Capítulo 39: Rendición
Era tarde y Emma ya dormía. El paseo por el parque la había cansado de tal forma que apenas alcanzó a cenar y se durmió enseguida.
Hacía una semana que Steve estaba en Montreal, ya que había sido enviado para organizar la Gerencia en la nueva sucursal. Y si bien él aún no se había mudado definitivamente con nosotras -no porque él no quisiera sino porque yo aún no quería precipitarme-, pasaba muchas horas en casa y siempre cenábamos juntos, por lo que ahora Emma y yo lo echábamos mucho de menos.
En conclusión, esta noche había quedado sola en la casa en silencio.
Entonces me puse el pijama, apagué todas las luces, me envolví en una manta y me fui al patio. Allí, descalza y en la oscuridad, me senté en la hamaca colgante a mirar las estrellas. La noche estaba fría pero hermosa. A pesar del reflejo de las luces de la ciudad, como nuestro barrio estaba un poco apartado, podía apreciarse el cielo nocturno en todo su esplendor.
Tanta soledad y tanto silencio no eran del todo buenos porque la mente comenzaba a divagar, pero la paz era perfecta.
La vida me había quitado mucho, pero también me había dado mucho: mi hija, que era mi tesoro, unos amigos incondicionales, una familia amorosa, y un amor inmenso por un hombre que merecía con creces ser amado.
Leí una vez que muchos se pasan la vida entera buscando esa clase de amor sin encontrarlo, que sólo unos pocos lo encuentran, y que, aunque lo tengan por un breve instante, lo sienten para toda la vida.
Y eso precisamente me había sucedido.
…Cuando la mente comienza a divagar es difícil detenerla.
…Y cuando la soledad comienza a pesar, las adicciones se descontrolan.
Miré mi móvil que había dejado sobre la mesa de mimbre del juego de jardín, lo tomé y regresé a la hamaca. A continuación marqué el número de Steve.
—Hanna.
Cerré los ojos y, apoyando mi cabeza en el entretejido de la hamaca, sonreí. En ese momento sólo eso bastaba.
—¿Hanna? ¿Estás bien?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—En el patio, en la hamaca. Sólo… quería oír tu voz.
—Hace frío esta noche. ¿Estás abrigada?
—Sí. Sólo… sentí muy fuerte el síndrome de abstinencia -le susurré.
—No sabía que eras adicta -dijo riendo.
¡Qué hermosa su risa! ¡Qué sonido el de su voz!
—¿No te lo había dicho nunca?... Soy adicta a tu voz, a tu mirada, a tu perfume, a tu contacto… En todos estos años creí haberme curado, pero ahora recaí. Así que, por favor, háblame.
—Aguarda un momento.
—Disculpa… ¿Estás conduciendo?
Me pareció extraño. Montreal tiene el mismo horario que Nueva York, lo que significaba que allá también era muy tarde.
—¿Qué sucede Steve?... ¡Me cortó! -dije mirando el móvil sin poder creerlo.
No debía sorprenderme, siempre lo había hecho. Desaparecer y dejarme esperando era lo suyo.
Me quedé con el móvil en la mano mirando la noche y sintiéndome frustrada porque no había oído lo suficiente su voz.
Al poco tiempo, el teléfono se iluminó y comenzó a vibrar. Lo atendí.
—Acá estoy.
—Sí, me cortaste sin explicación. Pero tu actitud ya tiene precedentes.
—Quiero decir: acá-estoy.
—¿A qué te refieres?
—Estoy a la puerta de tu casa. Tú decides si me vuelvo o si me dejas pasar.
Me incorporé en la hamaca con el corazón desbocado. ¿Ya estaba de regreso?!
—Tú tienes la llave. ¡Pasa!
En pocos minutos estaba junto a mí y se arrodillaba frente a la hamaca.
—Sólo dime qué necesitas de mí -me susurró mirándome con ternura.
—Háblame, quiero oír tu voz -le respondí, aunque en realidad quería más, abrazarlo y besarlo con locura sólo sería el comienzo.
—Ok, voy a contarte una historia…
Cerré los ojos entregándome al sonido amado, al que él, generosamente, con su sola presencia había sumado su perfume.
—Había una vez -comenzó con su voz ronca y dulce, en tono bajo e íntimo-, escondida en una populosa ciudad de América, una hermosísima mujer con un cuerpo de proporciones perfectas, de piel muy blanca, cabellos rojos que enmarcaban un rostro perfecto, con grandes ojos verdes de mirada inteligente y bondadosa, y labios que invitaban al beso. Pero nadie que por casualidad la encontrara, se atrevía a besarla por temor a que sólo fuera una ilusión y al tocarla desapareciera. Muchos lo desearon, pero nadie se atrevió.
Hizo una pausa, mientras yo, con los ojos cerrados, sonreía de placer.
—Un día arribó a esa ciudad, desde tierras muy lejanas, un hombre tonto e ignorante y encontró a la mujer. Quedó prendado como todos habían quedado antes que él y, antes de atreverse a besarla, quiso tocarla para saber si era real.