Lucas no recordó en qué momento exacto empezó a correr.
Solo sabía que sus pulmones ardían, que las piernas le dolían como si estuvieran a punto de fallarle y que el mundo entero parecía haberse reducido a una sola orden repetida una y otra vez en su cabeza:
No te detengas.
El aire entraba y salía de sus pulmones de forma irregular, quemándole la garganta. Cada vez que giraba la cabeza, veía movimiento. Demasiado movimiento. Sombras que se arrastraban, cuerpos que corrían, otros que ya no lo hacían.
Ethan iba delante de él, empujando una puerta, saltando una cerca, forzando una ventana rota con el hombro. Entraban a una casa y salían por otra. No había tiempo para cerrar puertas ni para comprobar si estaban a salvo. Apenas unos segundos para respirar, para escuchar… y volver a moverse.
En una de las casas, una mujer gritaba desde el fondo del pasillo. En otra, un hombre golpeaba una puerta cerrada con desesperación. Lucas no miró atrás. No podía. Cada segundo que dudara podía ser el último.
—¡Por aquí! —gritó Ethan, señalando una escalera.
Subieron de dos en dos, tropezando, apoyándose en la baranda para no caer. En el piso de arriba, un hombre herido se arrastraba por el pasillo, dejando un rastro oscuro detrás. Sus uñas raspaban el suelo. Lucas lo esquivó sin mirarlo.
No podía.
Si se detenía a pensar, si se detenía a sentir, no iba a poder seguir.
Saltaron por una ventana trasera y cayeron en un patio cubierto de maleza. Lucas cayó mal, el impacto le sacó el aire por un segundo, pero Ethan ya lo estaba levantando del brazo.
—¡Arriba! ¡Vamos!
Del otro lado de la reja, había más.
Siempre había más.
Zombis tambaleándose, heridos gritando, personas corriendo sin rumbo, empujándose, tropezando unas con otras. La ciudad entera parecía un animal herido, retorciéndose, devorándose a sí mismo.
—¡Esto no se acaba nunca! —jadeó Ethan, doblándose apenas para tomar aire.
Lucas no respondió. Tenía la garganta cerrada, no solo por el esfuerzo, sino por todo lo que estaba intentando no pensar.
La imagen de su padre gritándole que huyera seguía clavada en su cabeza. La voz. El tono. El “te amo” que no había tenido tiempo de responder.
Y Evelyn.
Lucas apretó los dientes con fuerza.
No ahora, se dijo.
Después. Si sobrevives.
Siguieron avanzando, cada vez más hacia el centro de la ciudad. Los edificios se volvieron más altos, más cercanos unos de otros. Las calles, más estrechas. El ruido se amplificaba entre las paredes de concreto, rebotando, confundiendo direcciones.
Un disparo sonó a lo lejos. Luego otro.
Un auto chocó contra una esquina y quedó con la bocina sonando de forma constante, un lamento mecánico que atrajo algo que ninguno de los dos quería ver.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Ethan—. Esto va a empeorar.
Lucas asintió, sin aliento.
Entraron a un edificio de oficinas casi a la fuerza. Las puertas estaban abiertas, una de ellas arrancada de las bisagras. El interior estaba a oscuras, olía a polvo y humedad. Subieron varios pisos por las escaleras, ignorando los carteles rotos y los papeles tirados, hasta que Ethan levantó la mano, indicando que pararan.
Se metieron en una habitación pequeña, sin ventanas, probablemente un archivo. Había estanterías metálicas, cajas tiradas en el suelo. Ethan empujó un mueble contra la puerta y apoyó el cuerpo contra él.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Solo respiraban.
Lucas se dejó caer contra la pared, deslizando hasta quedar sentado en el suelo. Le temblaban las manos. Le dolían las piernas, la espalda, los brazos. Le dolía el pecho, pero no por el esfuerzo. Cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás, intentando ordenar el caos dentro de su mente.
—Tenemos que decidir algo —dijo Ethan al fin—. No podemos seguir así, entrando y saliendo de lugares sin rumbo.
Lucas abrió los ojos lentamente.
—Lo sé.
El silencio volvió a instalarse, pesado. Afuera, los ruidos seguían. Pasos arrastrados. Golpes contra metal. Gritos lejanos. El fin del mundo no descansaba.
Lucas tragó saliva.
—Hay un lugar —dijo de pronto.
Ethan lo miró con atención.
—¿Qué lugar?
Lucas dudó un segundo, como si decirlo en voz alta pudiera hacerlo real… o romperlo.
—Una casa —continuó—. En una colina, fuera de la ciudad. No es grande, pero es segura. O lo era.
Ethan se apoyó contra la pared frente a él.
—¿Y cómo sabes?
Lucas bajó la mirada un instante, respiró hondo.
—Porque es nuestro plan.
Levantó la vista otra vez, con los ojos brillantes, cansados, pero decididos.
—Evelyn y yo… prometimos que, pase lo que pase, si todo se iba al infierno, nos encontraríamos ahí. Siempre.
La palabra siempre le raspó la garganta.
—Si ella está viva —añadió—, va a ir ahí.
Ethan no dijo nada durante unos segundos. Luego se pasó una mano por el rostro.
—¿Y si no…?
Lucas negó con la cabeza de inmediato, sin permitir que esa idea tomara forma.
—No —dijo—. Está viva. Lo sé.
No era lógica. Era instinto. Era amor. Era la misma certeza que lo había mantenido en pie desde que salió de esa casa sin mirar atrás.
Ethan exhaló despacio y asintió.
—Entonces ese es el plan.
Lucas cerró los ojos un instante.
La colina.
La casa.
La promesa.
El edificio crujió de repente.
Un golpe seco resonó en algún piso inferior, seguido de otro, y luego varios más, desordenados, insistentes. Lucas y Ethan se miraron al mismo tiempo. No hizo falta decir nada.
—Nos encontraron —susurró Ethan.
Lucas se puso de pie de inmediato, el cuerpo reaccionando antes que la mente. Se acercó a la puerta y apoyó la mano contra la madera, conteniendo la respiración. Los sonidos subían por la escalera: pasos arrastrados, un golpe contra la pared, algo cayendo al suelo.
Demasiado cerca.