Hasta que dejemos de fingir

La carta que lo cambio todo

La hoja temblaba entre mis dedos.

No sabía si era por el frío, por el miedo o por la sensación de que acababa de abrir una puerta que quizá jamás debí tocar.

Volví a leer la primera línea.

“Si algún día Alessia llega a leer esto, significa que el acuerdo ya comenzó.”

Mi respiración se detuvo.

—No puede ser...

Matteo permaneció sentado frente a mí.

Adrian estaba de pie a mi lado, inclinado sobre la mesa.

Ninguno de los dos decía nada.

—¿Qué acuerdo? —pregunté.

Matteo negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Encontré la carta hace dos días.

Lo miré.

—¿Hace dos días?

—Sí.

—¿Y por qué no me la enseñaste?

Matteo bajó la mirada.

—Porque no sabía si debía hacerlo.

—¡Es una carta de nuestro abuelo!

—Precisamente.

Su respuesta me dejó en silencio.

Matteo tomó aire.

—Cuando murió, encontré una caja entre sus cosas. No era una caja normal. Tenía documentos familiares, escrituras antiguas, algunas fotografías y varias cartas.

—¿Y esta?

—Estaba escondida debajo de todo.

Adrian tomó la hoja con cuidado.

—¿Puedo?

Se la entregué.

Sus ojos recorrieron las líneas.

—Está fechada hace seis años.

Fruncí el ceño.

—¿Seis años?

—Sí.

—Pero eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque hace seis años yo ni siquiera sabía quién era Adrian.

Él levantó la mirada.

—Yo tampoco sabía quién eras tú.

Una sensación extraña me recorrió el cuerpo.

Volví a mirar la carta.

—Entonces ¿por qué mi abuelo estaba hablando de un acuerdo?

Matteo abrió la carpeta.

—Eso es lo que tenemos que descubrir.

Adrian pasó la página.

Había más texto.

Mi abuelo hablaba de una alianza entre dos familias.

No mencionaba nombres directamente.

Pero había suficientes detalles para reconocerlas.

Moretti.

Valenti.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Nuestros abuelos se conocían?

—Eso parece —respondió Adrian.

—¿Y nuestros padres lo sabían?

Matteo negó.

—No estoy seguro.

—Mi padre jamás me habló de esto.

—El mío tampoco —dijo Adrian.

Lo miré.

—¿Tu padre sabía de mi abuelo?

—Probablemente.

—¿Y nunca dijo nada?

Adrian cerró la carta.

—Eso es lo que me preocupa.

Pasamos casi una hora revisando cada documento.

Había contratos antiguos.

Fotografías.

Acuerdos comerciales.

Recortes de periódicos.

Algunos nombres aparecían una y otra vez.

Pero había algo que no lograba entender.

—Aquí.

Señalé una fotografía.

Mi abuelo aparecía junto a un hombre mayor.

Lo reconocí después de unos segundos.

—Ese es el padre de Adrian.

Adrian tomó la fotografía.

Su expresión cambió.

—Sí.

—¿Sabías que conocía a mi abuelo?

—Sabía que habían hecho negocios juntos.

—¿Nada más?

—Nada más.

Matteo dejó escapar un suspiro.

—Miren la fecha.

Nos acercamos.

2004.

—Hace más de veinte años —murmuré.

Adrian dio vuelta la fotografía.

En la parte posterior había una frase escrita a mano.

“El comienzo de algo que nuestros hijos terminarán.”

Me quedé inmóvil.

—Nuestros hijos...

Adrian también lo leyó.

—Eso no significa necesariamente lo que estás pensando.

Lo miré.

—¿Y qué estoy pensando?

—Que nuestras familias planearon esto.

—¿No lo crees?

—No quiero creerlo.

Su respuesta fue sincera.

Demasiado sincera.

Matteo dejó escapar un suspiro.

—Entonces tenemos que hablar con nuestros padres.

—No —dije inmediatamente.

Ambos me miraron.

—Primero quiero saber qué significa esto.

—Alessia...

—Si preguntamos directamente, pueden mentirnos.

Adrian asintió lentamente.

—Tiene razón.

Matteo lo miró.

—¿Desde cuándo estás de acuerdo con ella?

Adrian levantó una ceja.

—Desde que descubrí que suele tener razón más veces de las que me gustaría admitir.

Lo miré.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te acostumbres.

Sonreí sin querer.

Y durante unos segundos olvidé completamente la carta.

Hasta que mi mirada volvió a caer sobre ella.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué significa “el acuerdo ya comenzó”?

Adrian me miró.

—No lo sé.

—Pues vamos a descubrirlo.

Aquella noche nadie quiso irse.

Matteo terminó quedándose en una de las habitaciones de invitados.

Adrian y yo nos quedamos en el salón.

La casa estaba en silencio.

Demasiado silenciosa.

Yo tenía las piernas recogidas sobre el sofá.

Adrian estaba sentado en el otro extremo.

Entre nosotros había una mesa llena de documentos.

—¿No vas a dormir? —pregunté.

—No.

—Yo tampoco.

—Ya me había dado cuenta.

Sonreí ligeramente.

—Qué observador.

—Es parte de mi encanto.

—No sabía que tenías.

—Yo tampoco.

Volví a reír.

Fue pequeño.

Pero real.

Y por alguna razón, me gustó.

Adrian me observó durante unos segundos.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque acabas de reírte.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

—No lo haces mucho.

—Tú tampoco.

—Exacto.

—Entonces estamos empatados.

Él sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Casi invisible.

Pero estaba ahí.

Y sentí algo extraño en el pecho.

Aparté la mirada.

—Tenemos que concentrarnos.

—Sí.

Silencio.

—Alessia.

—¿Sí?

—¿Tienes miedo?

La pregunta me tomó desprevenida.

Miré la carta.

—Sí.

No intenté ocultarlo.

—Mucho.

Adrian se quedó callado.

—¿Tú?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.