El aire de la tarde se quedó helado de golpe enfrente de las ruinas. Cloe sintió un escalofrío subir por su espalda; no era por el frío viento que arrastraba las hojas secas, sino por la certeza de que esos ojos brillantes color miel no estaban mirando al vacío. La estaban mirando a ella.
Dio un paso hacia atrás involuntario, el crujir de un trozo de madera quemada bajo la suela de su zapato rompió el silencio.
—¿Cloe? ¿Te encuentras bien? Te quedaste como una estatua ahí, creo que la biblioteca ya cerró, tendremos que regresar mañana.—la voz de Lizi irrumpió a su lado, cortando el trance.
Lizi miraba su teléfono acomodándose su bolso en el hombro, ajena a la presencia fría entre los escombros.
Cloe intentaba disimular tragando saliva, mientras sus manos temblaban. Parpadeó un para de veces esperando que la figura se desvaneciera, pero no ocurrió.
El joven empezó a caminar hacia ella, con el cabello revuelto y la mirada fija en ella. Él extendió una de sus manos con cautela, queriendo rozar su hombro.
—Tú...—la voz de él resonó en la cabeza de Cloe, suave y algo temblorosa, erizándole la piel
—.Tú sí puedes verme.
Lizi caminó hasta posicionarse junto a Cloe, atravesando sin darse cuenta la figura del chico. Cloe intentó disimular apretando la correa de su mochila, pero su vista seguía en aquellos ojos color miel.
—Yo no me siento muy bien, Lizi. Adelántate a la parada, yo te alcanzo luego—logró decir Cloe en voz alta pero entre encortada, desviando su vista para que su amiga no notará la dirección de sus ojos.
Lizi asintió sin darle mucha importancia y caminó hacia la salida. En cuanto estuvo a solas, el chico la miró con una desesperación dolorosa.
—Por favor... Te pido que no te vayas—murmuró él, dando un paso más sin atraverse a tocarla—.No recuerdo porque estoy atrapada aquí. Yo solo sé que eres la primera persona que sabe que sigo aqui que sigo existiendo.
Cloe tragó saliva, jugando con un mechón de sus rizos, sintiendo una compasión incontrolable y una presión en el pecho. Miró hacia la salida para asegurarse de que Lizi ya se había ido y, a penas moviendo los labios para que nadie lo notara, le susurró.
—Mañana... volveré a la misma hora.
Los ojos color miel de aquel chico se iluminaron reflejando una pizca de esperanza, mientras Cloe daba media vuelta para alcanzar a su amiga, sus piernas temblaban ella tenía el corazón acelerado por la promesa que acababa de hacer.
Cloe caminó a paso apresurado hacia la parada de autobús; la cabeza le daba vueltas sentía las piernas pesadas. Al levantar la cabeza vio a Lizi levantando la mano de forma animada para hacerle señas cerca de la parada de autobús.
—Pensé que te habías perdido ahí adentro—comentó Lizi cuando Cloe la alcanzó, sacando de su mochila su tarjeta de transporte mientras el vehículo se detenía frente a ellas.
—No... Yo solo me distraje viendo el estado del viejo edificio es extraño que no se haya echo remodelación ahi todavía—mintió Cloe en un hilo de voz, subiendo los escalones del autobús con pasos cautelosos.
Se acomodó junto a la ventanilla mientras el transporte ponía marcha.
Apoyó la frente contra el frío cristal y miro hacia atrás. A través de las sombras y del polvo de la tarde el edificio junto a la figura del chico seguía ahí de pie entre las ruinas de la biblioteca, viéndola alejarse. Cloe apretó su mochila contra su pecho. Lizi se sentó junto a ella; en ese momento Cloe se dio cuenta de que su intento de vida tranquila acababa de dar un giro del que no habría retorno.