Hasta que la muerte nos separe

Seguir respirando

Evelyn no supo cuánto tiempo pasó escondida entre los autos.

El cuerpo le temblaba de una forma que no podía controlar, como si ya no le perteneciera. Cada respiración era ruidosa, torpe, demasiado fuerte para el silencio que la rodeaba. Tenía la mejilla apoyada contra el metal frío de un vehículo abandonado, y los dedos hundidos en la tela de su vestido, arrugándolo con desesperación, como si así pudiera anclarse a algo real.

A su lado, su padre seguía ahí.

No la soltaba.

Sentía su mano firme en el antebrazo, un recordatorio constante de que no estaba sola, de que todavía existía alguien más respirando junto a ella en medio de ese caos irreconocible. Evelyn cerró los ojos con fuerza, conteniendo el impulso de girar la cabeza, de mirar atrás, de buscar con la mirada un rostro que ya no estaba.

No mires.
No ahora.

Cuando los pasos finalmente se alejaron y los gruñidos se desvanecieron en la distancia, el silencio regresó. No fue un silencio de alivio, sino uno tenso, quebradizo, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento antes de volver a estallar.

—Evelyn… —susurró su padre, inclinado hacia ella—. Tenemos que movernos.

Ella asintió, aunque no estaba segura de cómo su cuerpo seguía obedeciéndole. Le dolían las piernas, los brazos, el pecho. Le dolía existir.

Se incorporaron despacio, cuidando cada movimiento. Claire apareció desde detrás de otro automóvil, con el rostro manchado de hollín y los ojos vidriosos. Ryan salió desde el lado opuesto, pálido, con la mandíbula apretada. Nadie dijo nada. No había preguntas que hacer. No había respuestas que pudieran soportarse.

Avanzaron por calles que ya no parecían calles.

La ciudad que Evelyn conocía había desaparecido. Donde antes había vitrinas iluminadas, ahora solo quedaban cristales rotos. Las puertas estaban abiertas o arrancadas de cuajo. Había mochilas abandonadas en el suelo, zapatos sin dueño, juguetes infantiles cubiertos de polvo y sangre seca.

Cada objeto era una historia interrumpida.

Evelyn caminaba mirando al frente, obligándose a no pensar. A no recordar el sonido de la música antes de que todo comenzara. A no recordar las risas. A no recordar la forma en que Lucas la había mirado minutos antes de que el mundo se quebrara.

Sobre todo, a no recordar el momento en que sus manos se separaron.

No mires atrás, se repetía.
Si miras atrás, no vas a poder seguir.

El amanecer los alcanzó cuando lograron refugiarse en una pequeña tienda de barrio. El vidrio del escaparate estaba hecho añicos, pero las rejas interiores seguían cerradas. No era seguro, no del todo, pero era lo mejor que tenían.

Ryan empujó una estantería caída contra la entrada mientras Claire se sentaba en el suelo, abrazándose las piernas. Su padre revisó el lugar en silencio, asegurándose de que no hubiera nadie más. Cuando terminó, se dejó caer junto a Evelyn.

Fue entonces cuando el peso cayó de golpe.

Las lágrimas llegaron sin aviso.

Evelyn se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido, pero el llanto la sacudió entera, silencioso, incontrolable. No era solo miedo. No era solo agotamiento. Era la ausencia. El vacío brutal de no saber si Lucas estaba vivo o muerto, de no haber podido despedirse, de no haberle dicho todo lo que aún llevaba dentro.

—Está vivo —dijo de pronto, casi sin voz.

Su padre giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué?

—Lucas —repitió, con la garganta cerrada—. Está vivo. Lo sé.

No tenía pruebas. No había visto nada que lo confirmara. Pero no era una idea, ni un deseo. Era una certeza que le nacía desde un lugar profundo, visceral. Algo que no podía explicar con palabras.

Las lágrimas siguieron cayendo.

—No… —susurró, negando con la cabeza—. No se lo pude decir.

Su padre frunció el ceño, confundido.

—¿Decirle qué…?

Evelyn tardó unos segundos en responder. El pecho le ardía como si estuviera a punto de romperse. Entonces, con un gesto lento, casi tembloroso, bajó la mano y la apoyó sobre su vientre.

El gesto fue pequeño.

Íntimo.

Devastador.

Su padre lo entendió al instante.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y una sola se deslizó por su mejilla antes de que pudiera contenerla. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza, envolviéndola como cuando era niña y el mundo parecía demasiado grande y demasiado cruel para enfrentarlo sola.

—Todo va a estar bien —le susurró, con la voz rota pero firme—. Vamos a llegar. Te lo prometo.

Evelyn se aferró a él, escondiendo el rostro en su pecho, dejando que el llanto saliera al fin.

—Él iba a saberlo el día de la boda… —dijo entre sollozos—. Iba a ser una sorpresa. En la fiesta…

Su padre cerró los ojos un instante, respirando hondo.

—Y lo sabrá —respondió—. Porque vas a llegar hasta él. Los dos van a llegar.

Evelyn asintió lentamente, apretando la mano contra su vientre, como si así pudiera protegerlo de todo lo que quedaba afuera.

Descansaron lo justo. Compartieron una botella de agua, una lata de comida que supo a nada. El silencio entre ellos no era incómodo; era pesado, cargado de pensamientos que ninguno se atrevía a decir en voz alta.

Cuando el sol estuvo más alto, se pusieron en pie otra vez.

El cuerpo de Evelyn protestó con cada movimiento. Sentía las piernas rígidas, la espalda tensa. Cada sonido la hacía sobresaltarse. Cada esquina podía esconder algo peor.

Pero caminaba.

Porque no tenía otra opción.

Mientras avanzaban, Evelyn pensó en la casa del campo. En las colinas suaves, en el camino de tierra que siempre parecía interminable, en la tranquilidad que habían imaginado tantas veces. Antes, ese lugar era un sueño. Ahora, era un objetivo. Un refugio. Una promesa.

—Si no llega hoy —dijo de pronto, con la voz firme a pesar del temblor—, llegará mañana. O pasado.

Claire levantó la mirada, dudosa.

—¿Y si…?




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