Hasta que dejemos de fingir

Demasiado cerca

El problema de nuestro matrimonio apareció en internet antes de que siquiera hubiéramos terminado de desayunar.
Y, por primera vez desde que conocí a Adrian, no tuve ganas de discutir con él.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.
Adrian seguía mirando la pantalla de mi teléfono.
—Primero, averiguar quién filtró esto.
—¿Y después?
Levantó la mirada.
—Después tendremos que demostrar que nuestro matrimonio es real.
Solté una risa seca.
—¿No se supone que eso era lo que estábamos haciendo desde el principio?
—Sí.
—Entonces no entiendo el problema.
Adrian dejó el teléfono sobre la mesa.
—Hasta ahora nadie tenía motivos para cuestionarnos. Pero si empiezan a investigar nuestra relación, cualquier detalle extraño puede levantar sospechas.
—¿Qué tipo de detalles?
—Que durmamos en habitaciones separadas.
Lo miré.
—¿Y qué tiene de extraño?
—Somos recién casados.
—¿Y?
—La gente espera que los recién casados estén enamorados.
—Nosotros no estamos enamorados.
—Lo sé.
Su respuesta fue inmediata.
Demasiado inmediata.
—Entonces tendremos que parecerlo.
No dije nada.
Adrian se levantó y caminó hacia la cafetera.
—Además, esta noche tenemos una cena.
—¿Qué cena?
—Una reunión con algunos miembros del consejo.
—¿Y me estás diciendo esto ahora?
—Me enteré hace diez minutos.
—Genial.
Me levanté.
—¿Y qué esperan?
Adrian me miró.
—Ver a una pareja feliz.
—Eso será fácil.
—¿Ah, sí?
—Claro.
Me acerqué a él.
—Puedo sonreír.
—Ya lo comprobamos.
—Puedo tomarte de la mano.
—También lo comprobamos.
—Puedo mirarte como si fueras el hombre más maravilloso del mundo.
Adrian dejó la taza sobre la encimera.
—¿Puedes?
La pregunta salió tan tranquila que me dejó sin respuesta.
Nos quedamos mirándonos.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—Sí —dije finalmente.
Él dio un paso hacia mí.
—Entonces hazlo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Ahora?
—Ahora.
Lo miré a los ojos.
Intenté imaginar que era el hombre que amaba.
El hombre con el que había elegido casarme.
El hombre que conocía cada parte de mí.
Pero era imposible.
Porque Adrian seguía siendo Adrian.
Y estaba demasiado cerca.
—Estás haciendo trampa —murmuré.
—¿Cómo?
—Te estás acercando demasiado.
—Tú dijiste que podías mirarme como si estuvieras enamorada.
—No dije que necesitara que estuvieras a cinco centímetros de mi cara.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Entonces retrocedo.
Pero no lo hizo.
—Adrian.
—¿Sí?
—Retrocede.
—Dímelo sin dejar de mirarme.
Tragué saliva.
—Retrocede.
Sus ojos bajaron por un instante hasta mis labios.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Y él supo que lo había visto.
La sonrisa desapareció.
—Bien.
Finalmente dio un paso atrás.
El aire volvió a entrar en mis pulmones.
—Esto va a ser más difícil de lo que pensé —dije.
—Sí.
—Y tú no ayudas.
—No estoy intentando ayudarte.
Lo miré indignada.
—¿Entonces qué estás haciendo?
Adrian tomó su café.
—Intentando convencerte de que no podemos actuar como dos desconocidos delante del consejo.
—Pues tendrás que enseñarme.
—Eso puedo hacerlo.
La tarde pasó entre llamadas, mensajes y preparativos.
A las seis, bajé las escaleras con un vestido negro sencillo.
No era demasiado elegante.
Tampoco demasiado llamativo.
Perfecto para una cena de negocios.
Adrian estaba esperándome en la entrada.
Llevaba un traje oscuro.
Por supuesto.
Siempre parecía saber exactamente qué ponerse.
Me miró de arriba abajo.
No de una forma descarada.
Pero sí lo suficiente para que me diera cuenta.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Otra vez dices nada.
—Te queda bien.
—¿El vestido?
—Sí.
—Gracias.
Pasé junto a él.
Entonces sentí su mano en mi espalda.
Me detuve.
—¿Qué haces?
—Practicando.
—¿Practicando qué?
—Ser tu esposo.
Lo miré por encima del hombro.
—Puedes avisar antes de tocarme.
—Si te aviso cada vez que voy a tocarte, parecerá menos natural.
—¿Y qué propones?
Se acercó un poco.
—Que te acostumbres.
No supe qué responder.
Adrian abrió la puerta.
—Tenemos diez minutos.
Salí.
Pero durante todo el trayecto hasta el restaurante pude sentir todavía el calor de su mano en mi espalda.
La cena comenzó mejor de lo esperado.
Los miembros del consejo parecían satisfechos.
Sonreían.
Hacían preguntas.
Y nosotros respondíamos.
Adrian estaba sentado a mi lado.
Su mano descansaba sobre mi rodilla.
Al principio pensé que era parte de la actuación.
Hasta que me di cuenta de que llevaba varios minutos sin moverla.
Intenté concentrarme en la conversación.
—¿Y cómo se conocieron? —preguntó uno de los hombres.
Miré a Adrian.
Él me miró a mí.
—Fue complicado —respondió.
—¿Complicado?
—Ella no me soportaba.
Abrí los ojos.
—Eso es verdad.
Algunos rieron.
Adrian también.
—¿Y qué hizo para conquistarla?
—Nada.
Lo miré.
—¿Nada?
—Simplemente esperé.
—¿A que me cansara de rechazarte?
—Exactamente.
—Qué arrogante.
—Funcionó.
La mesa volvió a reír.
Yo intenté mantener la sonrisa.
Pero su mano seguía sobre mi rodilla.
Y cada vez que movía los dedos ligeramente, mi atención se iba directamente hacia él.
—Parecen muy unidos —comentó una mujer del consejo.
Adrian me miró.
—Lo estamos.
Sus palabras me hicieron quedarme quieta.
No porque fueran parte de la mentira.
Sino porque las dijo con tanta seguridad que durante un instante casi olvidé que aquello era una actuación.
Cuando terminó la cena, salimos al estacionamiento.
El aire estaba frío.
Me abracé a mí misma.
—¿Tienes frío? —preguntó Adrian.
—Un poco.
Sin decir nada, se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros.
—No hace falta.
—Lo sé.
—Entonces...
—Póntelo.
Lo miré.
—Gracias.
—De nada.
Caminamos hacia el coche.
Entonces escuchamos una voz.
—¡Señor Valenti!
Un fotógrafo.
Otra vez.
Adrian suspiró.
—Sonríe.
—Estoy cansada.
—Yo también.
—Entonces sonríe tú.
Se acercó.
—Los dos.
Me tomó de la cintura.
Esta vez no me aparté.
El fotógrafo levantó la cámara.
—¡Un poco más juntos!
Miré a Adrian.
—Esto es ridículo.
—Lo sé.
—¿Qué hacemos?
—Confía en mí.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, inclinó el rostro hacia el mío.
No me besó.
Solo apoyó su frente contra la mía.
Mi respiración se detuvo.
—Sonríe —susurró.
Lo hice.
El fotógrafo tomó varias fotografías.
Pero yo apenas podía pensar.
Porque estábamos demasiado cerca.
Porque podía sentir su respiración.
Porque sus manos seguían en mi cintura.
Y porque, por primera vez, no estaba segura de si quería que se apartara.
Cuando el fotógrafo finalmente se marchó, Adrian se separó.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí.
—Estás roja.
—Hace frío.
Él sonrió.
—Claro.
—No empieces.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
—Quizá.
Subimos al coche.
Y durante todo el camino de regreso ninguno de los dos mencionó lo ocurrido.
Ya en casa, subí directamente a mi habitación.
Cerré la puerta.
Apoyé la espalda contra ella.
Y respiré.
¿Qué me estaba pasando?
No había ocurrido nada.
Ni siquiera me había besado.
Solo había acercado su rostro al mío.
Solo había puesto una mano en mi cintura.
Solo había sostenido mi mirada durante unos segundos.
Nada.
Absolutamente nada.
Entonces, ¿por qué seguía sintiendo su cercanía?
Me puse el pijama y fui al baño.
Cuando regresé, escuché un golpe en la puerta.
—¿Alessia?
Adrian.
—¿Qué quieres?
—¿Puedo entrar?
Miré la puerta.
—Sí.
Abrió.
Llevaba una camiseta negra y pantalones deportivos.
Sin traje.
Sin reloj.
Sin la imagen perfecta del heredero.
Solo Adrian.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué estás despierto?
—No puedo dormir.
Se quedó junto a la puerta.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Por la cena? —pregunté.
—Por todo.
—¿El artículo?
Asintió.
—Y por nosotros.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué pasa con nosotros?
Adrian se acercó.
—Creo que necesitamos cambiar algunas cosas.
—¿Como cuáles?
—No podemos seguir pareciendo dos personas que viven en la misma casa.
—Pero eso es exactamente lo que somos.
—En privado.
Se detuvo frente a mí.
—En público somos otra cosa.
—Lo sé.
—No.
Su voz bajó.
—Creo que todavía no lo entiendes.
—Explícame.
Me miró durante unos segundos.
—Si alguien sospecha que nuestro matrimonio es falso, buscarán pruebas.
—Ya lo sé.
—Entonces tenemos que empezar a confiar más el uno en el otro.
—¿Y cómo se supone que hacemos eso?
—Pasando tiempo juntos.
—Ya vivimos juntos.
—Pero cada uno vive por su lado.
No respondí.
Porque tenía razón.
—Podemos empezar por pequeñas cosas —continuó—. Cenar juntos. Ver una película. Desayunar juntos. Salir juntos cuando no haya eventos.
—¿Y eso qué cambia?
—Todo.
Lo miré.
—¿Por qué?
Adrian dio un paso más.
—Porque si vamos a fingir que somos una pareja...
Su mirada bajó brevemente a mis labios.
—...tenemos que aprender cómo se siente estar cerca.
Mi respiración se volvió más lenta.
—¿Y si no quiero?
—Entonces me dices que pare.
Aquella respuesta me sorprendió.
No insistió.
No intentó acercarse más.
Simplemente esperó.
Y quizá fue precisamente eso lo que hizo que no retrocediera.
—Está bien —susurré.
Adrian asintió.
—Está bien.
Se giró para marcharse.
—Adrian.
Se detuvo.
—¿Sí?
—Lo de antes...
—¿Qué cosa?
—En el estacionamiento.
Me miró.
—¿Sí?
—No vuelvas a hacerlo sin avisarme.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces tendré que avisarte la próxima vez.
—No habrá próxima vez.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Pero su sonrisa decía otra cosa.
Y cuando cerró la puerta detrás de él, me quedé mirando el lugar donde había estado.
Algo estaba cambiando.
Muy lentamente.
Casi sin que nos diéramos cuenta.
Y quizá el verdadero peligro de nuestro acuerdo no era enamorarnos.
Quizá era empezar a disfrutar demasiado de fingir que lo estábamos.
Porque esa noche, mientras intentaba dormir, hubo una pregunta que no pude sacar de mi cabeza:
¿Qué pasaría si algún día dejaba de ser una actuación?




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