Hasta que el invierno aprenda tu nombre

Capitulo 3

El jardín del hospital permanecía en silencio.

Solo se escuchaba el murmullo de la fuente y el canto de algunos pájaros que parecían ignorar que aquel lugar estaba lleno de despedidas.

Adrián y Elena permanecieron sentados unos minutos sin hablar.

Era un silencio extraño.

No resultaba incómodo.

Simplemente... compartían el mismo cansancio

—¿Siempre vienes aquí? —preguntó Adrián finalmente.

Elena asintió.

—Cuando me dejan salir de la habitación.

—¿Te ayuda?

Ella sonrió mientras observaba una pequeña mariposa posarse sobre unas flores blancas.

—Me recuerda que el mundo sigue existiendo allá afuera.

Adrián siguió su mirada.

—Nunca lo había pensado.

—La mayoría de la gente entra a un hospital creyendo que el tiempo se detiene.

—¿Y no es así?

—No

Ella negó despacio.

—Los autos siguen pasando. Los niños siguen yendo a la escuela. La gente sigue enamorándose, peleando, riendo... El mundo no se detiene porque nosotros estemos aquí.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente de Adrián.

No eran las palabras de alguien que se rindiera.

Eran las de alguien que había aprendido a convivir con el dolor.

—Señor De la Vega.

La voz de uno de sus asistentes rompió el momento.

El joven se acercó apresurado con una carpeta en la mano.

—Disculpe la interrupción. Los inversionistas de Londres ya están conectados para la videoconferencia.

Adrián cerró los ojos un instante.

Había olvidado por completo aquella reunión.

—Cinco minutos.

—Insisten en que sea ahora.

Elena soltó una pequeña risa.

—Vaya... parece que ser importante es muy agotador.

Adrián tomó la carpeta.

—Más de lo que imaginas.

—Pues vaya a salvar empresas.

—¿Y tú?

—Yo me quedaré aquí intentando convencer a esa paloma de que deje de robarme el pan.

Él volvió a sonreír, casi sin darse cuenta.

Antes de irse, la observó una vez más.

Había algo en ella que no lograba explicar.

No era solo su sonrisa.

Era la forma en que hablaba de la vida.

Como si cada minuto tuviera un valor inmenso.

Esa tarde, después de terminar la interminable videoconferencia desde una sala privada del hospital, Adrián decidió pasar por la florería del vestíbulo.

Su madre siempre había amado las flores.

Especialmente los lirios blancos.

—Buenos días —saludó la florista.

—Quiero un ramo de lirios.

Mientras la mujer preparaba el arreglo, Adrián recordó la mariposa que Elena había observado en el jardín.

Sin pensarlo demasiado, preguntó:

—¿Puede hacer otro ramo?

—Claro

—Uno... más pequeño.

—¿Para quién?

Él dudó.

Ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo.

—Para una paciente.

La florista sonrió.

—¿Qué flores le gustan?

Adrián guardó silencio.

No tenía idea.

Entonces recordó algo.

Aquellas flores blancas del jardín.

—Margaritas.

—Son una hermosa elección.

Cuando ambos ramos estuvieron listos, los tomó y caminó hacia los elevadores.

Primero entró en la habitación 412.

Su madre sonrió apenas vio las flores.

—Sabía que traerías lirios.

—Nunca cambiarás de favoritas.

Ella las acomodó con cuidado sobre la mesa.

—¿Y el otro ramo?

Adrián miró las margaritas.

—Es para... una chica.

Su madre abrió mucho los ojos.

—¡Lo sabía!

—No es lo que piensas.

—Ajá.

—Solo...

No encontró las palabras.

—Le debo un café.

Ella soltó una risa suave.

—Ve.

Encontrar la habitación 417 fue más difícil de lo que esperaba.

Cuando finalmente llegó, levantó la mano para tocar la puerta.

Pero escuchó voces desde dentro.

—Los resultados no son buenos.

Era un médico.

Adrián se quedó inmóvil

—La quimioterapia ya no está respondiendo como esperábamos.

Silencio

Después habló Elena.

Su voz era tranquila

Demasiado tranquila.

—¿Cuánto tiempo?

El corazón de Adrián dio un vuelco.

El médico tardó en responder.

—No podemos saberlo con exactitud.

—Pero...

Otro silencio.

—Meses

Tal vez menos.

Adrián sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

No quiso seguir escuchando.

Retrocedió lentamente antes de que alguien abriera la puerta.

Las margaritas seguían entre sus manos.

No entendía por qué aquella noticia le había dolido tanto.

Apenas conocía a esa chica.

Sin embargo...

La idea de que alguien capaz de sonreír de esa manera estuviera muriendo le resultaba insoportable.

Diez minutos después, Elena salió de la habitación.

Tenía los ojos ligeramente rojos.

Pero seguía sonriendo.

Al verlo en el pasillo, fingió sorpresa.

—Señor del traje negro.

Él levantó el ramo.

—Creo que te debo un café.

Ella miró las flores.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después tomó una margarita entre los dedos.

—Hace mucho que nadie me regalaba flores.

—Espero no haberme equivocado.

Ella acercó la flor a su rostro.

—Son perfectas.

Por primera vez, la sonrisa de Elena parecía esconder lágrimas.

—Gracias.

Adrián sintió un nudo en la garganta.

Ahora conocía la verdad.

Pero decidió no decir nada.

Ella tampoco mencionó la conversación con el médico.

Los dos fingieron que todo estaba bien.

Porque, a veces, fingir era la única forma de seguir adelante.

Mientras caminaban juntos por el pasillo, ninguno imaginaba que aquel sencillo ramo de margaritas sería el primero de muchos regalos... y el comienzo de un vínculo que cambiaría para siempre sus vidas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.