No pude apartar la mirada del teléfono de Adrian.
El mensaje seguía allí.
“Pregúntale a Alessia por qué su abuelo nunca quiso que ella conociera a Gabriel.”
Debajo apareció otro.
“Y pregúntale qué pasó la noche en que él desapareció.”
Sentí que el cuerpo se me quedaba completamente quieto.
No podía respirar.
No podía pensar.
Solo podía escuchar aquella frase dentro de mi cabeza.
Si algún día alguien te pregunta por Gabriel, tú nunca lo conociste.
La voz de mi abuelo.
Su mano sobre mi hombro.
La puerta cerrándose.
Un hombre de pie al otro lado del pasillo.
Y después...
Nada.
—Alessia.
La voz de Adrian me devolvió al presente.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Te quedaste pálida.
Negué rápidamente.
—Estoy bien.
—No.
—Sí.
—No estás bien.
Guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Qué recuerdas?
Lo miré.
—No mucho.
—Pero recuerdas algo.
Tragué saliva.
—Una noche.
Adrian no dijo nada.
Esperó.
—Era pequeña.
—¿Cuántos años?
—Cinco. Quizá seis.
—¿Dónde estabas?
—En la casa de mi abuelo.
—¿Qué pasó?
Cerré los ojos.
La imagen volvió.
Un pasillo largo.
La luz amarillenta de una lámpara.
Mi vestido azul.
Un juguete en mis manos.
Y una voz masculina.
No podía recordar las palabras.
Solo el tono.
—Había alguien allí.
—¿Gabriel?
Abrí los ojos.
—No sé.
—¿Viste su rostro?
Negué.
—No completamente.
—¿Qué recuerdas?
Me llevé una mano a la frente.
—Era alto.
—¿Algo más?
—Llevaba un abrigo oscuro.
Adrian permaneció atento.
—¿Y después?
—Mi abuelo me encontró.
—¿Qué te dijo?
Lo miré.
—Que regresara a mi habitación.
—¿Y?
—Después me dijo que nunca había conocido a Gabriel.
Adrian frunció el ceño.
—¿Exactamente así?
—Sí.
—¿Y tú sabías quién era Gabriel?
—No.
—Entonces ¿por qué te dijo eso?
—No lo sé.
Me quedé mirando el suelo.
—Quizá por eso lo olvidé.
—¿Qué quieres decir?
—Era pequeña. Mi abuelo me dijo que no hablara de aquello. Después nadie volvió a mencionar el nombre.
Adrian se acercó.
—Alessia...
—No quiero seguir hablando de esto.
—Está bien.
—No quiero recordar.
—Entonces no lo hagas.
Lo miré.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no necesito que te obligues a recordar algo que te hace daño.
Su voz había perdido toda la frialdad habitual.
Era suave.
Demasiado suave.
Y eso me afectó más de lo que quería admitir.
—Gracias.
Adrian asintió.
Pero antes de que pudiera alejarse, lo tomé del brazo.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Sí?
—Quiero saberlo.
—¿Qué?
—Todo.
Me costaba decirlo.
—Aunque me asuste.
Adrian me sostuvo la mirada.
—Entonces lo descubriremos juntos.
La palabra volvió a aparecer.
Juntos.
Esta vez no me molestó.
A la mañana siguiente apenas había dormido.
Cuando bajé a la cocina, encontré a Adrian preparando café.
Me quedé unos segundos observándolo desde la puerta.
Tenía las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos y el cabello ligeramente desordenado.
No parecía el mismo hombre que conocí en aquella oficina.
Aquel Adrian parecía hecho de hielo.
Este...
Parecía humano.
—Buenos días —dijo sin girarse.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Escuché tus pasos.
—Eso es un poco inquietante.
—Vivo contigo.
—Cierto.
Me senté.
Adrian dejó una taza frente a mí.
—Sin azúcar.
Lo miré.
—¿Te acuerdas?
—Me acuerdo de muchas cosas.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Gracias.
Se sentó frente a mí.
Durante unos segundos bebimos café en silencio.
—Dormiste poco —dijo.
—Tú también.
—Yo pregunté primero.
—No tengo sueño.
—Tienes ojeras.
—Tú también.
—No cambies de tema.
Sonreí.
—Estás empezando a sonar como mi madre.
—Eso es preocupante.
—Muchísimo.
Por primera vez en toda la noche, me sentí un poco más tranquila.
Hasta que recordé la carta.
Y la sonrisa desapareció.
—Tenemos que hablar con Bennett.
—Sí.
—Y con mi padre.
Adrian asintió.
—También con el mío.
—¿Crees que nos dirán la verdad?
—No lo sé.
—Qué tranquilizador.
—Prefiero no prometerte algo que no puedo garantizar.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Tan... realista.
—Tú eres impulsiva.
—No soy impulsiva.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Quieres que te recuerde cómo aceptaste casarte conmigo?
—No.
—Entonces sí eres impulsiva.
Le lancé una mirada.
Él sonrió.
—Y tú eres insoportable.
—Lo sé.
—No era un cumplido.
—Tampoco el mío.
Nos quedamos mirándonos.
Y de repente comprendí que me gustaba aquello.
Las pequeñas discusiones.
Las bromas.
La forma en que empezábamos a conocernos sin proponérnoslo.
Eso era precisamente lo peligroso.
Nuestro acuerdo había sido sencillo cuando todo era distancia.
Pero ahora había pequeños detalles que ya no parecían formar parte de ningún contrato.
Como saber cómo tomaba el café.
O saber cuándo estaba fingiendo estar bien.
O saber que él no dormía cuando algo le preocupaba.
Eso no estaba escrito en ninguna cláusula.
Bennett llegó una hora después.
Matteo también.
Mi padre apareció diez minutos más tarde.
Y cuando vi su expresión al entrar en la sala, supe que algo no estaba bien.
—Papá.
Él me miró.
Editado: 29.09.2026