La mañana siguiente empezó con una sensación extraña.
No había ocurrido nada.
Y, sin embargo, sentía que algo había cambiado.
Quizá era porque la noche anterior Adrian me había dicho que yo no era una herramienta.
Quizá porque había tomado mi mano sin que hubiera una cámara delante.
O quizá porque, por primera vez, había empezado a preguntarme qué significaban realmente algunos de sus gestos.
Me quedé unos minutos mirando el techo antes de levantarme.
—Esto es ridículo —murmuré.
Me senté en la cama.
—No estoy enamorada de él.
Lo dije en voz alta.
Como si necesitara convencerme.
—No estoy enamorada de Adrian Valenti.
Silencio.
—Solo estamos aprendiendo a convivir.
Eso sonaba mejor.
Más lógico.
Más seguro.
Me levanté y fui al baño.
Media hora después bajé a la cocina.
Esperaba encontrar a Adrian trabajando.
Pero no estaba.
Sobre la mesa había una taza de café.
Y junto a ella, una pequeña nota.
Para ti.
No sabía cómo lo tomabas, así que lo hice como ayer.
Miré la taza.
Después la nota.
Sonreí sin querer.
—Idiota.
Tomé un sorbo.
Estaba exactamente como me gustaba.
Me quedé quieta.
Él había estado prestando atención.
Ese pensamiento me produjo una sensación extraña.
Entonces escuché pasos.
—¿Qué haces?
Me giré.
Adrian estaba entrando en la cocina.
Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas y el cabello ligeramente desordenado.
—Nada.
Miró la taza.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Bien.
—Gracias.
Se sentó frente a mí.
—De nada.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Sí.
—Mentira.
Lo miré.
—¿Cómo sabes?
—Tienes cara de no haber dormido.
—Gracias por el cumplido.
—No era un cumplido.
—Ya lo sé.
Sonrió.
—¿En qué pensabas?
Bajé la mirada.
—En nada.
—Otra mentira.
—¿Por qué supones que todo lo que digo es mentira?
—Porque eres terrible mintiendo.
—Eso es bastante irónico viniendo de ti.
Adrian soltó una risa.
—Touché.
Por primera vez, desayunamos sin hablar de negocios.
Sin hablar del contrato.
Sin hablar del consejo.
Solo nosotros.
Y eso me gustó.
Demasiado.
Después del desayuno, Adrian recibió una llamada.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Tenemos que irnos.
—¿Adónde?
—A la empresa.
—¿Por qué?
—Mi padre convocó una reunión.
Suspiré.
—¿Otra vez?
—Esta vez es diferente.
—¿Qué significa eso?
—Quiere que estés presente.
Me quedé mirándolo.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa.
La palabra volvió a sentirse diferente.
Mi esposa.
No sabía por qué.
Quizá porque últimamente Adrian la pronunciaba como si significara algo más que una simple condición del contrato.
—Está bien.
Me levanté.
—Dame veinte minutos.
—Diez.
—Quince.
—Doce.
—Quince.
—Doce.
—Eres insoportable.
—Y tú tardas demasiado.
—Quince.
Adrian sonrió.
—Quince.
Cuando llegamos a Valenti Holdings, había varias personas esperando en la sala de reuniones.
Reconocí a algunos de la cena.
También estaba el padre de Adrian.
Su expresión se endureció apenas nos vio entrar.
Adrian puso una mano en mi espalda.
—Buenos días.
—Adrian.
Después miró hacia mí.
—Señorita Moretti.
—Señor Valenti.
—Siéntense.
Adrian tomó asiento.
Yo me senté a su lado.
La reunión comenzó.
Hablaron de cifras.
De proyectos.
De decisiones empresariales.
Yo intentaba seguir la conversación, aunque algunos temas eran demasiado técnicos.
Hasta que el padre de Adrian dejó un documento sobre la mesa.
—Tenemos otro asunto.
Adrian lo miró.
—¿Cuál?
—La prensa.
—Ya lo sé.
—No parece.
—¿Qué quieres decir?
Su padre me miró.
—Desde que te casaste, la empresa ha recibido demasiada atención.
Adrian apretó la mandíbula.
—¿Y qué quieres que haga?
—Demostrar que tu matrimonio es estable.
—Lo es.
Su padre soltó una pequeña risa.
—Llevas casado menos de un mes.
—Eso no significa que no pueda ser estable.
—No.
La mirada del hombre volvió hacia mí.
—Pero significa que todavía no sabemos qué clase de matrimonio es este.
Sentí la tensión en el pecho.
Adrian tomó mi mano debajo de la mesa.
Fue discreto.
Pero suficiente.
—Es nuestro matrimonio —dijo.
Su padre lo miró.
—Entonces compórtate como un hombre casado.
Adrian no respondió.
—Habrá una gala el sábado —continuó su padre—. Quiero que asistan juntos.
—Estaremos allí.
—Y quiero que dejen de parecer dos personas que están cumpliendo una obligación.
Aquella frase me hizo levantar la mirada.
El padre de Adrian nos observaba atentamente.
—Quiero ver afecto —añadió—. No una actuación.
El corazón me dio un vuelco.
Adrian mantuvo la calma.
—No tienes que preocuparte.
—Espero que no.
La reunión terminó poco después.
Pero la frase se quedó conmigo.
Quiero ver afecto.
Apenas salimos de la sala, solté la mano de Adrian.
—Tu padre es aterrador.
—Te acostumbrarás.
—No quiero acostumbrarme.
—Yo tampoco.
Caminamos por el pasillo.
—¿Qué vamos a hacer el sábado?
—Ir a la gala.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Me refiero a lo otro.
Adrian se detuvo.
—¿A qué?
—A parecer una pareja real.
Me miró.
—Tendremos que ser más cariñosos.
Editado: 29.09.2026