A la mañana siguiente, Adrián llegó al hospital más temprano de lo habitual.
Las calles todavía estaban húmedas por la lluvia de la noche anterior, y el cielo permanecía cubierto por una capa de nubes grises. En otro momento, aquel clima le habría parecido deprimente. Sin embargo, desde hacía unos días, lo único que ocupaba su mente era la salud de su madre... y, aunque no quisiera admitirlo, también Elena.
Mientras caminaba por el vestíbulo, se sorprendió mirando hacia la cafetería.
No estaba.
Siguió hasta el ascensor, preguntándose por qué le importaba tanto.
Su madre lo recibió con una sonrisa cansada.
—Hoy llegaste pensando en otra cosa.
Adrián dejó el maletín sobre la silla.
—¿Por qué lo dices?
—Porque llevas cinco minutos mirando por la ventana y todavía no me has preguntado cómo pasé la noche.
Él sonrió con culpa.
—Perdón. ¿Cómo amaneciste?
—Un poco mejor.
Después de hablar un rato, ella lo observó con atención.
—¿Vas a visitar a tu amiga?
Adrián levantó la vista.
—No es mi amiga.
—Todavía.
Él negó con la cabeza, pero no discutió.
Su madre parecía disfrutar molestándolo.
—Ve. Yo estaré bien un rato.
Frente a la puerta de la habitación 417, Adrián dudó.
No sabía si debía tocar.
No quería interrumpir.
Finalmente, dio dos golpes suaves sobre la puerta.
—Pase.
La voz de Elena sonó más débil que el día anterior.
Al entrar, la encontró sentada junto a la ventana, envuelta en una manta. Sobre la mesa descansaban las margaritas que él le había regalado, colocadas con cuidado en un pequeño florero de cristal.
—No sabía si estabas descansando.
Ella sonrió.
—Si estuviera dormida, habría fingido que no escuché.
Él soltó una pequeña risa.
Era increíble lo fácil que ella conseguía romper su seriedad.
—Veo que las flores sobrevivieron.
—Les cambio el agua dos veces al día.
—Las estás consintiendo demasiado.
—Son las primeras flores que siento que llegaron porque alguien pensó en mí... no porque sintiera lástima.
Aquellas palabras golpearon a Adrián.
Porque él sí había sentido compasión cuando escuchó la conversación con el médico.
Pero ahora entendía que eso no era lo que lo llevaba hasta esa habitación.
Había algo más.
Algo que todavía no podía nombrar.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
Elena hizo un gesto ambiguo con la mano.
—Depende de qué parte de mí preguntes.
—¿Cómo así?
—Mi cuerpo dice que no.
Sonrió
—Pero mi corazón está teniendo una buena semana.
Adrián la miró sin comprender.
—¿Y eso por qué?
—Porque hice un nuevo amigo.
Él permaneció en silencio unos segundos.
Después respondió con una voz más suave.
—Yo también.
Pasaron casi una hora conversando.
Hablaron de películas.
De libros
De música
Descubrieron que ambos adoraban las noches lluviosas y el aroma de los libros nuevos.
También descubrieron que eran completamente opuestos.
Adrián organizaba toda su vida con horarios.
Elena decidía sobre la marcha.
Él nunca improvisaba.
Ella decía que los mejores momentos eran los que nadie planeaba.
—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando salga de aquí? —preguntó Elena.
—¿Qué?
—Comerme una hamburguesa enorme.
Adrián frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Te parece poco?
—Pensé que dirías viajar o algo así.
Ella negó con una sonrisa.
—La gente cree que los sueños siempre tienen que ser enormes.
Miró por la ventana.
—A veces sobrevivir un día más ya es un sueño suficientemente grande.
Él no supo qué responder.
Cada conversación con Elena parecía enseñarle algo.
Unos minutos después, llamaron a la puerta.
Entró la doctora.
—Buenos días, Elena.
Al ver a Adrián, sonrió con cortesía.
—¿Interrumpo?
—No, doctora.
La médica revisó el expediente y tomó algunas notas.
—Hoy tendremos que hacerte algunos estudios.
Elena asintió sin quejarse.
Como si ya estuviera acostumbrada.
Cuando la doctora salió, Adrián preguntó con cuidado:
—¿Te da miedo?
Ella tardó unos segundos en contestar.
Él la observó sorprendido.
—No lo parece.
—Porque aprendí que tener miedo no significa dejar de vivir.
Sus ojos se encontraron.
—Hay días en los que lloro.
Hay noches en las que pienso que ya no puedo más.
Pero cuando amanece...
Sonrió.
—...prefiero regalarle una sonrisa al mundo antes que dejar que el miedo me robe otro día.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
Nunca había conocido a alguien como ella.
Antes de salir hacia los estudios, Elena tomó una de las margaritas del florero.
La arrancó con cuidado y se la ofreció.
—Toma.
Él la miró confundido.
—¿Para mí?
—Así estamos a mano.
Tú me regalaste muchas.
Yo te regalo una.
Adrián aceptó la flor con una delicadeza que ni él mismo sabía que tenía.
—Gracias.
Ella sonrió
—No la pierdas., porque cuando esa margarita se marchite...Volverás a tener que traerme otra.
Él respondió casi sin pensar.
—Entonces tendré que seguir viniendo.
Por un instante, ninguno de los dos habló.
Solo se miraron.
Y ambos sintieron que aquel hospital, lleno de dolor y despedidas, comenzaba a convertirse también en el lugar donde estaba naciendo algo que ningúno de ellos se pensaba.