El mensaje seguía en mi teléfono.
No importaba cuántas veces lo leyera.
No importaba que lo hubiera cerrado.
No importaba que hubiera dejado el teléfono sobre la mesa y me hubiera alejado.
Seguía ahí.
Sé que tu matrimonio es falso.
Y debajo:
Y sé exactamente dónde está el contrato.
Sentí un escalofrío.
Lo peor no era que alguien supiera que nuestro matrimonio había comenzado como un acuerdo.
Lo peor era la segunda frase.
Sé exactamente dónde está el contrato.
Eso significaba que aquella persona no estaba adivinando.
Sabía que existía.
Y sabía algo más.
Algo que nosotros no habíamos contado.
Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos antes de subir las escaleras.
Adrian estaba en su habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Golpeé suavemente.
—¿Adrian?
No respondió.
Volví a golpear.
—¿Puedo entrar?
—Sí.
Abrí.
Estaba sentado frente al escritorio con el portátil encendido y varios documentos extendidos.
Levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
No contesté inmediatamente.
Cerré la puerta detrás de mí.
—Tenemos un problema.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó?
Le entregué el teléfono.
Adrian leyó el mensaje.
Su mandíbula se tensó.
Lo leyó una segunda vez.
Después levantó la mirada hacia mí.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Hace unos minutos.
—¿Quién tiene tu número?
—Mi familia. Tú. Bennett. Algunas personas de la empresa...
—¿Alguien más?
—No lo sé.
Adrian tomó el teléfono.
—¿Te ha escrito antes?
—No.
—¿Te llamó?
—No.
Se quedó mirando el número.
—No aparece registrado.
—¿Puedes rastrearlo?
—No directamente.
—Entonces estamos igual.
—No.
Adrian se levantó.
—No estamos igual.
—¿Qué quieres decir?
Se acercó a mí.
—Si esa persona sabe dónde está el contrato, significa que tuvo acceso a información que solo unas pocas personas conocen.
—¿Quiénes?
—Yo.
—Yo.
—Bennett.
—Tu padre.
—Mi abogado.
—Y alguien que estuvo presente cuando se preparó el acuerdo.
Me crucé de brazos.
—¿Estás pensando en alguien?
—Todavía no.
—Adrian.
—No quiero acusar a nadie sin pruebas.
—Pero tienes una sospecha.
No respondió.
Y eso fue suficiente.
—¿Quién?
—No importa.
—Sí importa.
—Alessia...
—¡Es mi vida!
Mi voz salió más alta de lo que esperaba.
Adrian se quedó quieto.
Respiré profundamente.
—Perdón.
—No tienes que disculparte.
—Sí.
—No.
Se acercó un poco.
—Entiendo que estés asustada.
—No estoy asustada.
—Estás temblando.
Miré mis manos.
Era cierto.
Las cerré.
—No quiero que nadie arruine esto.
Adrian frunció ligeramente el ceño.
—¿Esto?
Me di cuenta de lo que había dicho.
—Nuestro acuerdo.
—Claro.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Algo en su expresión cambió.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué hablas.
—La de cuando estás pensando demasiado.
Adrian soltó una pequeña risa.
—Tú haces lo mismo.
—Porque tenemos un problema.
—Lo sé.
Se quedó mirándome.
—Pero vamos a solucionarlo.
—¿Cómo?
—Mañana iremos a ver a Bennett.
—¿Y esta noche?
—Esta noche no haces nada.
—¿Nada?
—No respondes el mensaje.
—¿Y si vuelve a escribir?
—Me llamas.
—¿A cualquier hora?
—A cualquier hora.
Lo miré.
—¿En serio?
—En serio.
—Está bien.
Me giré para salir.
—Alessia.
Me detuve.
—¿Sí?
Adrian señaló el teléfono.
—No borres el mensaje.
—¿Por qué?
—Puede servirnos como prueba.
Asentí.
Abrí la puerta.
—Buenas noches.
—Alessia.
Volví a mirarlo.
—¿Sí?
—Cierra con llave.
Sentí un escalofrío.
—Adrian...
—Hazlo.
Asentí.
Y cerré la puerta.
No pude dormir.
Cada pequeño ruido de la casa me hacía abrir los ojos.
El viento golpeaba las ventanas.
Las ramas rozaban el cristal.
El reloj parecía avanzar demasiado lento.
A las dos de la mañana me levanté para beber agua.
Cuando salí al pasillo, vi luz en la cocina.
Adrian.
Bajé.
Estaba sentado en la mesa con el portátil delante.
—¿Tú tampoco duermes?
Levantó la mirada.
—No.
—Deberías.
—Tú también.
Me serví agua.
—No puedo.
—Yo tampoco.
Me senté frente a él.
Durante unos segundos no dijimos nada.
—¿Sigues pensando en el mensaje? —preguntó.
—Sí.
—Yo también.
—¿Crees que nos están siguiendo?
Adrian dudó.
—No lo sé.
—Eso no ayuda.
—Prefiero decirte la verdad.
—Gracias.
Me quedé mirando la mesa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Dónde está el contrato original?
Adrian levantó la mirada.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque el mensaje dice que saben dónde está.
—Está seguro.
—¿Dónde?
—En una caja fuerte.
—¿Aquí?
—No.
—¿En la empresa?
—Tampoco.
—Entonces, ¿dónde?
Adrian se quedó en silencio.
—No puedo decírtelo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque si alguien está intentando encontrarlo, cuantas menos personas sepan su ubicación, mejor.
—Yo soy parte del contrato.
—Lo sé.
—Entonces tengo derecho a saberlo.
—No quiero ponerte en peligro.
—Adrian.
—No.
Su tono fue firme.
—Esta vez no.
Me levanté.
—¿Sabes qué? No necesito que decidas por mí.
—No estoy decidiendo por ti.
Editado: 29.09.2026