Hasta que el invierno aprenda tu nombre

Capitulo 4

Las margaritas permanecían entre las manos de Elena como si fueran un tesoro.

No podía recordar la última vez que alguien le había regalado flores sin que fuera por lástima o por una ocasión especial. En los hospitales, las flores casi siempre llegaban acompañadas de palabras como "recupérate pronto" o "todo saldrá bien".

Aquel ramo era diferente.

No llevaba una tarjeta.

No llevaba un mensaje.

Solo unas margaritas blancas... y un hombre que parecía no saber cómo expresar lo que sentía.

—Gracias —repitió Elena mientras caminaban por el pasillo.

Adrián se encogió ligeramente de hombros.

—No es nada.

—Sí lo es.

Él guardó silencio.

—Las personas casi nunca hacen cosas bonitas porque sí

—Yo no soy "las personas".

Elena sonrió.

—Eso empiezo a notarlo.

Al llegar a la cafetería, Adrián se dirigió al mostrador.

—Dos cafés, por favor.

Elena levantó una mano.

—El mío descafeinado.

—¿No puedes tomar café normal?

Ella hizo una mueca divertida.

—Mi médico dice que ya tengo suficientes problemas.

Adrián asintió con una leve sonrisa.

Se sentaron junto a la ventana, la misma donde se habían encontrado por primera vez.

La lluvia había cesado y algunos rayos de sol comenzaban a abrirse paso entre las nubes.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Fue Elena quien rompió el silencio.

—¿Siempre eres tan serio?

—Casi siempre.

—Debe ser agotador.

—Lo es.

—¿Y nunca sonríes?

—Muy pocas veces.

Ella lo observó con atención.

—Pues deberías hacerlo más.

¿Por qué?

—Porque cuando sonríes dejas de parecer un empresario millonario y pareces... una persona.

Adrián soltó una risa breve.

—Eso ha sido un cumplido bastante extraño

—Los mejores cumplidos siempre lo son

Las bebidas llegaron poco después.

Elena tomó un pequeño sorbo y cerró los ojos.

—Qué rico.

—¿Tanto te gusta el café?

—Muchísimo.

—Pensé que preferirías chocolate.

Ella negó con la cabeza.

—El chocolate es para los días felices.

—¿Y el café?

—Para los días difíciles.

Adrián bajó la mirada hacia su taza.

—Entonces entiendo por qué llevo tantos años tomándolo.

Elena dejó escapar una carcajada sincera.

Era una risa limpia, contagiosa, que hacía girar algunas cabezas en la cafetería.

Él no pudo evitar observarla.

Por un momento, era imposible imaginar que estuviera gravemente enferma.

Parecía simplemente una joven disfrutando de una conversación cualquiera.

Y quizá eso era lo que más le impresionaba.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Elena.

—Depende.

—¿Siempre has tenido tanto dinero?

Adrián negó lentamente.

—No.

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Mi madre trabajaba limpiando casas y mi padre murió cuando yo era niño.

Elena lo escuchó sin interrumpir.

—Hubo días en los que solo comíamos una vez.

—¿En serio?

—si

—No lo habría imaginado.

—Nadie lo imagina.

Miró por la ventana antes de continuar.

—Todo lo que tengo se lo debo a ella.

Elena sonrió con ternura.

—Entonces entiendo por qué haces todo lo posible por verla bien.

Adrián asintió.

—Es la única familia que me queda.

Elena bajó la mirada hacia su taza.

—Yo también perdí a la mía.

Él la miró con sorpresa.

—Mi mamá falleció hace cinco años.

—Lo siento.

—Y mi papá... nunca estuvo.

Volvió a sonreír, aunque esta vez había nostalgia en sus ojos.

—Supongo que por eso el hospital terminó convirtiéndose en mi segunda casa.

El silencio regresó.

Pero ya no era el silencio de dos desconocidos.

Era el de dos personas que empezaban a entender el peso que el otro llevaba sobre los hombros.

En ese momento, un niño de unos siete años pasó corriendo entre las mesas.

Tropezó.

Su vaso de jugo salió volando...

...y cayó directamente sobre la camisa de Adrián.

El niño abrió los ojos con terror.

—¡Perdón!

Elena no pudo contener la risa.

Adrián se quedó inmóvil unos segundos y luego miró la nueva mancha sobre su ropa.

Suspiró.

Después, para sorpresa de todos, comenzó a reír.

Una risa auténtica.

El niño respiró aliviado.

—Creo que hoy la ropa decidió declararme la guerra —dijo Adrián.

El pequeño sonrió y salió corriendo.

Elena lo miró divertida.

—Ya ves. El universo insiste en que dejes de usar trajes tan caros.

—Empiezo a creer que tienes razón.

Cuando terminaron el café, caminaron juntos hasta el ascensor.

Antes de despedirse, Elena sostuvo con cuidado el ramo de margaritas.

—Gracias por esto... y por el café.

—No tenías que agradecerlo.

—Claro que sí.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Ella dio un paso hacia atrás.

—Nos vemos mañana, señor del traje negro.

Adrián negó con una leve sonrisa.

—Creo que ya puedes dejar de llamarme así.

Ella inclinó la cabeza.

—Entonces... ¿cómo te llamas?

—Adrián

Ella extendió la mano.

—Mucho gusto, Adrián.

Él la estrechó con suavidad.

—Mucho gusto, Elena.

Por primera vez, ya no eran el hombre del traje negro y la chica que sonreía demasiado.

Ahora tenía nombre.

Y, sin saber, también empezaban a ocupar un lugar importante en la vida del otro.




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