El viento de otoño arrastraba las hojas secas por la entrada del campus, Cloe ajustaba su mochila con nerviosismo; sus manos temblaban y tenía la cabeza baja, intentando hacerse más pequeña intentando pasar desapercibida por la marea de estudiantes que estaba a su alrededor. Esta era la oportunidad perfecta para ella de empezar de cero, lejos de los murmullos que hacían que su pecho le doliera. El nudo de su panza no se debía tan solo al comienzo de las clases sino al sentimiento de ser esa chica que se la pasaba sola en los rincones, la que nadie terminaba de comprender.
Cloe se acomodó uno de sus rizos mientras caminaba con la mirada fija en sus zapatos mientras que un pensamiento rondaba en su mente: <<Sé normal, pasa desapercibida. Está vez todo será diferente>>. Pero en aquel lugar tan grande y lleno de vida Cloe sabía que no iba a poder mantener los ojos cerrados de las historias que se acumulaban en esos viejos edificios de ladrillo.
Buscó el aula 1-A; sus ojos recorrían cada cartel, y esquivando a los demás estudiantes logró llegar. El salón ya estaba lleno y el sonido de las conversaciones ajenas hacía que Cloe se sintiera pequeña. Buscaba un lugar libre donde pudiera esconderse, pero casi todos los asientos estaban ocupados; el pánico ya se le subía a la garganta.
Fue entonces cuando una chica de sonrisa radiante, que ya estaba en una de las mesas cruzó la mirada con ella, al notar los nervios de Cloe, la chica aparto su mochila y señaló el banco vacío que tenía al lado.
—¡hola! Siéntate aquí si quieres, está libre— le dijo ella, emocionada, antes de que Cloe pueda responder. —Por cierto, me llamó Lizi.
El corazón de Cloe se lleno de calidez. La amabilidad de Lizi era genuina y el gesto le ayudó a calmarse, pero el miedo de sentirse excluida, de pensar que si ella sabía cuál era su don haría que la deje de lado, actuo como un freno en su pecho.
—Gracias... Yo me llamo Cloe —logró responder con la voz temblorosa y una sonrisa nerviosa, mientras se sentaba de forma torpe y abría su libro fingiendo estar concentrada en la lectura.
Lizi pudo sentir el temblor de Cloe así que no la forzó a hablar, pero se quedó ahí, compartiendo ese espacio con ella, que hizo que Cloe sintiera en el pecho una pizca de esperanza.
La llegada del profesor cortó el murmullo general, dando inicio a la primera clase. Cloe mantenía su vista fija en sus apuntes mientras el profesor contaba un poco sobre la historia del campus. A su lado estaba Lizi prestando mucha atención, mientras hacía pequeños dibujos en los márgenes de su cuaderno.
La campana sonó anunciando el final de la lección, el profesor alzó la voz:
—No lo olviden, la próxima semana deben de entregar un ensayo sobre la historia sobrells orígenes del edificio central. Usen el archivo histórico del campus.
Cloe empezó a guardar sus cosas con rapidez sintiéndose mucho más tranquila. Había sobrevivido a su primer día, sin embargo, antes de que pudiera tomar su mochila y salir del salón, Lizi se giro hacia ella con una sonrisa brillante.
—¿Oíste eso? Ya tenemos nuestro primer trabajo.—dijo Lizi, guardando sus bolígrafos
—.Todavía es temprano, pensaba ir a echar un vistazo al archivo histórico para adelantar el trabajo. Está detrás de la cafetería, junto a la vieja biblioteca, esa que se incendió hace años.¿Te parece bien si vamos juntas? Así nos ayudamos con el trabajo.
Al escuchar la palabra biblioteca,Cloe sintió un escalofrío que no estaba relacionado con el frío del otoño; era una vibración magnética que conocía bien. El lugar la estaba llamando y el don que intentaba ocultar, acababa de despertar.
Cloe tragó saliva, mientras se acomodaba uno de sus rizos; su instinto le decían que había algo más, una súplica de dolor y angustia que era arrastrado por el viento.
—Está bien...—logró responder, aunque su voz temblaba—.Vamos.
Caminaron en silencio pisando el pasto del patio, dejando atrás el bullicio de la cafetería.
A medida que se alejaban, el ambiente era más frío y denso. Lizi iba adelante guiando el camino, pero Cloe no necesitaba esas indicaciones; la misma energía del lugar se encargaba de atraerla.
Al doblar la esquina de un viejo edificio, el paisaje cambió por completo. Rodeado por la maleza detrás de las vallas ya oxidadas por el paso del tiempo, se alzaban los restos de la vieja biblioteca. Las paredes de piedra negra ya en mal estado gracias a el incendio que ocurrió hace años llenaban el espacio. El aroma a madera quemada y ceniza seguía congelada en el aire.
—Qué miedo...—susurró Lizi, deteniéndose a unos pasos de la estructura—.Dicen que ya nadie más viene aquí desde el accidente.
Cloe no podía hablar. Su mirada estaba fija en una de las viejas ventanas rotas del piso superior. Allí, entre el techo que había sido consumido en varias partes por el fuego, donde el hollín adornaba las paredes. Cloe notó de inmediato una silueta.
Era un chico de baja estatura como si el peso de la tragedia lo hubiera escondido entre los escombros. Con la pesadez en sus hombros y el cabello revuelto.
A pesar de la distancia sus ojos color miel se encontraron con los ojos oscuros de Cloe. Él tenía una mirada cargada de una tristeza y dolor tan profundo que hizo que a Cloe le faltara el aire.
Solo observaba sin moverse. Cloe notó que sus ojos se clavaron en ella; Cloe supo con nerviosismo qué el se había dado cuenta de lo imposible: después de tanto tiempo solo entre el hollín y las sombras, alguien del mundo de los vivos podía verlo.