Se suponía que era el día más feliz de sus vidas.
El día en que todas las promesas dejarían de ser palabras y se volverían realidad. Una casa lejos del ruido, una mascota corriendo por el jardín, hijos con risas escandalosas, una vida construida con calma y amor. Todo aquello que Evelyn Harper y Lucas Bennett habían imaginado durante años estaba, por fin, a punto de comenzar.
Todo iba perfecto.
Demasiado perfecto.
Lucas esperaba en el altar con el corazón acelerado y las manos frías, frotándose los dedos para disimular el temblor. El jardín estaba cubierto de flores blancas, telas livianas moviéndose con la brisa, risas suaves y murmullos expectantes. El sol caía con la delicadeza justa, como si incluso el mundo quisiera acompañarlos en ese momento.
Entonces la vio.
Evelyn avanzaba lentamente del brazo de su padre, Thomas Harper, envuelta en un vestido blanco que parecía brillar con luz propia. Cada paso era firme, aunque su corazón latía con fuerza. Sonreía. No por nervios ni por costumbre, sino porque era feliz. De verdad feliz.
Lucas sintió que el aire le faltaba. Nunca la había visto tan hermosa. Nunca había estado tan seguro de nada.
Cuando estuvieron frente a frente y se tomaron de las manos, todo lo demás dejó de importar.
El juez comenzó a hablar, pero sus palabras se volvieron un murmullo lejano. El mundo se redujo a ese espacio entre ellos. No notaron el paso del tiempo. No escucharon a los invitados. Solo existían ellos dos, mirándose como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
—¿Aceptas…? —preguntó el juez.
—Acepto —respondieron ambos, casi al mismo tiempo.
Firmaron los papeles con manos temblorosas.
Entonces el juez sonrió, alzando un poco la voz para que todos escucharan:
—Los declaro marido y mujer… unidos desde hoy y para siempre, hasta que la muerte los separe.
Lucas inclinó el rostro hacia Evelyn y la besó.
Fue un beso lento, lleno de promesas, de futuros imaginados, de amor sincero.
Y entonces, todo estalló.
Primero fue un grito.
Luego otro.
Las puertas del salón que conectaba con el jardín se abrieron de golpe. Personas salieron corriendo, empujándose, cubiertas de sangre. Sus rostros estaban desencajados, los ojos vacíos, la ropa rasgada. Detrás de ellos, figuras se movían de forma antinatural, gruñendo, lanzándose sobre cualquiera que no lograra huir a tiempo.
Uno de ellos corrió directo hacia los novios.
—¡Evelyn! —gritó Margaret Harper.
No hubo tiempo para pensar.
Margaret se lanzó hacia la criatura sin dudarlo, como si el miedo no existiera, como si su cuerpo solo supiera proteger.
—¡CORRAN! —gritó con todas sus fuerzas.
El mordisco fue brutal.
La sangre salpicó el blanco del vestido, las flores, el suelo impecable que minutos antes había sido escenario de risas y aplausos. Más cuerpos se abalanzaron sobre ella, arrastrándola hacia el interior del caos.
—¡MAMÁ! —gritó Evelyn, paralizada, con la voz quebrándose.
Thomas la sujetó del hombro con fuerza. Tenía el rostro empapado en lágrimas, la mirada destrozada, pero la voz firme por pura desesperación.
—¡CORRE! —le ordenó—. ¡CORRE AHORA!
Evelyn negó con la cabeza, incapaz de moverse, incapaz de aceptar lo que estaba viendo.
Lucas la rodeó por la cintura, aferrándose a ella, conteniéndola como si su cuerpo pudiera anclarla a la realidad, sostenerla en medio del derrumbe.
—Estoy contigo —le susurró—. Mírame. Estoy aquí.
Ese abrazo fue lo único que la sostuvo.
Y entonces corrieron.
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El vestido blanco se le enredaba en las piernas mientras huían.
Evelyn no recordaba en qué momento la música se había transformado en gritos, ni cuándo las sonrisas se habían vuelto empujones desesperados. Solo sabía que la mano de Lucas seguía aferrada a la suya, fuerte, firme, como si soltarla significara aceptar que el mundo estaba colapsando.
—No me sueltes —dijo, con la voz quebrada.
—Nunca —respondió él, sin mirarla, concentrado en abrirse paso entre la multitud.
Las sirenas aullaban a lo lejos. Personas corrían en todas direcciones. Algunos caían. Otros gritaban nombres que nadie respondía. Nadie explicaba nada. Nadie entendía nada.
El sí, acepto aún resonaba en su mente cuando una figura apareció al final de la calle, moviéndose de una forma imposible.
Fue entonces cuando el miedo se volvió real.
El grupo logró mantenerse unido.
Al frente avanzaba Richard Bennett, decidido, acompañado por Ethan Cole y Ryan Walker, vigilando cada esquina.
En medio caminaban Helen Bennett, apoyada en Claire Morgan.
Y al final iban ellos tres: Thomas, Evelyn y Lucas, sin soltarse en ningún momento.
El vestido blanco dejó de ser blanco.
La boda quedó atrás.
Caminaron durante horas.
Cuando la noche cayó por completo y las calles quedaron peligrosamente silenciosas, encontraron la casa.
Era una vivienda aislada, de paredes claras y jardín descuidado. No había luces encendidas ni señales de movimiento. Parecía abandonada… o escondida del mundo.
—Entramos con cuidado —susurró Ethan.
La puerta se abrió sin resistencia.
Dentro, el aire olía a polvo y encierro. Revisaron cada habitación con el corazón acelerado, esperando encontrar algo peor. Pero no había cuerpos. No había sangre. Solo silencio.
—Está limpia —dijo finalmente Lucas.
El alivio fue inmediato y extraño, casi doloroso.
Evelyn se dejó caer en una silla de la cocina. Thomas permaneció de pie a su lado, apoyando una mano temblorosa sobre la mesa. Nadie habló durante largos segundos.
En una de las habitaciones encontraron un armario.
Ropa vieja, olvidada… pero limpia.
—Deberían cambiarse —dijo Helen con una suavidad que dolía—. No pueden seguir así.
Evelyn miró su vestido.
El blanco había desaparecido bajo manchas oscuras. Sangre seca. Recuerdos imposibles de borrar.