Hasta que dejemos de fingir

Una línea demasiado fina

—Porque estoy nerviosa.

Adrian bajó la mirada hacia nuestras manos.

Seguía sosteniendo la mía.

—No tienes por qué estarlo.

—Eso es fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene a un fotógrafo esperando que hagas algo romántico.

—Podríamos darle lo que quiere.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa eso?

Adrian no respondió inmediatamente.

Sus ojos recorrieron mi rostro y se detuvieron un instante en mis labios.

Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.

—Una fotografía —dijo finalmente—. Nada más.

—¿Qué tipo de fotografía?

—Una que parezca real.

—Eso no me tranquiliza.

Él sonrió ligeramente.

—No voy a hacer nada que no quieras.

Aquello consiguió tranquilizarme un poco.

Solo un poco.

—Entonces, ¿qué propones?

Adrian soltó mi mano.

Durante un segundo pensé que todo había terminado.

Pero entonces pasó un brazo alrededor de mi cintura.

Mi cuerpo se tensó inmediatamente.

—Adrian...

—Respira.

—Estoy respirando.

—No parece.

—Porque estás demasiado cerca.

—Entonces mírame.

Lo hice.

Y fue un error.

Porque sus ojos estaban demasiado cerca.

Porque su expresión había cambiado.

Ya no parecía estar jugando.

Ya no parecía el hombre arrogante que había conocido en aquella oficina.

Parecía concentrado.

Serio.

Como si realmente estuviera intentando descubrir qué estaba pensando.

—¿Así? —preguntó.

Asentí lentamente.

—Así.

—Bien.

El pulgar de su mano rozó apenas mi cintura.

Fue un movimiento casi inconsciente.

Pero lo sentí.

Y él también debió darse cuenta porque se quedó quieto.

—¿Está bien?

Tragué saliva.

—Sí.

La cámara volvió a sonar al otro lado de la calle.

Adrian inclinó ligeramente el rostro.

No llegó a besarme.

Solo acercó su frente a la mía.

Nuestros cuerpos quedaron separados por apenas unos centímetros.

—Sonríe —susurró.

Intenté hacerlo.

Pero en lugar de mirar a la cámara, terminé mirándolo a él.

Y durante un instante olvidé completamente que estábamos fingiendo.

El fotógrafo se marchó unos minutos después.

Adrian se apartó primero.

—Listo.

Me quedé quieta.

—Sí.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

Él asintió.

Pero antes de alejarse por completo, bajó la mirada hacia mi mano.

—Tienes mi pulsera.

Miré mi muñeca.

No me había dado cuenta.

Una pulsera negra, sencilla, que él llevaba habitualmente, estaba alrededor de mi muñeca.

—¿Cuándo...?

—Debí habértela quitado anoche.

—¿Y por qué estaba conmigo?

Adrian se encogió de hombros.

—No lo sé.

Lo miré.

—¿Me la prestaste?

—Supongo.

—No recuerdas.

—No.

Me quité la pulsera.

—Toma.

Él extendió la mano.

Pero cuando fui a colocársela, nuestros dedos se rozaron.

Fue apenas un contacto.

Un segundo.

Nada.

Y, sin embargo, ambos nos quedamos quietos.

Adrian levantó la mirada.

Yo también.

Ninguno dijo nada.

Hasta que él retiró la mano.

—Vamos.

Asentí.

Y entramos en la casa.

No hablamos durante varios minutos.

Yo fui directamente a la cocina.

Necesitaba agua.

Muchísima.

Abrí el refrigerador y saqué una botella.

—¿Quieres?

—Sí.

Le pasé otra.

Adrian se apoyó contra la encimera.

—Tenemos que hablar.

Casi me atraganté.

—Eso nunca empieza bien.

—Lo sé.

Bebió un poco de agua.

—Lo de esta mañana...

—Fue parte del trato.

—Sí.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

—No exactamente.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

Dejó la botella sobre la encimera.

—Creo que estamos cruzando una línea.

Sentí un extraño vacío en el estómago.

—¿Qué línea?

—La que habíamos establecido.

—¿La de no enamorarnos?

—Entre otras.

—No estoy enamorada de ti.

La respuesta salió tan rápido que casi sonó como una defensa.

Adrian me observó.

—Yo tampoco.

Silencio.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Que esto está empezando a sentirse demasiado natural.

Bajé la mirada.

No quería admitir que había pensado exactamente lo mismo.

—Solo estamos aprendiendo a actuar.

—Quizá.

—Es eso.

—Quizá.

Lo miré de nuevo.

—¿Por qué dices "quizá" como si no estuvieras seguro?

Adrian soltó una respiración lenta.

—Porque no estoy seguro.

No esperaba que fuera tan honesto.

—¿De qué?

—De dónde termina la actuación y dónde empieza lo real.

No supe qué decir.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Tomé mi botella y me alejé.

—No deberíamos pensar demasiado en eso.

—Probablemente.

—Tenemos un problema mayor.

—El artículo.

Asentí.

—Exactamente.

Y la conversación terminó.

O eso creí.

Esa tarde recibimos una llamada del abogado Bennett.

Nos pidió que fuéramos a la oficina.

El motivo era sencillo.

El artículo había provocado preguntas.

Demasiadas.

Cuando llegamos, Bennett estaba sentado detrás de su escritorio con varios documentos frente a él.

—Siéntense.

Adrian tomó asiento.

Yo me senté a su lado.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Bennett entrelazó las manos.

—El consejo de Moretti Group está empezando a cuestionar el matrimonio.

Mi corazón se hundió.

—¿Por qué?

—La publicación de esta mañana.

—¿Qué tiene que ver?

—Todo.

Deslizó una carpeta hacia nosotros.

—Alguien está difundiendo la teoría de que su matrimonio fue diseñado para que Alessia conserve su herencia.

Miré a Adrian.

—Pero eso...

Me detuve.




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