El día amaneció gris y silencioso.
Evelyn despertó sentada en el suelo de la sala, con la espalda apoyada contra la pared y el cuerpo entumecido. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego, la realidad regresó de golpe, pesada, asfixiante. El olor a polvo y encierro seguía suspendido en el aire, mezclado con el miedo de la noche anterior.
La casa seguía en pie.
Seguían vivos.
Lucas dormía a su lado, sentado también, con la cabeza inclinada hacia adelante. No la soltaba ni siquiera dormido. Su mano rodeaba la de ella con una firmeza casi desesperada, como si temiera que desapareciera si aflojaba el agarre. Evelyn observó su rostro cansado, las ojeras profundas, la tensión que no desaparecía ni en reposo.
Se movió con cuidado para no despertarlo.
En la cocina, Thomas revisaba una bolsa con provisiones, ordenándolas una y otra vez como si eso pudiera traer algo de control. Claire estaba sentada a la mesa, con una taza de agua entre las manos, sin beberla. Sus ojos estaban fijos en la pared.
—Tenemos que quedarnos un día más —dijo Thomas finalmente—. Descansar. Juntar lo que sirva. No podemos salir así.
Evelyn asintió en silencio. Nadie discutió.
Durante la mañana, la casa se llenó de movimientos lentos y cautelosos. Cada ruido hacía que alguien se detuviera. Revisaron cajones, armarios, mochilas. Encontraron latas, botellas de agua, linternas con poca batería, vendas improvisadas. Nada abundante, pero suficiente para sobrevivir un poco más.
Lucas recorrió la casa con una escoba en la mano, apartando restos de vidrio, asegurando puertas. Ethan revisaba ventanas, probando marcos, cerraduras, anotando mentalmente puntos débiles.
En la cochera, ambos revisaron el auto.
—El motor arranca —dijo Ethan—, pero no sé cuánto durará.
—Nos servirá cuando toque movernos —respondió Lucas—. No hoy.
Richard y Helen pasaron gran parte del día en la sala, sentados uno junto al otro, tomados de la mano. Helen miraba la puerta con insistencia, como si esperara escuchar pasos conocidos. Richard no decía nada; solo apretaba su mano un poco más cada vez.
Evelyn intentó comer, pero no pudo. El nudo en el estómago seguía ahí, recordándole que nada de eso era normal, que el mundo había cambiado para siempre.
Con el paso de las horas, la quietud comenzó a volverse insoportable.
El sol avanzó lento por el cielo cubierto, proyectando sombras largas dentro de la casa. Cada crujido de la madera, cada roce del viento contra las ventanas, hacía que alguien levantara la cabeza de golpe. Nadie lograba relajarse del todo. El descanso era una ilusión frágil.
Evelyn se sentó un momento en el sofá, abrazándose las rodillas. Observó a su alrededor: el polvo suspendido en el aire, una fotografía familiar colgada en la pared que no les pertenecía, una manta doblada con cuidado sobre el respaldo de una silla. Vestigios de una vida que ya no estaba allí. O que tal vez había terminado de forma violenta.
Lucas se acercó en silencio y se sentó a su lado.
—Cuando salgamos de aquí… —empezó, pero no terminó la frase.
Evelyn apoyó la cabeza en su hombro.
—Saldremos —dijo, más como una necesidad que como una certeza.
Él asintió, aunque sus ojos seguían atentos a cada ventana. No dejaba de pensar en sus padres, en lo tranquilos que parecían, en la forma en que su madre había insistido en limpiar la mesa como si la normalidad pudiera sostenerse con pequeños gestos.
En la cocina, Thomas afilaba un cuchillo con movimientos lentos y precisos. No hablaba, pero su mirada estaba cargada de una preocupación silenciosa. Sabía que ese día no era un descanso: era solo una pausa.
Cuando el cielo comenzó a oscurecerse otra vez, todos lo sintieron.
Nadie tuvo que decirlo.
La noche volvía.
Y con ella, algo más.
Se repartieron tareas: vigilar ventanas, asegurar puertas, no bajar la guardia. Nadie habló de dormir.
Fue entonces cuando la noche cayó de verdad.
La noche había caído pesada sobre la casa, espesa, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Evelyn estaba en la cocina, apoyada contra la encimera, observando cómo su padre, Thomas, revisaba por tercera vez la cerradura de la puerta lateral. Cada clic del metal resonaba demasiado fuerte en el silencio. Claire permanecía sentada a la mesa, con las manos entrelazadas, los nudillos blancos. Junto a la ventana, Ryan apartaba apenas la cortina, vigilando la oscuridad del exterior.
Nadie hablaba.
El silencio ya no era incómodo; era una advertencia.
En la sala, Richard y Helen conversaban en voz baja, repitiéndose que aquel lugar seguía siendo seguro, que solo debían resistir una noche más. En la cochera, Lucas y Ethan daban una última mirada al auto, hablando en murmullos sobre rutas posibles.
Entonces se escuchó un grito.
—¿Hola?… ¿Hay alguien ahí? ¡Por favor!
La voz venía de afuera. Débil. Desesperada.
Lucas se quedó inmóvil.
—No… —murmuró Ethan—. No abran.
El grito volvió, más cerca.
—¡Ayuda! Me mordieron… por favor…
Evelyn sintió que el estómago se le encogía.
Desde la sala, Helen se levantó de golpe.
—Es una persona —dijo, con la voz temblorosa—. No podemos dejarla ahí.
—Helen, espera —intentó decir Richard.
Pero ya era tarde.
Cuando abrieron la puerta, lo entendieron.
La persona apenas logró dar un paso adentro. Tenía la ropa empapada de sangre, la piel grisácea, la mirada perdida. Detrás de ella, en la oscuridad, se movían sombras. Muchas. Demasiadas.
Los zombis venían pegados a su espalda.
La puerta se abrió lo suficiente.
Y fue todo lo que necesitaron.
El primero entró lanzándose sin emitir sonido alguno.
Helen apenas alcanzó a emitir un grito ahogado antes de que la empujaran contra el suelo. Richard gritó su nombre, pero el ruido ya era ensordecedor. Cuerpos chocando, muebles volcándose, dientes, manos, gritos.