cuándo estaba ahí.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Estás bromeando?
—Ojalá.
Dejé el tenedor sobre el plato.
—¿Y qué hace un fotógrafo afuera de nuestra casa?
—Lo mismo que hacen todos los fotógrafos cuando descubren que el heredero de Valenti Holdings acaba de casarse.
—¿Y tú estás desayunando como si nada?
—Estoy desayunando.
—¡Adrian!
Él levantó una ceja.
—Te dije que tendríamos que actuar.
—No pensé que tendría que actuar incluso mientras como.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
—Entonces tendremos que practicar.
—No pienso practicar contigo.
—Ya estamos casados.
—Fingiendo.
—Eso no cambia el hecho de que tenemos que parecer convincentes.
Lo miré fijamente.
Odiaba cuando tenía razón.
Y parecía disfrutar demasiado de eso.
Adrian dejó la taza sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia mí.
—Ven aquí.
—¿Para qué?
—El fotógrafo.
—Que se vaya.
—No se va a ir.
—Entonces que se quede mirando.
—Alessia.
Su voz cambió.
Más baja.
Más seria.
—Si vamos a hacer esto, tenemos que hacerlo bien.
Lo sabía.
Sabía perfectamente que tenía razón.
Pero una parte de mí todavía no estaba preparada para aquella sensación.
Para tener que fingir delante del mundo que quería a un hombre al que apenas conocía.
Para sonreír junto a él.
Para tomarle la mano.
Para dejar que las personas creyeran que detrás de aquellas paredes existía un matrimonio real.
Suspiré.
—¿Qué quieres que haga?
Adrian se levantó.
Rodeó la mesa y se detuvo a mi lado.
—Sonríe.
—Eso ya lo dijiste.
—Y sigues sin hacerlo.
—Porque no me das razones.
Me miró durante unos segundos.
Después extendió la mano.
—Entonces dame una razón.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Toma mi mano.
Miré su mano.
Luego sus ojos.
—No.
—Alessia.
—No.
—El fotógrafo nos está esperando.
—Que espere.
Adrian soltó una respiración que parecía contener una risa.
—Eres imposible.
—Y tú eres insoportable.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Una pareja que discute por todo resulta bastante creíble.
Antes de que pudiera responder, tomó mi mano.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
Fue un gesto sencillo.
Nada especial.
Eso debería haber sido.
Pero sentí un pequeño escalofrío recorrerme el brazo.
Lo odié.
Odié que mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.
—Sonríe —repitió.
Esta vez lo hice.
No porque quisiera.
Porque teníamos que hacerlo.
Adrian se acercó un poco más.
Demasiado.
Su hombro rozó el mío.
Y entonces escuché el sonido de la cámara.
Una vez.
Dos.
Tres.
Él giró ligeramente el rostro hacia mí.
—Más natural.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que te bese?
—No sería una mala idea.
Lo miré.
—Ni lo sueñes.
—Entonces tendrás que encontrar otra forma de convencerlo.
—Sonríe tú.
—Lo estoy haciendo.
—Eso no es una sonrisa.
—Para mí sí.
Tuve que contener una risa.
Y cuando finalmente se me escapó una pequeña sonrisa verdadera, escuchamos nuevamente el clic de la cámara.
Adrian me miró.
Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.
Había algo extraño en su expresión.
Algo que no pude descifrar.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Porque estás sonriendo.
—¿Y?
—Nada.
Apartó la mirada.
Y por alguna razón, ese pequeño gesto me dejó pensando.
Una hora después, estábamos sentados frente a los padres de Adrian.
Su madre, Elena, no paraba de hablar.
Desde que habíamos llegado a la casa de sus padres, había preguntado absolutamente todo.
Cómo habíamos decidido casarnos.
Cuándo nos habíamos conocido.
Quién había dado el primer paso.
Qué nos gustaba hacer juntos.
Incluso preguntó cuál era nuestra película favorita.
Una pregunta que casi consigue destruir nuestra mentira.
—¿Y cuál es su película favorita? —preguntó Elena.
Miré a Adrian.
Adrian me miró a mí.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—The Godfather —respondió él.
Lo miré sorprendida.
—¿En serio?
Él sostuvo mi mirada.
—Sí.
Elena sonrió.
—¿Y la tuya, querida?
—Yo...
No tenía idea.
No sabía absolutamente nada sobre sus gustos.
Ni él sobre los míos.
—Nos gustan muchas de las mismas películas —dije rápidamente.
Elena levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Qué bonito.
Sonreí.
—Sí.
Por debajo de la mesa, sentí el pie de Adrian rozar el mío.
Lo miré.
Tenía una expresión seria.
Pero sus ojos decían claramente:
Acabas de salvarnos.
Yo moví los labios sin emitir sonido.
—Me debes una.
Él respondió de la misma manera.
—Te debo muchas.
Aparté la mirada para esconder una sonrisa.
Editado: 29.09.2026