Hasta que dejemos de fingir

Nunca se fue

La nota seguía en el suelo.

“Si quieren encontrar a Gabriel, no busquen al hombre que desapareció.”

Mis ojos recorrieron la segunda línea.

“Busquen al hombre que nunca se fue.”

No entendía.

O quizá no quería entender.

Adrian se agachó y recogió el papel.

—No lo toques demasiado.

—¿Por qué?

—Podría tener huellas.

Lo miré.

—¿Desde cuándo sabes hacer eso?

—Desde que mi familia empezó a convertirse en una novela criminal.

A pesar de todo, una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

—Qué mal momento para bromear.

—Lo sé.

Guardó la nota en un sobre que encontró sobre la mesa.

—Tenemos que salir de aquí.

—¿Y si regresa?

—Precisamente.

No discutí.

Salimos de la habitación y recorrimos el pasillo rápidamente.

La casa parecía más oscura que antes.

Cada crujido hacía que mirara hacia atrás.

Cuando llegamos a la puerta principal, Adrian se detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

Señaló el suelo.

Había barro.

Huellas recientes.

Alguien había entrado.

Y no éramos nosotros.

—¿Cuándo llegaron? —pregunté.

—Probablemente mientras estábamos dentro.

—Entonces todavía puede estar aquí.

Adrian tomó mi mano.

—No te separes de mí.

—No pensaba hacerlo.

Salimos.

El aire frío me golpeó el rostro.

Caminamos hasta el automóvil.

Adrian abrió la puerta.

Antes de entrar, miré hacia la casa.

Una cortina se movió en una de las ventanas.

Me quedé quieta.

—Adrian.

—¿Qué?

Señalé.

Él miró.

La cortina volvió a quedarse inmóvil.

—¿Viste eso?

—Sí.

Adrian cerró la puerta.

—Sube.

—Pero...

—Ahora.

Entré.

Él arrancó el automóvil.

Mientras nos alejábamos, miré por el espejo retrovisor.

La casa desapareció lentamente entre los árboles.

Pero aquella sensación no desapareció.

Alguien nos había estado observando.

Y sabía exactamente lo que estábamos buscando.

No hablamos durante varios minutos.

Yo seguía mirando por la ventana.

Adrian conducía con las dos manos sobre el volante.

—¿Qué estás pensando?

—En la nota.

—Yo también.

—“El hombre que nunca se fue.”

—Sí.

—¿Y si Gabriel nunca desapareció?

—Entonces alguien hizo creer a todos que lo había hecho.

—¿Por qué?

—Para protegerlo.

—¿O para esconderlo?

Adrian no respondió.

—También está lo que dijo ese hombre.

—¿Sobre tu padre?

Asentí.

—Dijo que tenía que descubrir quién es mi verdadero padre.

Adrian apretó la mandíbula.

—Eso puede haber sido una manipulación.

—Lo sé.

—No significa que sea verdad.

—También lo sé.

—Entonces no te castigues pensando en eso.

Lo miré.

—¿Cómo haces eso?

—¿Qué?

—Separar lo que sabes de lo que temes.

Adrian soltó una pequeña risa.

—No siempre puedo.

—Pareces hacerlo.

—Es porque no me conocías antes.

—Quizá todavía no te conozco.

Adrian me miró durante un segundo.

—Quizá.

Nuestros ojos se encontraron.

Fue apenas un instante.

Pero bastó para que volviera a sentir aquel extraño cosquilleo.

Aparté la mirada.

—Conduce.

—Eso estoy haciendo.

—Entonces deja de mirarme.

—Tú me estabas mirando.

—No.

—Sí.

—Adrian.

Sonrió.

—Está bien.

Llegamos a casa cerca de las nueve.

Mi padre había llamado.

Solo había dejado un mensaje.

“Tenemos que hablar. Ven solo.”

Lo escuché dos veces.

Adrian me miró.

—No vas sola.

—Dice que vaya sola.

—Precisamente por eso no vas.

—Es mi padre.

—Y alguien nos está siguiendo.

—No sabemos eso.

Adrian sacó el teléfono.

Me mostró una fotografía.

Era nuestro automóvil.

Tomada desde lejos.

—La recibí hace diez minutos.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién la envió?

—Número desconocido.

—¿Y qué decía?

Adrian giró la pantalla.

“No la pierdas de vista.”

Sentí un nudo en el estómago.

—Esto ya no es normal.

—Hace mucho dejó de serlo.

Me senté.

—¿Qué hacemos?

Adrian se sentó frente a mí.

—Primero, averiguamos dónde está tu padre.

—¿Y después?

—Después descubrimos quién nos está vigilando.

—¿Y Gabriel?

—También.

—¿Y si está vivo?

Adrian me sostuvo la mirada.

—Entonces lo encontraremos.

A la mañana siguiente fuimos a la empresa.

Necesitábamos acceder a los archivos antiguos.

El edificio estaba lleno de empleados.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Subimos al piso privado.

Bennett estaba allí.

Cuando nos vio, se puso de pie.

—¿Dónde estuvieron anoche?

—En la casa de verano.

Su rostro cambió.

—¿Quién les dijo que fueran allí?

—Nadie.

—Alessia, no debieron hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque ese lugar no es seguro.

—¿Cómo sabes que no es seguro?

Bennett se quedó callado.

Adrian dio un paso adelante.

—Porque estabas allí.

Bennett palideció.

—¿Qué?

Le mostramos la fotografía.

La tomó.

Durante unos segundos no dijo nada.

—¿De dónde la sacaron?

—De la casa.

—Entonces encontraron el archivo.

—Sí.

Bennett cerró los ojos.

—Dios.

—Queremos la verdad —dije.

—No saben lo que están buscando.

—Precisamente por eso estamos aquí.

Bennett se sentó.

Parecía agotado.

—Gabriel no desapareció aquella noche.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué?

—Se fue.

—¿Por qué?

—Porque estaba en peligro.

—¿Quién quería hacerle daño?




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