Hasta que el invierno aprenda tu nombre

Capitulo 2

El silencio duró apenas unos segundos.

El café goteaba lentamente desde la manga del traje de Adrián hasta el brillante suelo de la cafetería. Varias personas voltearon a mirar, esperando una reacción.

Él respiró hondo.

—¿Te parece gracioso? —preguntó con una voz fría.

La sonrisa de la joven desapareció al instante.

—No... perdón. Cuando me pongo nerviosa me río. Es una mala costumbre.

Bajó la mirada y comenzó a buscar servilletas con desesperación.

—Lo siento muchísimo.

Tomó un puñado de servilletas y trató de limpiar la mancha del saco.

Adrián dio un paso hacia atrás.

—No hace falta.

—De verdad fue un accidente.

—Lo sé.

Ella levantó la vista por primera vez.

Tenía unos ojos grandes, color miel, cansados, pero llenos de vida. Su piel era tan pálida que contrastaba con el gorro de lana que cubría su cabeza.

Adrián notó que llevaba una pulsera de identificación del hospital.

Era paciente.

Su expresión cambió apenas un instante.

—Perdón otra vez.

—No te preocupes.

Se dio media vuelta para marcharse.

—¡Espere!

Él se detuvo.

—¿Sí?

Ella sacó un pequeño billete arrugado del bolsillo de su sudadera.

—No creo que alcance para el traje... pero al menos déjeme pagarle otro café.

Adrián la observó unos segundos.

No pudo evitar pensar que aquella propuesta era absurda.

Un traje de diseñador arruinado... y una desconocida ofreciéndole dinero para un café.

Por primera vez en días sintió ganas de sonreír.

Pero no lo hizo

—Guarda tu dinero.

—Insisto.

—No

Ella hizo un pequeño gesto de derrota.

—Bueno... al menos ya no está tan enojado.

Él arqueó una ceja.

—¿Quién dijo que ya no lo estoy?

Ella soltó una risa suave.

—Porque si siguiera enojado ya me habría regañado.

Antes de que pudiera responder, una enfermera apareció apresurada.

—¡Elena! Aquí estabas.

La joven giró.

—Perdón, Sofía.

—Tu médico lleva diez minutos buscándote

—Ya voy.

La enfermera miró a Adrián.

—Disculpe el accidente.

—No fue nada.

Cuando la enfermera comenzó a alejarse, Elena volvió la cabeza.

—Señor del traje negro...

Él la miró.

—Espero que tenga un día un poquito menos horrible.

Y volvió a sonreír.

Después desapareció por el pasillo.

Durante el resto de la mañana, Adrián no consiguió dejar de pensar en aquella chica.

No por el accidente.

Sino por la forma en que había sonreído

¿Cómo podía alguien sonreír así dentro de un hospital?

Cuando regresó a la habitación de su madre, la encontró despierta, leyendo una novela.

—¿Qué te pasó en el traje?

Adrián bajó la vista.

La enorme mancha seguía allí.

—Un accidente.

—¿Con quién?

—Con una chica.

Su madre sonrió con picardía.

—¿Bonita?

—Mamá...

—Solo pregunto.

—Fue un accidente.

—Ajá

—En serio.

—Nunca hablas de mujeres.

—Porque no hay nada que contar.

Ella cerró el libro.

—Tal vez deberías empezar.

Adrián negó con la cabeza.

No tenía espacio para el amor.

No mientras su madre luchaba por su vida.

Mientras tanto, en otra parte del hospital...

Elena caminaba lentamente por el pasillo de oncología.

Su sonrisa había desaparecido.

Entró en la habitación 417.

Se quitó el gorro con cuidado.

No quedaba casi nada de su cabello.

Frente al espejo respiró profundamente.

Todavía le costaba acostumbrarse.

Sobre la mesita descansaba una fotografía.

En ella aparecía una niña de diez años con largas trenzas, sonriendo junto a una mujer.

Su madre

Habían pasado cinco años desde que falleció.

Desde entonces, Elena enfrentaba la vida prácticamente sola.

Una enfermera llamó a la puerta.

—¿Lista para la quimioterapia?

Elena cerró los ojos un instante.

—Nunca se está lista... pero adelante.

Las siguientes horas fueron eternas

El medicamento recorría lentamente sus venas.

El cuerpo le dolía.

El estómago comenzaba a revolverse

Cada sesión parecía robarle un poco más de fuerza.

Sin embargo, cuando otra paciente comenzó a llorar por miedo, Elena estiró la mano y tomó la suya.

—Todo va a estar bien.

La mujer la miró.

—¿Cómo puedes decir eso?

Elena sonrió.

—Porque alguien tiene que creerlo.

Aunque, en el fondo, ella ya conocía la verdad.

Su cáncer había regresado.

Otra vez

Los médicos ya no hablaban de curarla.

Hablaban de ganar tiempo.

Semanas

Meses

Nadie podía asegurarlo.

Pero Elena había escuchado suficientes conversaciones detrás de las puertas para entender lo que estaba ocurriendo.

Y aun así .....

Seguía sonriendo.

Porque no quería que la compadecieran.

Esa tarde, Adrián salió de la habitación de su madre para despejar la mente.

Sin darse cuenta, terminó en el jardín interior del hospital.

Había bancos de madera, flores blancas y una pequeña fuente.

Entonces volvió a verla.

Elena estaba sentada alimentando a unos gorriones con pequeñas migas de pan.

Reía sola mientras una paloma insistía en subirse al banco.

Por un instante, Adrián olvidó que estaban en un hospital.

Parecía una escena completamente ajena al dolor.

Sin saber por qué, caminó hasta ella.

—¿Otra vez usted? —dijo Elena al verlo acercarse.

—Parece que este hospital insiste en cruzarnos.

—O tal vez usted me está siguiendo.

—No lo creo.

—Qué alivio.

Adrián soltó una risa muy discreta.

Era la primera risa sincera que escapaba de sus labios desde el diagnóstico de su madre.

Elena lo notó

—Ahí está.

—¿Qué cosa?

—Su sonrisa.

—No estaba sonriendo




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