Hasta que dejemos de fingir

El hombre de la fotografía

La fotografía seguía abierta en la pantalla de mi teléfono.

No podía apartar los ojos de ella.

Mi padre.

Gabriel.

La casa de mi abuelo.

Y una fecha que pertenecía a una noche que mi familia llevaba dieciocho años intentando borrar.

—No —murmuré.

Adrian no dijo nada.

Estaba mirando la fotografía con la misma incredulidad que yo.

—Eso no puede ser mi padre.

—Alessia...

—No.

Negué otra vez.

—Mi padre dijo que no sabía qué había pasado.

—Lo sé.

—Dijo que buscó a Gabriel.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué aparece con él al día siguiente?

Adrian tomó el teléfono.

Amplió la imagen.

—La fotografía parece auténtica.

—¿Parece?

—No quiero afirmar algo que todavía no puedo comprobar.

Me aparté.

—Necesito hablar con mi padre.

—Sí.

—Ahora.

Adrian asintió.

Pero antes de que pudiéramos salir de la oficina, el padre de Adrian habló.

—No lo hagas.

Me giré.

—¿Qué?

—No vayas a buscarlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque si alguien te envió esa fotografía, quiere que lo hagas.

Adrian frunció el ceño.

—¿Estás diciendo que es una trampa?

—Estoy diciendo que alguien lleva años esperando este momento.

—¿Quién?

Su padre guardó silencio.

—Dímelo.

—No puedo.

Adrian soltó una risa seca.

—Claro. Otra persona que “no puede” decirnos la verdad.

—Adrian...

—Toda mi vida he escuchado lo mismo.

Su padre lo miró.

—Porque algunas verdades destruyen familias.

—Quizá algunas familias necesitan ser destruidas.

El silencio que siguió fue pesado.

Yo miré al hombre frente a nosotros.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

Su expresión cambió.

—No fue como crees.

—Entonces explícame cómo fue.

—Gabriel llegó a la casa de tu abuelo.

—Eso ya lo sabemos.

—Estaba herido.

Mi corazón se aceleró.

—¿Herido?

—Sí.

—¿Quién lo había lastimado?

—No lo sé.

—Pero mi padre estaba allí.

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo llegué después.

Adrian dio un paso hacia él.

—¿A qué hora?

—Cerca de medianoche.

—¿Y qué viste?

Su padre bajó la mirada.

—Vi a tu padre hablando con Gabriel.

—¿De qué?

—Del acuerdo.

—¿Qué acuerdo?

—El mismo que ustedes están descubriendo.

Me acerqué.

—¿Y qué pasó después?

Su padre respiró profundamente.

—Gabriel quería llevarse algo.

—¿Qué?

—Documentos.

—¿Cuáles?

—Pruebas.

Adrian frunció el ceño.

—¿Pruebas de qué?

—De quién había manipulado las cuentas.

—¿Quién?

Su padre levantó la mirada.

—No llegamos a descubrirlo.

—Eso no es verdad.

La frase salió de mi boca.

Todos me miraron.

—¿Por qué?

—Porque mi abuelo sabía quién era.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la carta.

Le expliqué lo que habíamos encontrado.

Su padre se quedó completamente quieto.

—Entonces la encontraron.

—Sí.

—¿Qué más decía?

—Que alguien dentro de nuestras familias estaba utilizando la alianza para obtener el control de las empresas.

El hombre cerró los ojos.

—Dios...

Adrian lo observó.

—Tú sabías.

—Sabía algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que Gabriel tenía razón.

El silencio volvió a caer.

—Entonces ¿por qué nadie lo ayudó?

Su padre miró a su hijo.

—Porque cuando intentamos hacerlo ya era demasiado tarde.

Salimos de aquella oficina casi una hora después.

No habíamos conseguido todas las respuestas.

Pero habíamos conseguido algo mucho peor.

Una certeza.

Mi padre había estado allí.

Y alguien quería que yo lo supiera.

Adrian caminaba a mi lado.

Yo iba en silencio.

—Estás pensando demasiado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevas cinco minutos caminando sin mirar por dónde vas.

Miré hacia delante.

—Estoy intentando entender.

—Lo sé.

—¿Y tú?

—Estoy intentando no enfadarme.

—¿Con quién?

—Con todos.

Solté una pequeña risa.

—Eso es bastante amplio.

—Mi lista de personas que me están ocultando cosas está creciendo.

—La mía también.

Llegamos al automóvil.

Adrian abrió la puerta para mí.

Antes de entrar, me detuve.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De todo esto.

Su expresión cambió.

—No.

—Ni siquiera ahora.

—Ahora menos que antes.

—¿Por qué?

Adrian se quedó mirándome.

—Porque si no hubiera aceptado aquel contrato, quizá nunca habría descubierto todo esto contigo.

Sentí algo extraño en el pecho.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí la responde.

—No.

—Alessia...

—Pregunto si te arrepientes de haberte casado conmigo.

Adrian guardó silencio.

Después se acercó.

—No.

Su respuesta fue firme.

—Ni siquiera un poco.

—¿Por qué?

—Porque cuando te conocí pensé que eras una complicación.

—Eso ya lo sabía.

—Ahora eres mi esposa.

—También lo sé.

—Y últimamente...

Se detuvo.

—¿Qué?

Su mirada recorrió mi rostro.

—Últimamente empiezo a olvidar que alguna vez fue solo un contrato.

No supe qué decir.

Adrian abrió la puerta.

—Sube.

Entré.

Él rodeó el automóvil.

Pero antes de arrancar, nuestras miradas se encontraron.

Y por primera vez ninguno de los dos fingió que aquello no significaba nada.

Llegamos a casa al caer la tarde.

Mi padre no había respondido ninguna de mis llamadas.

Eso solo conseguía aumentar mi ansiedad.

Adrian dejó las llaves sobre la mesa.

—Voy a preparar algo de comer.

Lo miré.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Sabes cocinar?




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