Hasta que el invierno aprenda tu nombre

Capitulo 1

La lluvia había comenzado antes del amanecer.

No era una tormenta fuerte, sino una de esas lluvias silenciosas que parecían cubrir el mundo con una tristeza imposible de explicar. Las gotas resbalaban por los ventanales del Hospital Santa Isabel, deformando las luces de la ciudad hasta convertirlas en manchas borrosas.

A las seis y cuarenta y siete de la mañana, el vestíbulo ya estaba lleno.

Personas con el rostro cansado esperaban noticias de familiares internados. Enfermeras caminaban de un lado a otro con expedientes entre los brazos. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el del desinfectante, creando ese olor tan característico de los hospitales, uno que parecía quedarse impregnado en la ropa incluso después de marcharse.

En medio de aquel ir y venir apareció él.

Vestía un traje negro impecable, una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata del mismo tono oscuro. Sus zapatos brillaban tanto que reflejaban las luces del techo. Caminaba con paso firme, sin mirar a nadie, como si el resto del mundo desapareciera a su alrededor.

Era Adrián De la Vega.

Con apenas treinta años, había construido un imperio empresarial que lo convertía en uno de los empresarios más exitosos del país. Las revistas hablaban de él como un genio de los negocios. Los periódicos seguían cada uno de sus movimientos. En las entrevistas sonreía poco y respondía todavía menos.

Su tiempo valía millones.

Y, aun así, aquella mañana habría dado toda su fortuna por cambiar el motivo que lo llevaba hasta ese hospital.

Su madre.

La mujer que le había enseñado a leer cuando apenas era un niño.

La misma que trabajó dos empleos durante años para pagar sus estudios.

La única persona que jamás lo había tratado como un hombre poderoso, sino simplemente como su hijo.

Dos semanas antes le habían diagnosticado leucemia.

La palabra seguía resonando dentro de su cabeza como un disparo.

Leucemia

Había contratado a los mejores especialistas.

Había conseguido consultas imposibles.

Había ofrecido tratamientos experimentales.

Pero por primera vez en su vida comprendía que había cosas que ni el dinero podía comprar.

Cuando llegó a la recepción, una enfermera levantó la vista.

—Buenos días, señor De la Vega.

Él respondió con un leve movimiento de cabeza.

—¿Cómo pasó la noche mi madre?

La mujer sonrió con amabilidad.

—Estable. Descansó un poco mejor.

No era una buena noticia.

Pero tampoco era mala.

Y en un hospital eso bastaba para seguir respirando.

Mientras esperaba el ascensor, observó a las personas que lo rodeaban.

Un niño dormía sobre las piernas de su padre.

Una anciana tejía un pequeño gorro azul.

Una mujer rezaba en silencio sujetando un rosario entre las manos.

Todos compartían la misma expresión.

Miedo

No importaba cuánto dinero tuvieran.

No importaban sus profesiones.

En aquel edificio todos eran iguales.

Todos esperaban un milagro.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Adrián subió solo.

Durante el trayecto, el reflejo del acero le devolvió la imagen de un hombre agotado.

Llevaba días sin dormir más de tres horas.

Su barba comenzaba a notarse.

Las ojeras oscurecían su mirada.

El CEO admirado por miles de personas parecía haberse quedado vacío.

Cuando las puertas volvieron a abrirse, salió hacia el área de hematología.

El pasillo estaba en silencio.

Solo se escuchaban los pitidos constantes de los monitores.

Llegó frente a la habitación 412

Respiró hondo antes de entrar.

Su madre dormía.

El cabello comenzaba a perder volumen.

Su piel estaba más pálida que nunca.

Sin maquillaje.

Sin aquella energía que siempre iluminaba cualquier lugar.

Adrián tomó una silla y se sentó junto a ella.

Le sujetó la mano.

Pequeña

Frágil

Sintió un nudo en la garganta.

—Voy a sacarte de aquí... —susurró.

Ella abrió lentamente los ojos.

Sonrió

Siempre sonreía.

—¿Otra vez tan temprano?

—Tenía una reunión... la cancelé.

—Mentiroso.

Él soltó una risa muy breve.

—¿Cómo te sientes?

—Como una anciana.

—No lo eres.

—Déjame exagerar un poquito.

Permanecieron varios minutos hablando de cosas insignificantes.

Del clima.

De las flores del jardín.

De una receta que ella quería preparar cuando regresara a casa.

Ninguno mencionó la enfermedad.

Era un acuerdo silencioso.

Hasta que la doctora llamó a la puerta.

Después de revisar algunos análisis, explicó el siguiente tratamiento.

Adrián escuchaba cada palabra.

Cada cifra.

Cada porcentaje

Como si intentara encontrar una rendija por donde colarse la esperanza.

Cuando la médica terminó, él salió de la habitación para responder una llamada de la empresa.

La pantalla del teléfono no dejaba de iluminarse.

Inversionistas

Directivos

Abogados

El mundo seguía girando.

Aunque el suyo se hubiera detenido.

Contestó con voz firme.

Resolvió tres problemas en menos de diez minutos.

Firmó documentos digitales.

Autorizó una compra millonaria.

Cuando terminó, guardó el teléfono con fastidio

Nunca había odiado tanto su trabajo

Al volver hacia la habitación de su madre, decidió pasar por la cafetería del hospital

Necesitaba café.

Mucho café.

Mientras esperaba su turno, observó a las personas sentadas alrededor.

Una niña dibujaba arcoíris con crayones.

Un joven dormía sobre una mesa.

Una pareja compartía un desayuno en silencio.

Entonces la vio.

No sabía su nombre.

No sabía quién era.

Solo vio una figura femenina junto a la ventana.

Llevaba un gorro de lana color vino que cubría por completo su cabeza.




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